Parecería absurdo arreglar algo que funciona bien. Después de múltiples reformas electorales realizadas en acuerdos con los principales partidos del país, incluyendo los de la oposición, México logró con la reforma de 1996 la alternancia de partidos en el poder. No es poca cosa. La alternancia es la prueba de fuego de cualquier democracia. Si alguien nos dice que su país es democrático, pero ajusta las reglas electorales para volver imposible un triunfo de la oposición, está mintiendo.
Al amparo de la reforma de 1996 las elecciones intermedias de 1997 fueron las primeras en que la oposición logró una mayoría frente al Partido Revolucionario Institucional (PRI), hegemónico desde su creación el 4 de marzo de 1929, con el nombre de Partido Nacional Revolucionario.
Pero este solo fue el primer paso. En 2000 un candidato de oposición, Vicente Fox, ganó las elecciones presidenciales y por primera vez su triunfo fue reconocido por el gobierno y el partido en el poder. Desde entonces México se acostumbró a la alternancia, no solo en la Presidencia, sino en los estados y municipios, así como en las legislaturas estatales y federales. Cayeron por los suelos las afirmaciones de que México no podía tener una democracia real, con alternancia de partidos en el poder, por algún problema genético o cultural.
Las cosas cambiaron, sin embargo, a raíz de las elecciones de 2018. Andrés Manuel López Obrador, quien perdió dos comicios presidenciales anteriores sin reconocer los resultados, obtuvo un triunfo claro, con 53% de los votos, pero también con una mayoría en las dos cámaras del Congreso. Empezó desde entonces a modificar las instituciones políticas del país, primero de manera gradual, después con mayor rapidez. En unos cuantos años desmanteló las instituciones y contrapesos al poder de un Estado democrático.
Menosprecio
La actual reforma electoral, la que presentó el 4 de marzo, en el aniversario del PRI, la presidenta Claudia Sheinbaum, no pretende otra cosa que consolidar y profundizar el régimen centralista que empezó a construir López Obrador. La idea es debilitar las instituciones y fortalecer la Presidencia, lograr un retorno a los tiempos del partido de Estado, del partido hegemónico.
Lo hace abiertamente. En la exposición de motivos los redactores manifiestan que la Cuarta Transformación es el único ejemplo en México de una verdadera democracia. Menosprecian la alternancia de partidos en el poder que tuvimos de 1997 a 2018 diciendo que fue una simple “simulación democrática”.
La nueva iniciativa de reforma electoral es parcial y partidista. Su propósito es avanzar en la construcción de un régimen que concentre todo el poder. Al descalificar en la exposición de motivos los puntos de vista de otros partidos, demuestra ser exactamente lo contrario de una verdadera reforma electoral, cuyo propósito debe ser construir un sistema con reglas justas para todos los participantes.
La presidenta ha retado a sus aliados, el Partido Verde y el Partido del Trabajo, para que aprueben este engendro o se atengan a las consecuencias. El mensaje es claro: si quieren seguir disfrutando de las migajas del poder que el gobierno y Morena les han regalado, deben apoyar una reforma regresiva que debilita la democracia. Habrá que ver cuál es la reacción de los legisladores de esos partidos. Por lo pronto, un partido que se dice de oposición, pero que se adapta a los dictados del poder cuando le conviene, Movimiento Ciudadano, ya ha dado indicaciones de que podría apoyar la iniciativa.

