Escribir es adictivo. Escribir erotismo es más adictivo. Es vivir en el estado de excitación de la víspera del primer encontronazo sexo a sexo con un sujeto de deseo. Es acariciar las fantasías con las sensaciones suculentas de la cotidianidad. Escribir erotismo es pensar en tu mirada y ver cómo mis pupilas comienzan el proceso de ignición.
Escribir erotismo es vivir con el sí al borde de las propuestas indecorosas. Es despertar con un mar entre las piernas y hacerle un guiño al navegante que durmió en tu puerto. Es sonreír involuntariamente a todo instante por un doble sentido que solo tú entendiste. Es escuchar una canción y elegir esa frase que te hará dedicársela a quien amas. Es adivinar el gesto de orgasmo de todo transeúnte, conocido o desconocido. Es desarrollar un sexto sentido para adivinar si ese hombre será un hallazgo o una decepción, y de todas formas otorgarle el beneficio de la duda.
Escribir de sexo es poseer un repertorio de fantasías que sabes te provocarán brillo en los ojos cada vez que lo necesites: en la salud, en la enfermedad, en las filas eternas y fugaces, en los momentos de aburrimiento y de hartazgo, en los compromisos irrenunciables, en las fiestas donde no conoces a nadie, pero no te puedes escapar. En las misas de bodas, confirmaciones, primeras comuniones, bautizos y funerales. En las citas que pudieron ser llamadas telefónicas, en medio de peleas y enfados, en las consecuencias de ser puntual en un país de impuntuales, en el tráfico intenso, en las luces rojas de los semáforos. En las salas de espera de consultorios médicos, aeropuertos, juntas de padres de familia, solicitudes de espacios para presentar tus libros o un crédito hipotecario. En las horas sobre automóviles, aviones, camiones, barcos, trenes rumbo a ferias, conferencias, festivales y otros eventos literarios y no literarios. Debajo de señores mete saca sin armonía ni seducción, frente a señoras unitema, mientras sonríes con el recuerdo y matas dos pájaros de un tiro porque es imposible adivinar el origen de una sonrisa y es fácil, así, satisfacer al destinatario.
Sin tregua
Escribir es adictivo. Es tener la hoja de papel en blanco frente a ti, sin mancha, idea, historia, reflexión o novela y al pasar de las horas haberla trazado con algo antes inexistente, algo que creaste tú, que se te ocurrió a ti, que confeccionaste con el contenido que has sembrado en tu cerebro día tras día, hora tras hora, segundo a segundo desde tu primera bocanada de aire.
“¿Cómo se convierte alguien en escritor o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”, escribió Ricardo Piglia en el primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, Años de formación. Y vaya que tiene razón, porque puedes dejar de escribir, de hacer libros, de publicar, pero las palabras no te van a dejar a ti, no te van a dar la tregua del cansado ni la condecoración del vencedor ni la llave de la celda del vencido ni el consuelo del sufriente ni el premio de consolación del segundo lugar.
Así que sí: escribir es adictivo, y escribir erotismo es más adictivo. Es encontrar placer hasta en la incomodidad y coincidir con la belleza hasta en el fondo del callejón más oscuro.
Escribir erotismo es encontrar inspiración para una historia en la comisura de unos labios inesperados, como los tuyos, que hoy también son mi adicción.

