ENVEJECER Y SER SEXY

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Mi cuerpo se despide lento de la juventud. Mi cuerpo nada más, porque en mi mente sigo teniendo los 20 años de siempre… aunque con 26 de experiencia, claro.

Su despedida comienza a manifestarse de diferentes y diversas maneras. La más notoria es este cansancio pegajoso que me abraza desde el momento de abrir los ojos cada mañana y no me suelta sino hasta el instante en que pego la cabeza en la almohada; aunque a veces me persigue en el insomnio.

Otra muestra de envejecimiento son los destellos plateados que aparecen en mi cabellera castaño oscuro cuyo color me gusta tanto y ya comienza a cambiar, sobre todo en el lugar más visible: justo en el copete, donde cada vez son más difíciles de esconder con trucos de estilista en negación.

Una tercera señal son las arrugas en mi sonrisa, estas chulísimas “patas de gallo” resultado de ser tan emocional y expresiva. Alguna vez alguien me aconsejó no reírme tanto, y yo decidí arrugarme en ascendente.

La cuarta señal apunta directamente a mi vientre: de ombligo antes plano, ahora al parecer acumula y acumula toda la grasa que como. Es una grasa rebelde y hace mucho que mis estrategias para acabar con ella dejaron de funcionar, convirtiéndome en una suculenta figurilla como de Venus de Willendorf.

Más síntomas son el dolor de espalda, las novedosas migrañas, la inflamación intestinal, la sensibilidad exacerbada hacia películas, nacimientos, bodas, música sublime, los problemas de mis hijos y otros elementos de mi catálogo de achaques, ansiedades y certezas.

Conforme envejezco también me hago más paciente, menos gritona, me enojo lo mínimo indispensable, y eso cuando de verdad lo amerita. No sé si sea parte de la famosa propensión al “valemadrismo” de las señoras que han cuidado toda la vida a otros y al crecer comienzan a preocuparse más por ellas mismas, pero vivir así resulta más gozoso y divertido.

Mil sueños

No todo es incipiente vejez, desde luego. Todavía puedo bailar salsa por horas, atender una feria de libro tras otra, patinar en hielo, caminar kilómetros y kilómetros en un solo día para conocer una ciudad nueva o turistear por mi barrio, sentarme en un avión para atravesar el océano y llegar con la espalda intacta, hacer el amor como leyenda urbana: toda la madrugada.

Todavía me subo a montañas rusas y otros juegos mecánicos y contengo la comida, los jugos gástricos y el equilibrio en su sitio; aún me doy un atracón de vez en cuando o me pego una borrachera hasta el amanecer, muuuy de vez en cuando, y funciono de manera aceptable al siguiente día.

Todavía tengo mil sueños por imaginar, mil objetivos por cumplir, mil retos por vencer, mil hombres por seducir, miles de millas por volar, miles de imágenes por capturar con la experiencia y las fantasías. Mil páginas por escribir con mis aventuras, ideas y deseos.

Ahora me habita la lujuria expansiva de saber qué quiero, cuándo, con quién y cómo que ha convertido a esta en mi época de más y mejores orgasmos. Sigo siendo adicta a la adrenalina y, eso sí, cada vez menos tolerante a la falta de empatía, al egoísmo, a las mentiras, al sentido común mediocre de esa gente que decidió no esforzarse por crecer y prefiere ver fracasar al prójimo, en vez de inspirarse por los éxitos ajenos. Eso sí que calienta, y no de la buena manera.

Porque sí: estamos en un mundo que grita que a los 46 años ya estás muy lejos de ser sexy y más lejos de tu mejor momento, cuando en realidad es una edad de bullicio y ebullición, de hallazgos y asombros, de belleza en el colmillo y mucho brillo en los ojos por los recuerdos y el porvenir.

Las arrugas, ¿qué?

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