PRIMERAS APROXIMACIONES: EU Y SU ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL

Trump
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El severo y previsible ajuste en la agenda de intereses de la Casa Blanca ha colocado a Latinoamérica como una prioridad indispensable para consolidar la proyección de un poder estable y duradero. Tan es así, que a unas horas de consumado el arresto y sustracción del presidente de Venezuela, Donald Trump continuó con su argumentación respecto de la apropiación (bajo cualquier modalidad) de Groenlandia.

Hasta el momento solo podemos analizar los hechos. Filtraciones, videos animados por Inteligencia Artificial (EI), numerosos comentarios y análisis han proliferado en los medios de comunicación convencionales y en las redes digitales.

Podemos aventurarnos a explorar las consecuencias, puesto que los escenarios resultan interesantes, pero las incógnitas sustanciales impiden hacer vaticinios. Por ejemplo: ¿quién gobierna Venezuela? Si bien la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido formalmente el mando, su posición es consecuencia de un fraude electoral, que a su vez fue uno de los principales argumentos para la intervención estadunidense.

Por otra parte, llama la atención la no respuesta militar de las Fuerzas Armadas venezolanas. No se han dado a conocer las bajas de las mismas, pero lo cierto es que resistencia no hubo. Esto indica, sin lugar a dudas, el papel sustancial que tuvieron para que la remoción de Nicolás Maduro pudiera realizarse sin mayor resistencia; el estamento militar en la historia reciente de Latinoamérica, de forma subrayada en el sur del continente, nos recuerda la evolución de la democracia como accidentado proceso.

En el análisis general, con referencia a la dinámica doméstica del sistema político estadunidense, el factor “Maduro” tiene un papel preponderante en las siguientes elecciones, porque debido al desempleo, las violentas redadas contra migrantes, el manejo machista y homófobo de programas sociales, la concentración de la riqueza y otras razones Trump es en este momento el mandatario peor evaluado por la población estadunidense.

De acuerdo con mediciones realizadas por empresas y agencias informativas de prestigio consistente, la caída de popularidad ubica a Trump con un pobre 43% de aceptación.

Si a esto sumamos las severas derrotas electorales de fines del año pasado, sobre todo en dos gubernaturas a manos de candidaturas del Partido Demócrata (Virginia y New Jersey), es posible notar que la contracción de la base electoral del Partido Republicano ha comenzado a generar divisiones y críticas a la Casa Blanca.

Política interna

En efecto, como resultado del comprensible mar de información y desinformación generados por la situación en Venezuela, ha pasado de largo en la opinión pública —al menos en el caso de México— lo que implica el arresto del dictador Nicolás Maduro para la política interior y electoral de Estados Unidos.

La consistente erosión de la base social-electoral de Trump le ha ido orillando a tomar decisiones que, por mucho, serían impensables en condiciones de “normalidad democrática”.

Las elecciones del 3 de noviembre próximo implican, por ejemplo, la renovación de la Cámara de Representantes (435 lugares); un tercio del Senado (35 escaños); y 39 de 50 gubernaturas.

Hasta antes de la sustracción de Maduro los pronósticos apuntaban a una clara y contundente derrota de Trump y su partido.

Tal vez ahora las intenciones de voto registren cambios sensibles, porque sin duda en la historia política de Estados Unidos cuando un presidente adopta una decisión como la aplicada a Venezuela genera el apoyo unánime de las élites económicas, políticas, mediáticas, etcétera.

Así ocurrió en los casos de Richard Nixon (Vietnam) y George Bush (Afganistán e Irak), para no remontarnos a las vísperas de las dos Guerras Mundiales.

Quizás ahora la política es diferente, pero prevalecerá el apoyo generalizado a Donald Trump en la determinación de acabar con la dictadura que inició en 1999 con Hugo Chávez y que continuaría a partir de 2013 Nicolás Maduro.

Juegos de poder

Las implicaciones para la política doméstica estadunidense son las más relevantes para los cálculos de la Casa Blanca y el Partido Republicano. Desde luego que los reacomodos en los juegos de poder internacionales tienen un papel sustancial; y de acuerdo con la Estrategia de Seguridad Nacional, documento publicado en noviembre pasado, el denominado hemisferio (continente americano) ha pasado a ser la prioridad geopolítica y estratégica para los intereses de ese país.

De forma inédita, aliados históricos como el Reino Unido, la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) han sido relegados para que cada uno asuma por sí mismo sus responsabilidades en cuanto a los sectores de defensa y seguridad. El ámbito de la inteligencia, es decir, la coordinación y cooperación, está a salvo de esta inercia.

Estamos, sin lugar a dudas, ante un asunto polisémico. La agenda desatada por la intervención de Estados Unidos en un país latinoamericano (una más de una larga lista) genera una dilatada inestabilidad. No solo, en este caso, en Venezuela, sino además en el entorno geográfico inmediato, donde desde luego México tiene un papel central.

Los reacomodos ideológicos de los recientes procesos electorales en Honduras y Chile avizoran una especie de cohesión en cuanto a la relación con el gobierno de Trump. Es momento para una política exterior mexicana con base en una visión geopolítica, estratégica y de amplia cobertura.

Vertientes

Para México y su gobierno se trata de un escenario propicio para revisar y poner al día su política exterior. Más aún cuando, de forma coincidente, en la semana que corre se lleva a cabo la reunión anual del servicio exterior con diversas secretarías de Estado y, desde luego, con la Presidencia de la República.

Hay vertientes que permiten avizorar cambios para mejorar la presencia e imagen de nuestro país en el concierto mundial.

Por ejemplo, las relaciones con la Unión Europea y sobre todo con España, deben ser actualizadas y con una agenda sistematizada guiada por el profesionalismo que vela por los intereses nacionales.

También las relaciones con el nuevo esquema regional de identidades ideológicas en Latinoamérica ofrecen una puerta para un capítulo apegado a la emergencia de un orden mundial con base en los intereses geopolíticos directos y sin ambages.

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