PICASSO Y LOS TOROS

Picasso Toros
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Solo se vive una vez.

Hablar de Picasso y los toros es hablar de una obsesión primitiva, de una herida que nunca cerró y que sangró tinta, óleo y grabado durante toda su vida. No es un tema recurrente: es una fijación. Un territorio íntimo donde el arte, la violencia, la fiesta y la muerte se revuelcan en el mismo lodo. El toro, para Picasso, no fue un animal. Fue un espejo brutal.

Desde niño, Pablo Ruiz Picasso convivió con la tauromaquia como quien convive con el polvo y el sol: sin hacerse preguntas. Nació en Málaga, donde el toro no es postal ni folclor para turistas, sino presencia cotidiana, una forma de entender el valor, el miedo y la sangre.

Su padre lo llevó antes a la plaza que al museo. Antes de copiar yesos académicos, Picasso ya había visto cómo un animal noble entraba al ruedo sabiendo —o intuyendo— que de ahí no se salía vivo. Esa imagen se le quedó clavada como una espina. Y no se la sacó nunca, fue una constante, casi obligada.

En su obra temprana aparecen toros dibujados con la urgencia de quien todavía no domina la técnica, pero ya entiende la emoción. Son trazos rápidos, casi infantiles, pero cargados de una fuerza cabrona. No hay adorno ni pose: hay embestida. El toro es una masa negra, compacta, con los cuernos siempre al frente, como si todo el mundo fuera una amenaza.

Años después, cuando Picasso ya había hecho pedazos la idea de la pintura tradicional, ese toro seguía ahí, intacto, esperando su turno.

La tauromaquia le ofreció algo que pocos temas podían darle: un ritual completo. La plaza como teatro circular, el público como coro antiguo, el torero como héroe trágico y el toro como destino inevitable. No hay moraleja en la corrida. No hay redención. Hay un acto que se cumple y punto. Eso le fascinaba a Picasso. En un siglo obsesionado con el progreso y la razón, el toreo era un anacronismo feroz: una ceremonia donde la muerte todavía se miraba de frente, sin pedir permiso.

En los grabados de La Tauromaquia, realizados en la madurez del artista, el toro ya no es solo fuerza bruta: es símbolo. A veces víctima, a veces verdugo. A veces cansado, casi humano. Otras veces, un monstruo mitológico que arrasa con todo. Picasso entendió que el toro podía transformarse sin perder su esencia. Como él mismo. Como España: rota, contradictoria, orgullosa y jodida.

No se puede hablar del toro en Picasso sin hablar del minotauro. Esa criatura mitad hombre, mitad bestia, aparece una y otra vez como una confesión apenas disimulada. El minotauro es Picasso: potente, sexual, violento, perdido en su propio laberinto. El toro ya no está en la plaza: está adentro. Embiste desde el estómago. Ama y destruye. Crea y devora sin pedir disculpas.

Durante la Guerra Civil española el toro adquiere una dimensión trágica y política. En Guernica, el toro observa. No muere, no embiste, no huye. Mira. Es testigo de la masacre, de los cuerpos despedazados, del caballo atravesado por la lanza. Ese toro ya vio demasiadas corridas y demasiadas guerras. Ya no representa la fiesta, sino la permanencia del horror. Mientras todo se quiebra, él permanece. Callado. Incómodo.

Picasso fue acusado muchas veces de glorificar la violencia taurina. Pero reducir su relación con los toros a una apología es no entender ni madres. Picasso no pintó toros para celebrarlos sino para enfrentarlos. Para ver qué hay en ellos —y en nosotros— que nos empuja al choque frontal. El toro es instinto puro, sí, pero también dignidad. Muere sin pedir perdón ni bajar la cabeza. Eso, en un mundo domesticado hasta la náusea, resulta insoportable.

En la vejez, Picasso siguió dibujando toros con la misma terquedad de un niño obsesionado. A veces bastaban tres líneas para decirlo todo: un lomo, dos cuernos, una sombra. El toro ya no necesitaba detalles. Era una idea. Un signo. Una síntesis brutal entre vida y muerte. Como el arte mismo, cuando no miente.

Picasso murió, pero el toro siguió embistiendo en sus cuadros. Sigue ahí, en museos y libros, recordándonos que el arte no siempre consuela. A veces hiere. A veces incomoda. A veces te mete el cuerno en el estómago y te deja pensando. Y a veces, como el toro en la plaza, se queda quieto un segundo, antes del final, mirando de frente, sin bajar la cabeza.

Pequeño cuento

Le bastaron solo unas líneas para crear a un toro. Solo usó un carboncillo y una hoja de servilleta que previamente había utilizado en su restaurante favorito, el Bar Marsella, en Barcelona, un punto de encuentro clandestino para artistas del siglo XIX, después de tomarse varias “hadas verdes” (absenta), una bebida con efectos alucinógenos.

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