Sirât no busca ser comprendida sino atravesada. Desde sus primeros minutos el director español Oliver Laxe propone un cine que privilegia la experiencia sensorial por sobre la explicación y que confía en el poder evocador de la imagen y el sonido. El desierto marroquí no funciona como escenario sino como un cuerpo vivo, atravesado por pulsos electrónicos y comunidades que bailan como una forma precaria de refugio frente a un mundo que se desmorona.
La apuesta es clara y arriesgada: aquí no hay guía emocional ni relato tranquilizador, solo un ritmo al que el espectador debe decidir si se entrega.
La historia es mínima: un padre y su hijo buscan a una hija desaparecida en el circuito de raves clandestinos, mientras fuera de campo se insinúa un conflicto global. Esa sencillez sostiene un trabajo audiovisual de enorme precisión. La fotografía de Mauro Herce y la música de Kangding Ray se funden en un mismo pulso hipnótico que arrastra y embelesa, pero que también suspende el juicio. Laxe filma comunidades marginales que encuentran protección en el ritmo, conscientes de que ese amparo puede quebrarse en cualquier momento.
A medida que avanza, Sirât muta de forma inquietante. El viaje se vuelve más físico y más hostil, y la violencia irrumpe sin preparación ni consuelo. Laxe rechaza la convención narrativa que dota al dolor de sentido o pedagogía y apuesta por una lógica más cercana a la vida, donde la tragedia ocurre de golpe y sin explicación. El gesto es deliberadamente cruel y puede sentirse abusivo, pero conecta con una percepción contemporánea marcada por la incertidumbre.Sergi López sostiene la película desde una interpretación contenida y profundamente corporal. Su personaje, Luis, encarna un duelo que no necesita palabras y que se expresa en el desgaste del cuerpo. A su alrededor, los intérpretes no profesionales aportan una fisicidad áspera que refuerza la idea de comunidad improvisada más que la de personajes cerrados. Laxe no busca identificación cómoda sino presencia: no acompaña al espectador, lo expone.
En su tramo final Sirât deja una sensación difícil de sacudir. No hay respuestas ni consuelo, solo la persistencia del ritmo como último gesto posible. Laxe parece decir que, frente al fin del mundo, bailar es lo único que queda. Una propuesta incómoda y honesta que confirma que el cine todavía puede golpear y permanecer.
En breve
Título: Sirât.
Dirección: Oliver Laxe.
Guion: Oliver Laxe, Santiago Fillol.
Elenco: Sergi López, Bruno Núñez Arjona, Jade Oukid.
Lo más destacado: Una puesta en escena que privilegia la experiencia sensorial por sobre el relato; la fusión de imagen y sonido como eje expresivo central; la interpretación contenida y física de Sergi López.
Veredicto: Una película exigente y radical que renuncia al consuelo y al sentido cerrado. Oliver Laxe propone un cine que incomoda, expone y permanece, incluso cuando su crueldad resulta difícil de aceptar.

