¿EN VERDAD EXTRAÑAMOS AL 2016?

“El mundo era un poco más grande”.

2016
Columnas
Compartir

Permíteme llevarte a un viaje en el tiempo. Cierra los ojos y sitúate hace exactamente una década: es 2016. ¿Qué música escuchabas? En la radio sonaban de forma omnipresente temas como This Is What You Came For, de Calvin Harris y Rihanna; Starboy, de The Weeknd; o esa melancolía pop de Closer, de The Chainsmokers.

Recuerdo la preparatoria como un escenario donde la mayor preocupación era atrapar un Pokémon raro o conseguir el lip kit de Kylie Jenner.

Mi generación pasaba horas frente a Snapchat usando filtros de coronas de flores o perritos. Usábamos skinny jeans y publicábamos fotos con una despreocupación que hoy me parece inusual; no nos importaba salir perfectos: nos importaba mostrarle al mundo que nos estábamos divirtiendo.

Hoy, en pleno 2026, el reciente trend de postear fotos de aquel año ha inundado nuestras pantallas. Pero al ver esas imágenes me cuestioné: ¿realmente extrañamos al 2016? ¿O lo que extrañamos es la libertad de un internet que hoy ha dejado de existir?

La verdadera nostalgia de 2026 no es estética: es política y social. Extrañamos la ausencia de la autovigilancia. Hace diez años el mundo digital todavía se sentía como un patio de juegos; hoy es un panóptico. Hemos caído en una reclusión silenciosa donde ya no nos permitimos momentos “vergonzosos” o incluso “naturales”, porque vivimos con el miedo constante al escrutinio.

Cualquier persona con un teléfono puede capturarte en un mal ángulo, en un momento de vulnerabilidad o en una opinión fuera de contexto y “quemarte” ante conocidos y miles de extraños. Ese miedo es el que ha matado la espontaneidad. Los adolescentes de hoy no viven su juventud: la gestionan. Se cuidan en cada paso, en cada gesto, cada publicación para que su vida parezca una vitrina perfecta, libre de cualquier rastro de defectos que puedan ser juzgados.

Sentencia digital

Internet pasó de ser una herramienta de conexión a una de vigilancia mutua. Antes no nos importaba el cringe porque el escrutinio no era tan voraz ni tan permanente. Podías ser ridículo y que ese momento se quedara únicamente en la memoria de tus amigos; hoy hacer el ridículo es una sentencia digital de por vida.

Lo que realmente añoramos al desempolvar esas fotos no es al 2016 como año, sino el derecho a la imperfección. Extrañamos cuando las redes sociales eran un diario de vida y no un museo de pureza estética y moral. En 2026 estamos quemados por el contenido, pero sobre todo estamos cansados de vigilarnos a nosotros mismos.

Extrañamos, en fin, cuando el mundo era un poco más grande y nosotros, a pesar de los filtros de perrito, teníamos el lujo de ser reales sin miedo.

×