MÁS ALLÁ DEL CAMPO DE BATALLA

“El sistema global empieza a resentir los primeros temblores”.

Guerra
Columnas
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Durante décadas la guerra y la economía global parecían habitar universos paralelos. Los conflictos ocurrían lejos de los centros donde circulan el capital, la tecnología y el comercio. Pero la guerra que hoy se desarrolla alrededor de Irán rompe ese supuesto. Ya no se limita a los campos de batalla ni a las bases militares: empieza a rozar directamente la infraestructura que sostiene la economía mundial.

No se trata solo de misiles y represalias entre Estados Unidos, Israel e Irán. En los últimos días drones y misiles iraníes golpearon plataformas petroleras, aeropuertos, puertos comerciales y rutas marítimas en los países del Golfo. La lógica del régimen iraní parece clara: trasladar el costo de la guerra más allá del frente militar y convertir la estabilidad económica de la región en un instrumento de presión.

Por el estrecho de Ormuz circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo y una porción sustancial del gas natural licuado. La economía global moderna sigue dependiendo de flujos energéticos estables. Cuando esos flujos se alteran, los efectos se propagan con rapidez por las cadenas de suministro. El transporte se encarece, los insumos industriales escasean, los fertilizantes suben de precio y, eventualmente, los alimentos también. La historia económica está llena de episodios en los que guerras libradas en estrechos corredores geográficos terminaron alterando sistemas económicos enteros.

El Golfo Pérsico, además, dejó de ser hace tiempo una simple periferia energética. En apenas dos décadas ciudades como Dubái, Doha o Riad se transformaron en nodos centrales de la globalización. La región ya no exporta únicamente hidrocarburos. Por sus puertos y aeropuertos circulan bienes industriales, capitales financieros y millones de pasajeros que conectan Asia, Europa y África.

Efectos disruptivos

El sistema global empieza a resentir los primeros temblores. El tráfico marítimo por Ormuz se ha reducido mientras navieras y aseguradoras recalculan riesgos. Las primas de seguro para los buques que cruzan la zona se han disparado. Y aunque los mercados energéticos han reaccionado con relativa calma ya empiezan a incorporar un nuevo factor: el precio de la incertidumbre.

A esto se suman los efectos menos visibles, pero potencialmente más disruptivos. El cierre parcial del espacio aéreo y las amenazas de misiles han interrumpido rutas de carga aérea, lo que podría encarecer los fletes y retrasar la entrega de productos electrónicos, farmacéuticos y de alto valor. Al mismo tiempo, la guerra amenaza el suministro de fertilizantes y petroquímicos que sostienen buena parte de la producción agrícola mundial, lo que podría traducirse con el tiempo en presiones adicionales sobre los precios de los alimentos, especialmente en los países más vulnerables.

A todo ello se añade una dimensión política inevitable. Las guerras raramente se limitan al campo militar; también reconfiguran alianzas, alteran equilibrios regionales y abren espacios para nuevos actores. Bajo la presión de un conflicto prolongado, lazos que parecían sólidos pueden fracturarse, mientras otros países buscan reposicionarse en el tablero internacional.

La verdadera lección de esta guerra quizá sea otra. Durante décadas, la globalización se construyó bajo la premisa de que las grandes redes económicas —energía, comercio, transporte y finanzas— permanecerían relativamente protegidas de los conflictos armados. Hoy esa frontera empieza a desdibujarse.

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