SATURNINO HERRÁN

Herrán
Columnas
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La pintura es más fuerte que yo. 

Siempre consigue que haga lo que ella quiere.

Pablo Picasso

La historia de Saturnino Herrán es en muchos sentidos la historia de un México que intentaba encontrarse a sí mismo en medio de la fractura, en medio del desmadre.

Nació en Aguascalientes en 1887, en una época en que el país aún vivía bajo la larga sombra del porfiriato. Desde joven mostró una sensibilidad inusual: no solo dibujaba sino que parecía intuir algo más profundo en los rostros, como si buscara una identidad que aún no tenía nombre.

Su familia se trasladó a la capital, donde ingresó en la Academia de San Carlos. Ahí se formó bajo una enseñanza académica tradicional, dominada por el canon europeo. Pero Herrán no se conformó con repetir formas. Mientras muchos de sus contemporáneos aspiraban a pintar como franceses o italianos, él empezó a mirar hacia adentro: hacia el mestizaje, hacia lo indígena, hacia lo profundamente mexicano.

Ese gesto, en su momento, no era menor. México estaba a punto de entrar en la Revolución y el país se desgarraba entre lo viejo y lo nuevo. Herrán, sin necesidad de fusil, participó en esa transformación desde la pintura. Su obra comenzó a poblarse de indígenas, de cuerpos morenos, de escenas cotidianas cargadas de dignidad. No eran figuras idealizadas al estilo europeo: eran reales, pesadas, humanas.

Uno de sus temas más recurrentes fue la muerte, pero no como tragedia sino como presencia constante. En su obra la muerte convive con la vida como una compañera inevitable. Esto se puede ver claramente en piezas donde aparecen calaveras o símbolos mortuorios integrados con naturalidad, anticipando en cierta forma lo que después sería retomado por artistas como Diego Rivera o José Clemente Orozco.

Entre sus obras más destacadas se encuentra Nuestros dioses antiguos, un proyecto ambicioso que quedó inconcluso debido a su muerte prematura. En él Herrán intentaba fusionar el pasado prehispánico con el presente moderno, proponiendo una especie de identidad nacional que no renegara de sus raíces indígenas. Era, en cierto modo, una respuesta pictórica a la pregunta: ¿qué es ser mexicano?

También destacan obras como La ofrenda, donde se representa una procesión indígena cargando flores, o La criolla del mango, en la que el cuerpo femenino mestizo se vuelve símbolo de sensualidad y pertenencia. En estas pinturas el color es cálido, terroso, casi palpable, como si pudiera olerse. Herrán no pintaba desde la distancia; pintaba desde la entraña.

Su estilo fue una mezcla peculiar: por un lado, heredaba la técnica académica europea; por otro, la rompía al introducir temas nacionales con una sensibilidad moderna. Algunos lo consideran un precursor del muralismo mexicano, aunque él nunca llegó a desarrollar murales como tal. Aun así, su influencia es innegable: abrió un camino que otros recorrerían con mayor visibilidad.

Pero hay algo trágico en su historia. Herrán murió en 1918; algunos biógrafos afirman que tenía 27 y otros, que más de 31. Como sea, era un pinche chamaco. Una enfermedad renal terminó con su vida en el momento en que su obra apenas comenzaba a madurar. Es inevitable preguntarse qué habría logrado de haber vivido más tiempo. Quizás habría sido una figura central del muralismo; quizás habría transformado aún más la pintura mexicana.

Su muerte temprana lo dejó en una especie de limbo histórico: demasiado temprano para consolidarse junto a los grandes muralistas, pero demasiado importante para ser ignorado. Su obra quedó como un puente entre dos épocas: el arte académico del siglo XIX y la explosión nacionalista del siglo XX.

Hoy este gran pintor es recordado como uno de los primeros artistas que miraron a México sin filtros europeos, con una honestidad casi brutal. Su pintura no es estridente ni propagandística; es íntima, reflexiva, a veces melancólica. Hay en ella una búsqueda constante, una pregunta que nunca termina de responderse.

Tal vez por eso sigue vigente. Porque México, de alguna forma, sigue haciéndose la misma pregunta que Herrán intentó pintar: ¿quiénes somos, a dónde vamos, habrá boletos? Y qué hacemos con esa mezcla de sangre, historia y memoria. En cada trazo suyo, en cada cuerpo moreno, en cada mirada profunda, parece susurrar que la respuesta no está en Europa ni en el pasado idealizado sino en la tensión viva de lo que somos.

El pintor

Le gustaba representar lo mexicano desde su propia óptica. Tenía una prima hermana de la que estaba enamorado; el problema es que ella tenía más bigote que él. Las malas lenguas juraban que al buen Saturnino se le quebraba la reversa y que en realidad lo que pintó era un hombre vestido de mujer. Nunca sabremos la verdad pues murió sin tiempo para casarse ni salir del clóset. Como sea, esta pintura es excelente, y en estos tiempos en que la diversidad sexual está de moda, cae mejor.

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