IRÁN DESPUÉS DEL MIEDO

“El escenario que se abre es incierto y volátil”.

Irán
Columnas
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Durante años el régimen iraní sobrevivió a protestas cíclicas vendiéndole al mundo la idea de que todo estallido era marginal, manipulable y pasajero. Esta vez no. Lo que comenzó a finales de diciembre como reclamos dispersos en ciudades periféricas se transformó, en menos de dos semanas, en una ola nacional que alcanzó a las 31 provincias del país.

La diferencia no es solo cuantitativa sino cualitativa: a los jóvenes precarizados se sumaron mujeres, clases medias, profesionales y sectores que durante décadas habían optado por la cautela.

Durante los últimos días cientos de miles salieron a las calles a corear “muerte al dictador”, señalando sin ambigüedad al líder supremo, Ali Khamenei. Y cuando una consigna así deja de ser marginal y se vuelve multitudinaria, algo estructural se ha roto.

La reacción del poder confirma ese quiebre. Khamenei ya no distingue entre protesta social y violencia: todo es “terrorismo”. Todo responde —según él— a una conspiración extranjera. El internet se apaga, las fuerzas de seguridad disparan, las muertes y las detenciones se cuentan por miles. Pero la represión no parece detener el tsunami social.

Eso se debe a que el problema de fondo no es ideológico: es material. La inflación supera niveles que derribarían gobiernos en cualquier democracia; el rial se desploma a tal velocidad, que los comerciantes prefieren esconder productos antes que venderlos a pérdida; la escasez de agua, electricidad y alimentos atraviesa regiones enteras. Cerca de 30% de la población vive hoy en pobreza. Y el hambre no se gobierna con balas.

Desgaste

Entender lo que ocurre en Irán exige mirar más allá de sus fronteras. La República Islámica no es un actor aislado: es uno de los ejes del orden regional en Oriente Medio. Durante décadas, Teherán ha proyectado poder a través de milicias, aliados y proxis que moldearon conflictos en Líbano, Siria, Irak, Yemen y Gaza. Ha sido un factor central en la arquitectura de confrontación con Israel, en la disputa con Arabia Saudita y en la encrucijada de Estados Unidos en la región.

Un colapso del régimen iraní no sería un asunto doméstico: alteraría equilibrios de seguridad, cadenas energéticas, dinámicas militares y alianzas globales. El vacío que dejaría Irán —o su transformación— tendría efectos sísmicos en toda la región y más allá. Por eso el mundo observa con una mezcla de expectativa y temor: lo que está en juego no es solo el futuro de un país, sino la estabilidad de un tablero ya saturado de tensiones.

A esta erosión interna se suma un contexto internacional cada vez más adverso para Teherán. Sus redes regionales han sido debilitadas y la narrativa de invulnerabilidad se resquebraja. Donald Trump retoma la estrategia de “máxima presión”, cerrando fuentes de financiamiento y asfixiando exportaciones clave como el petróleo. Todo ello alimenta una sensación peligrosa para cualquier régimen autoritario: la idea de que el final ya no es impensable.

El escenario que se abre es incierto y volátil. No hay señales públicas de una ruptura abierta en las élites, pero sí repliegues tácticos de fuerzas de seguridad en algunas ciudades y un desgaste evidente en un líder que lleva más de tres décadas aferrado al poder. Khamenei no parece dispuesto a negociar ni a retirarse, mientras Irán entra en una zona crítica que puede derivar en una represión mucho más sangrienta, en un estancamiento prolongado o en una implosión desde dentro.

La pregunta ya no es si el sistema está debilitado, sino quién resistirá más: un poder que gobierna desde el miedo… o una sociedad que ha decidido que ya no le teme.

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