En los últimos días tres escenarios en el mundo de la cultura me han llevado a la misma conclusión: ¡nos tomamos las cosas demasiado en serio! Vivimos bajo la tiranía de la hiperintelectualización, esa necesidad compulsiva de proyectar una densidad filosófica sobre cada gesto de los artistas y olvidando por completo que el arte —en todas sus formas— debería ser gozado y nada más.
El primer síntoma de este mal lo vimos en el caso del recién fallecido Pedro Friedeberg. Mientras la academia daba por hecho una compleja narrativa sobre el simbolismo de su obra, el arquitecto dijo que su icónica Mano Silla no tenía un significado oculto.
Friedeberg estaba “hasta la coronilla” de esa silla porque él la entendía como un objeto, mientras que su público quería convertir un mueble en un tratado existencialista. Parece que queremos que cada objeto tenga un profundo significado, y cuando el autor nos dice que “solo es una silla” nos sentimos decepcionados. ¿Por qué no pudimos simplemente disfrutar de la genialidad de su forma y ya?
Esa misma sensación se sintió en la entrevista entre la escritora argentina Mariana Enríquez y la cantante Rosalía. El internet esperaba una charla entre dos intelectuales y terminó enfurecido ante una charla sumamente casual, incluso tachando de “tonta” a la española por no cumplir con la profundidad que se esperaba de ella. Pero el pecado no fue de Rosalía sino de la negativa a aceptar que un prodigio musical no es la culpable de las falsas expectativas de los demás para ser una filósofa.
Finalmente, el sacrilegio de Timothée Chalamet al declarar que no quería que el cine terminara como el ballet o la ópera, ya que —según él— a nadie le importaba ya. Aquí la hiperintelectualización se mezcló con el prejuicio: asumimos que, por sus rasgos delicados o el ser francés, Timothée debía ser un erudito. ¡Las redes lo castigaron por no ser el personaje sofisticado que ellos mismos inventaron! Aunque su trabajo es actuar solamente.
Identidad ajena
Llevarnos semejante “decepción” tiene mucho más que ver con nuestras ficciones que con la realidad de ellos. El prejuicio es rellenar los huecos de la identidad ajena con nuestros propios deseos, creando una realidad distorsionada. ¿Por qué no simplemente podemos admirarlos por los rubros en los que se desarrollan? Admirar al escultor por sus manos, a la cantante por su voz y al actor por su interpretación, sin exigirles que carguen con el peso de nuestra necesidad de sentido.
Debemos aprender a separar la obra del individuo y, sobre todo, a recuperar la capacidad de disfrutar y listo.
El artista solo nos debe su talento; la profundidad filosófica es una exigencia que nosotros les hemos impuesto para validar nuestros propios gustos y expectativas. Al final, dejar de hiperintelectualizar es la única forma de volver a disfrutar del arte sin el peso de unas expectativas que nadie les pidió cumplir.

