I want to see your face in every kind of light
in fields of dawn and forests of the night
and when you stand before the candles on a cake
oh, let me be the one to hear the silent wish you make.
Jim Tomilson, Dave Chamberlain, Matt Skelton y Dave Newton
Caminamos de su mano por París. De la mano del amor de la vida de Mónica, el hechicero que mejor conjura mis orgasmos con la punta de la lengua. Caminamos de su mano por estas calles frías de enero como desde hace nueve años que atravesamos juntos el océano por primera vez.
“Siempre tendremos París” es un cliché de enamorados, lo sé, pero en nuestro caso el cliché sí tiene significado.
La primera vez que lo acompañamos, en 2018, Mónica se sentía una impostora viviendo una vida ajena, la de la expareja de su entonces novio; no es sencillo llegar a una vida que parece resuelta, en la que todo aparenta haber sucedido, con pocas posibilidades para nuevas primeras veces y donde la presencia de la pareja anterior tiene un peso imposible de ignorar.
Hoy, en 2026, con alianzas de matrimonio a juego en sus dedos e infinidad de calles, avenidas y veredas recorridas, con tantas asombrosas primeras veces en los mutuos recuerdos y el sabor de la eternidad en las papilas gustativas, Mónica sabe que nació para coincidir con esos ojos que la miran como si fuera “la cosa más maravillosa que hay en este mundo”. Ya sé, otro cliché. ¿Qué sería de la cotidianidad sin esas frases hechas que nos explican la sabiduría popular sin intelectualismos ni pretensiones?
Esta vez entre ellos hay un regusto agridulce. Hace unas semanas Mónica le confesó al amor de su vida que se enamoró de alguien, y quería tener la oportunidad de experimentar ese nuevo amor. Se lo dijo no por hacerle daño, sino para honrar una de las promesas que se hicieron al empezar su relación; no habría mentiras y si se enamoraban de alguien más, por respeto y por consideración, el otro debía saberlo: la decisión de elegirse cada día en pareja es de dos, y no se puede decidir en libertad si hace falta información para ponderar las elecciones.
Travesía
Así, Mónica llegó un miércoles a comer con él y después de hacer el amor con una lágrima rebelde a punto de escaparse de los bordes de su ojo izquierdo, decidió iniciar la conversación. Menos mal que fue después y no antes, yo ya extrañaba el glande tan glorioso de ese hombre sobre mí, el hombre que me conoce mejor que nadie, después de casi doce años de convivir.
“Mónica, te amo y lo que más quiero es verte feliz, aunque no sea conmigo. Espero que sepa lo afortunado que es: yo lo he sabido los últimos once años, seis meses y cuatro días junto a ti”.
Un día después, el enamorado nuevo y Mónica cruzaron por primera vez el umbral de una habitación de hotel y emprendieron la travesía sobre sus pieles con los poros dispuestos a narrar anécdotas en páginas nuevas.
El amor cambia, evoluciona, y tiene mucho más que ver con paz mental, que con mariposas en la panza o cosquilleos en los Clítoris; con unos brazos abiertos sin condiciones, con remar juntos en un lago en calma, y no con adicción a la adrenalina; que la felicidad verdadera es saberte de la mano de alguien que jamás te dejaría caer en un abismo.
Y entonces comprendes que no puedes dinamitar este amor maduro, de adultos que se comprenden, acompañan y son cómplices sin temores ni matices, por una fantasía inesperada que te hace escurrir de solo pensarla, pero no ha atravesado contigo tormentas, vendavales ni ha sobrevivido cada uno de los terremotos que implica a veces compartir los días.
Así que sí: siempre tendremos París.

