Recuerdo una coincidencia dominical, cuando tenía dieciocho o diecinueve años. Me encontré con mi maestra de primaria, quien –para mi sorpresa– me reconoció después de tanto tiempo. Tras el saludo vino la pregunta inevitable: “¿y qué estás estudiando?”
La respuesta me encontró inseguro. Venía de librar batallas familiares –no del todo injustificadas– para convencerme de que el arte no podía ser una profesión, sino apenas un pasatiempo. Había recorrido escuelas y opciones que no me convencían, atravesadas por una idea que ya entonces se imponía con fuerza: la muerte de la pintura. Finalmente había decidido estudiar pintura de manera independiente, fuera del sistema universitario, bajo el rigor del taller de un maestro a quien respetaba y de quien aprendí muchísimo. Cinco años dedicados a dibujar y a pintar.
Aun así, con titubeo le respondí a mi maestra que estaba estudiando una carrera universitaria de la que, en realidad, acababa de desertar. Minutos después, mi hermano mayor –orgulloso estudiante de Derecho– me dijo algo que no olvidé: “Nunca te avergüences de lo que has decidido estudiar”. Y tenía razón. Había vergüenza. Decir “soy pintor” pesaba demasiado. En mi caso, ni siquiera existía el amortiguador del respaldo institucional.
Pronto entendí que esa vergüenza no era solo mía. No es casual que muchos pintores prefieran otras denominaciones: artista visual, artista plástico, incluso maestro. Y es que en el circuito del arte contemporáneo dominante, la palabra pintor incomoda. Suena menor, anacrónica, sospechosa, demasiado ligada al oficio en un sistema que privilegia lo conceptual y lo discursivo. Eso, a pesar de una paradoja evidente: la pintura sigue siendo uno de los formatos que sostienen el mercado del arte, incluso en los contextos más reacios a valorar la técnica o la destreza. El sistema necesita pintura como mercancía, como objeto vendible, pero desdeña al pintor como figura central.
Esa contradicción no es accidental. Es el resultado del desplazamiento del oficio dentro de la formación académica, la legitimación institucional y el discurso crítico. No es que no exista talento, ni que haya desaparecido la buena pintura, sino que el saber pictórico dejó de ocupar un lugar estructural. En su lugar, se impone una lógica donde el éxito se mide cada vez más por visibilidad, mercado o capital simbólico. Frente a gestores, curadores, instituciones y coleccionistas, el pintor suele ocupar una posición de dependencia, cuando no de disculpa.
La pintura proviene de los gremios y del trabajo manual, históricamente relegado frente a los saberes “más altos”. Desde la Edad Media, la distinción entre artes liberales y artes mecánicas –articulada en torno al trivium y el quadrivium– estableció una jerarquía entre lo que se pensaba y lo que se hacía: la palabra y el número por encima de la mano. Esa división persiste, apenas maquillada. En un mundo obsesionado con la utilidad, la eficiencia y el dinero, el trabajo artístico –y en particular el ejercicio pictórico– vuelve a ocupar ese lugar subordinado: necesario, pero incómodo; presente, pero nunca del todo entendido o reconocido.
La devaluación del pintor opera también en el lenguaje, que nunca es inocente. Basta con escuchar la necesidad –a veces incluso legal– de aclarar que uno es “pintor artista” para no ser confundido con el pintor de brocha gorda. El oficio debe justificarse incluso antes de ser nombrado. Y a ese borramiento simbólico se suma la inexistencia de un modelo profesional admirable. No hay convocatorias que soliciten pintores, ni agencias que los empleen, ni trayectorias laborales previsibles. El pintor no es asalariado ni cuenta con derechos laborales.
Socialmente, ser pintor arrastra una colección de estigmas difíciles de sacudir: flojo, inestable, vicioso, muerto de hambre. En el imaginario de la sociedad resulta infinitamente más respetable decir “soy médico” o “soy abogado”. Su sola denominación trae consigo una promesa de utilidad, de estabilidad, de reconocimiento. En la pintura ocurre lo contrario. Con algunas excepciones, faltan referentes vivos que permitan imaginar una trayectoria en la carrera del pintor sin cinismo ni ironía, sin la necesidad constante de compararse o justificarse.
Y treinta años después de aquel encuentro con mi maestra de primaria, puedo decirlo sin vergüenza: soy pintor. No como gesto romántico ni como provocación, sino como una forma de asumir un lugar en el mundo. Más que una profesión, es una forma de vivir. Ser pintor exige vocación, disciplina, resistencia y una dosis constante de terquedad. No se trata tanto de haber elegido la pintura, sino de agradecer que, en algún punto, ella me eligió a mí. Nombrarlo con claridad es también un acto de afirmación.

