Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que tener un gusto señalado como “raro” implicaba pagar una cuota de exclusión. Por ejemplo, que te gustara el anime, dedicar las tardes a dibujar, jugar un videojuego de nerds como Minecraft o perderse en géneros musicales underground: eran refugios que acarreaban estigmas, burlas y muchas veces el aislamiento.
Sin embargo, en la era de la hiperconectividad el algoritmo ha canibalizado lo extraño para devolverlo masticado y convertido en tendencia. Hoy lo que antes te hacía un freak ahora te otorga estatus de ser aesthetic, pero a un costo altísimo: la pérdida de la identidad en favor de la estética.
Cada que abro mi feed de Instagram se nota fácilmente cuando a alguien no le gustaban las cosas por su esencia, sino porque finalmente se volvieron moda. Es irónico ver hoy fotos de perfil de Demon Slayer en cuentas de personas que hace una década habrían sido las primeras en señalar al “rarito” del salón por esto, pero es solamente porque ya es un gusto seguro y popular.
Esta estetización del arte y los pasatiempos ha transformado pasiones profundas en simples accesorios de vitrina para un perfil de redes sociales. Parece que ya no se pinta para expresar, ni se lee para perderse en mundos imaginarios; ahora se hace porque es visualmente atractivo para un feed de Instagram. Hemos caído en un hoyo de no poder disfrutar de un pasatiempo si este no se puede compartir para que los demás vean que existe.
Coleccionistas
Antes, ser “raro” requería de valentía para sostener tus gustos frente a las críticas, soportabas burlas y bullying, pero esa resistencia forjaba una identidad real.
¿Y saben qué es lo peor de todo? Que parece que ya nadie es un weirdo. El algoritmo se ha encargado de extinguir todas las subculturas que existían como lo punk o lo gótico, convirtiéndonos en coleccionistas de estéticas vacías… Another brick in the wall!
Hoy la verdadera excentricidad ya no radica en lo que consumimos.
Lo nuevo “raro” y rebelde es atreverse a cultivar un gusto sin la urgencia de validarlo públicamente. De ser un geek, de escuchar música o leer sin correr a subirlo a sus historias para gritarle a todos: “Hey, mira, soy cool y aesthetic”. La autenticidad se ha vuelto el acto de resistencia más extraño de todos: disfrutar de algo cuando nadie nos está mirando.

