La música y los toros han caminado juntos desde hace siglos, como dos lenguajes que se reconocen sin necesidad de traducción. La tauromaquia no se entiende únicamente desde la vista: es un ritual sonoro en el que cada compás acompaña el ritmo del miedo, la valentía y la muerte.
Desde las plazas españolas hasta las latinoamericanas, la música ha sido un elemento fundamental para marcar tiempos, emociones y significados dentro del espectáculo taurino. No adorna la fiesta: la estructura, la sostiene y la interpreta.
En la plaza de toros la música cumple una función narrativa. Marca los actos, subraya los momentos culminantes y dialoga con el torero, el toro y el público. El paseíllo inicia casi siempre acompañado de un pasodoble solemne, que anuncia que lo que está por suceder pertenece a un orden distinto al de la vida cotidiana. Es un ingreso ceremonial, donde la música eleva a los participantes a la categoría de personajes trágicos. Desde ese instante, la plaza deja de ser un espacio físico y se convierte en escenario.
El pasodoble taurino es quizá la expresión musical más reconocible de esta relación. Nacido en España a finales del siglo XIX, el pasodoble encontró en los toros su espacio natural. Obras como España cañí, Manolete, Silverio Pérez o Feria de Manizales no solo acompañan faenas sino que construyen mitologías. Cada pasodoble es una biografía comprimida, una manera de fijar en la memoria colectiva a un torero, una plaza o una tarde gloriosa. La música convierte lo efímero en permanente.
Pero la música en los toros no es únicamente celebración; también es tensión. Hay silencios que pesan más que una banda completa. Cuando la música se detiene, el sonido del ruedo se impone: la respiración del torero, el bufido del toro, el murmullo del público. Ese silencio es una forma de música negativa, una pausa cargada de peligro. La banda sabe cuándo callar, y ese conocimiento es tan importante como saber cuándo tocar.
Tempo
En México la relación entre música y toros adquirió matices propios. La tauromaquia llegó acompañada de formas musicales españolas, pero pronto se mezcló con sensibilidades locales. El pasodoble convivió con la música ranchera, con el mariachi, con una forma más sentimental y melancólica de entender la fiesta. En plazas como la México o la de Aguascalientes, la música no solo exalta el valor sino que también subraya la nostalgia y la identidad nacional. El toro se vuelve símbolo y la música lo carga de historia.
La música también dialoga con la figura del torero como héroe trágico. En muchas ocasiones el pasodoble se convierte en una extensión del cuerpo del matador. La faena se alarga o se ajusta al tempo musical; los pases parecen coreografiados, aunque no lo estén. No es casual que muchos toreros hayan declarado que torean “escuchando” la música, aun cuando esta no suena. El ritmo interior de la faena es musical, aunque la plaza permanezca en silencio.
Más allá del pasodoble, otras músicas han orbitado alrededor de los toros. En el flamenco, por ejemplo, la tauromaquia es tema recurrente. Cantes como la siguiriya o la soleá han hablado del torero muerto, de la madre que espera, del cuerpo atravesado por el pitón. El flamenco no acompaña la corrida en la plaza, pero la reinterpreta desde el dolor y la fatalidad. Es una música que mira la fiesta desde la herida.
La música popular y el cine también han reforzado esta relación. Películas taurinas han utilizado bandas sonoras grandilocuentes para magnificar la épica, mientras que corridos y canciones rancheras han contado historias de toreros como si fueran revolucionarios o bandidos heroicos. En estos relatos musicales, el toro representa el destino, y el torero, la voluntad humana que lo desafía. La música simplifica, exagera y mitifica, pero también preserva.
En los últimos años el debate en torno de la tauromaquia ha puesto en cuestión muchos de sus elementos tradicionales, incluida la música. Para algunos críticos, el acompañamiento musical suaviza o embellece una práctica violenta. Para otros, es precisamente la música la que revela el carácter trágico del ritual, evitando que se reduzca a un acto meramente sanguinario. La música no oculta la muerte: la enmarca, la vuelve consciente, la hace audible.
La relación entre música y toros es, en el fondo, una relación con el tiempo. La música organiza la duración de la faena, marca su clímax y su cierre. Sin ella, la corrida perdería parte de su estructura simbólica.

