MARÍA MALIBRÁN (LA JOVEN CANTANTE)

MARÍA MALIBRÁN
Columnas
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Hoy les quiero presentar a una gran mujer, seguramente desconocida para la mayoría de ustedes, pero que, literalmente, la rompió a principios del siglo XIX. Se trata de la extraordinaria soprano (a veces mezzosoprano) llamada María Malibrán.

Y digo llamada pues su nombre real era María Felicia García Sitches. Ella nació el 24 de marzo, un día como estos pero de 1808, en París. Como ocurría con gran frecuencia en esos tiempos, toda su familia estaba involucrada, de una u otra manera, en las artes.

Fue hija de un famoso tenor, compositor y maestro del bel canto, Manuel del Pópulo Vicente García, y de la soprano Joaquina Briones. Su hermana también fue cantante, mientras que su hermano era maestro de canto. Vamos, su padre ya era un famosísimo tenor que incluso antes de cumplir los 30 años era un ídolo en París, al grado de que Rossini escribió para él nada más y nada menos que el papel de Almaviva, de El barbero de Sevilla.

La vida familiar de María fue de ires y venires. Primero salieron de España, tierra de su padre, por la ocupación de Napoleón. Pero eso le sirvió para triunfar en París. Luego tuvieron que huir a Nápoles, donde conoció a Rossini. Ahí fue el debut de María, a los seis años, cantando ¡al lado de sus padres! La anécdota es emotiva pues se dice que Joaquina, su madre, perdió el hilo del aria que le correspondía y fue María quien continuó con la misma, arrancando los aplausos del respetable. Muy mal se habla de las formas en las que el padre —único maestro de la joven— la trataba. Demasiado exigente, al grado de ser violento.

Por ahí de 1815 la familia regresó a París, para más adelante ir a Londres. Y miren la capacidad de María: su padre la internó en el colegio-convento de Hammersmith, cerca de Londres, donde no solo perfeccionó su voz, sino que además aprendió ¡cinco idiomas! Y, cosas de la vida, no necesariamente plausibles: eran tales los regaños y exigencias del padre de María, que aprendió a cantar mientras lloraba, literalmente, sin que ello alterara en lo más mínimo su refinada voz, lo cual le sirvió horrores más adelante.

Deslumbrante

Fue a los 17 años que María experimentó su segundo debut. Y fue en el papel de Rosina de aquella ópera que le diera brillo a su padre: El barbero de Sevilla. ¡Vaya coincidencia! Este hecho ocurrió el 5 de junio de 1825 en el Royal Theatre de Londres.

Vinieron muchas más presentaciones, aplausos y éxitos. Para 1825 la familia partió hacia Nueva York. Ahí destacó —además de su belleza física, lo cual no habíamos mencionado— por el imponente tono de voz que ya había alcanzado. Hizo los papeles de Rosina (ya comentado), el titular de Tancredi (también de Rossini), Desdémona en Otello (Verdi), Fiorilla de El turco en Italia y Angelina de La Cenerentola (otra vez, ambas de Rossini), Donna Elvira de Don Giovanni (Mozart), entre otras obras.

Fue tal el éxito de María en Nueva York, junto con su deslumbrante apariencia, que le llamaron con respeto y cariño La Signorina. Lo interesante del cambio de nombre de María García al de María Malibrán fue el hartazgo del maltrato paterno. Entre otras cosas, esto llevó a nuestra gran estrella a fijarse en quien terminaría siendo su esposo, Eugène Malibrán, banquero francés de 43 años. Al poco tiempo se supo que ni acaudalado ni banquero, pero María se quedó con el apellido.

María Malibrán fue todo un personaje, en todos sentidos. Y como ocurría en su época, falleció muy joven, el 23 de septiembre de 1836, con tan solo 28 años de edad. A sus exequias en la Catedral de Manchester asistieron más de 50 mil personas. Recomiendo ampliamente el homenaje discográfico que le hace Cecilia Bartoli en DECCA.

¡Viva la música!

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