En una entrevista con el comediante Jon Stewart el intelectual búlgaro Ivan Krastev soltó una frase que me dejó helado: “La frontera menos defendida del mundo actualmente es la que divide el totalitarismo de la democracia”.
Krastev insinúa que ya no se trata de una batalla que le interese dar a nadie y tiene mucha razón. Con Estados Unidos inmerso en su propio proceso de autocratización y los países europeos luchando por su mera sobrevivencia no parece haber ninguna gran potencia, mucho menos potencias intermedias, dispuesta a defender la sobrevivencia del modelo democrático liberal como el referente planetario.
La contaminación de prácticas de vigilancia e intrusión en la vida privada de los ciudadanos ha pasado de las dictaduras totalitarias como China, a sistemas autoritarios como la Rusia de Putin para desembocar en países democráticos. La intimidad vive continuamente amenazada ya no solo por el Estado sino por los gigantes tecnológicos con capacidad de obtener nuestros datos más confidenciales sin restricción institucional.
Si el nuevo orden mundial está ocupado con el reacomodo de las esferas de la influencia, la lucha por las libertades individuales pasa ya no a un segundo plano, sino incluso a un tercer lugar. No hay nadie que recoja la bandera liberal a nivel internacional como causa preeminente y no lo habrá en el futuro previsible.
Incluso el ovacionado discurso del primer ministro canadiense en Davos deja fuera de sus prioridades la consolidación de la democracia, la libertad o los derechos humanos como la causa principal para el nuevo orden mundial. La posición de Carney resulta muy comprensible en vista de que su país busca cada vez mayores acercamientos con China a la luz de las agresiones estadunidenses. No se puede explorar una asociación estratégica con los chinos y simultáneamente insultarnos atacando los sistemas políticos no democráticos.
Conscientes
Ahora bien, el problema señalado por Krastev persiste. Nadie está defendiendo la frontera que separa la democracia liberal del totalitarismo. Solo queda recurrir a la acción de la sociedad civil y la opinión pública internacional. Resulta absurdo suponer que un grupo de ONGs podrán suplir la acción de los gobiernos o de los organismos internacionales, cada vez más inoperantes. No obstante, en ausencia de esas instancias, se vuelve apremiante que cuando menos exista la iniciativa de los ciudadanos del mundo en defensa de sus propias libertades.
La alternativa es terminar en un sistema internacional y doméstico enteramente hostiles a la posibilidad de una vida liberal. En la segunda mitad del siglo XX Bertrand Russell encabezó una medianamente exitosa cruzada mundial contra la proliferación de armas nucleares. Algo similar es lo que requerimos en nuestros días.
Será necesario sensibilizar a los empresarios de la necesidad de financiar esfuerzos en esta dirección, pues ellos pueden convertirse en las víctimas inmediatas de un viraje como el que estamos viviendo. Volvemos a donde inició la lucha por la libertad: a la iniciativa de un grupo de individuos conscientes.
Hace tres o cuatro siglos no era la libertad una causa popular, pero el trabajo de un grupo de intelectuales, activistas y agitadores hizo de ella la base sagrada de Occidente. No es imposible lograrlo.

