Desde la Segunda Guerra Mundial es difícil encontrar un momento de rispidez, tensiones, ataques, desmentidos, amenazas y filtraciones como el que viven nuestro país y Estados Unidos desde el 20 de enero de 2024, fecha en que inició el segundo mandato presidencial de Donald Trump.
Desde su campaña para alcanzar de nuevo la Casa Blanca el tema México ha sido el eje sustancial de sus políticas de defensa, seguridad e inteligencia. Desde luego que esos hechos no disminuyen la responsabilidad de nuestro país y sus autoridades respecto de los crecientes desencuentros.
Mario Gil, en su imprescindible obra respecto de las relaciones México-Estados Unidos, Nuestros buenos vecinos (ed. Azteca, 1972), da cuenta de las cíclicas y, por tanto, secuenciales crisis que a fuerza de repetirse con distinta intensidad terminan por ser una norma, una constante.
El referido texto se divide en tres épocas, cada una marcada por un conjunto de conflictos. En la última de aquellas Mario Gil se refiere a temas específicos como el uranio, titanio y azufre. También a la sistemática instalación de empresas y fábricas de capital estadunidense, para concluir que se trata de una “conquista pacífica”. Y eso que el libro se publicó por primera ocasión en 1959 (con prólogo, ni más ni menos, de Narciso Bassols).
De entonces a la fecha la situación ha sido inercial para los intereses de Washington. En distintos tonos, pero con los mismos argumentos, los sucesivos gobiernos de México han debido sortear coyunturas para mantener a relativo resguardo los intereses y el poder nacionales.
A lo largo del siglo XXI también ha habido antecedentes de disputas de diversa profundidad, pero ninguna como la que ahora vivimos: la constante amenaza de una intervención militar directa, operaciones encubiertas, así como intromisiones terrestres, solo ha provocado que se ralenticen o entorpezcan los programas de cooperación y colaboración, sobre todo por lo que hace a las migraciones forzadas (ilegales para Estados Unidos) y el tráfico de drogas (con sus variantes delictivas como el trasiego de armas, producción y comercialización de drogas sintéticas, lavado de dinero en ambos lados de la frontera, entre muchos otros).
Crispación
En un solo día, el pasado miércoles 13, los responsables del Departamento de Defensa, de la DEA y del FBI, en distintos foros y eventos se refirieron de manera amenazante al gobierno mexicano respecto de la utilización de la fuerza y las presiones extralegales para que, según sus argumentos, las autoridades mexicanas actúen con determinación contra las organizaciones terroristas extranjeras, así como contra sus cabecillas y recursos económicos.
Es de esperar que esas admoniciones, dicho sea de paso, en nada contribuyan a la colaboración y cooperación en la compleja relación bilateral, sino que más bien preparen el camino para una mayor crispación entre ambos países.
Mayo marca el inicio formal de las conversaciones para revisar y ajustar el tratado de comercio entre los tres países de América del Norte, que resulta evidente no seguirá más tal y como se le conoce hasta ahora: la Estrategia de Seguridad Nacional (dada a conocer en noviembre de 2025) de EU establece que el hemisferio occidental (continente americano) es una prioridad, responsabilidad y misión de los intereses de Estados Unidos y de su seguridad nacional.
México al ser frontera aérea, terrestre y marítima, por principio elemental se convierte en objetivo fundamental.
Así que ya sabemos: es importante pasar de las posturas reactivas, a las propuestas y planteamientos innovadores.

