Tenía dieciocho años y atravesaba una crisis de identidad. A esa edad uno descubre que no tiene la menor idea sobre qué estudiar ni a qué dedicarse. Hay demasiada información, demasiadas opiniones, demasiadas expectativas ajenas y, al mismo tiempo, una profunda falta de claridad interior.
Venía además de pasar quince años dentro de un sistema educativo que recuerdo como poco estimulante, rígido e impositivo. La escuela suele funcionar como una maquinaria de normalización: una estructura que indica qué debe pensarse, qué debe hacerse y cómo. Se habla mucho de educación, pero rara vez de sabiduría. La experiencia se vuelve sistemática, repetitiva, desligada del individuo.
A veces se encuentran camaradas entrañables; otras, lo que abunda es la falta de afinidad, el bullying, la convivencia forzada con mundos que no son el propio. En retrospectiva, esa experiencia se parece más a una reclusión prolongada que a una verdadera formación.
Lo paradójico es que, fuera de ese sistema, mi vida siempre había estado rodeada de lo que más tarde sería fundamental para mí: la música, los libros, el cine, los lápices de colores. ¿Cómo es posible que un sistema educativo me alejara tanto de aquello que, naturalmente, me atraía?
Cuando se acercaba el final de la vida escolar, la incertidumbre era total. Intenté incluso experimentar la vida universitaria, pero me resultó todavía más limitante y menos estimulante que la escuela. Algo en ese ambiente parecía confirmar la sensación de que mi camino no estaba ahí. Y sin embargo había una voz persistente que no se apagaba. Una intuición primigenia que seguía repitiendo lo mismo desde siempre: quería pintar.
Fue entonces cuando llegué con Manuel García Valerio, quien en aquellos años se hacía llamar Manuel García Jurado. Tiempo después me explicaría que ese cambio de nombre había sido inspirado por un antepasado suyo, poeta.
No he hablado mucho de él, y quizá por eso siento la necesidad de nombrarlo ahora. Era arquitecto de profesión. De niño había estudiado pintura con el artista del exilio español José Bardasano, quien también sería maestro de mis otros dos maestros. Llegué a su estudio después de abandonar mi primera incursión universitaria. No tenía la menor idea de que ese encuentro iba a resultar, en términos formales, mucho más significativo que cualquier otra educación que hubiese recibido hasta ese momento.
Con él comencé a estudiar dibujo y pintura. Me introdujo en los diferentes géneros pictóricos. Aprendí a trabajar con pastel, carbón y acuarela. Hay algo que siempre le agradeceré: no me dio vicios de oficio. Eso puede parecer menor, pero no lo es. Cuando años después llegué a estudiar con Demetrio Llordén, él mismo comentaba que la razón por la que avanzaba con rapidez era justamente esa: no había mañas que corregir.
Lo verdaderamente transformador fue el mundo que me abrió. Era un hombre sensible, culto e inquieto, y tuvo la generosidad de compartir ese universo conmigo. Gracias a él entré en contacto con una constelación de obras y artistas que en aquellos años –antes de internet– no eran de fácil acceso. Fuimos a conciertos, a ballets, a museos, a librerías y a tiendas de discos y películas. En su casa organizaba reuniones donde se oía música durante horas y se hablaba de arte, de literatura, de la vida. Había discusiones largas, preguntas inesperadas, silencios fértiles. Cada mañana me recibía con la misma pregunta: “¿Qué has pergeñado?”. En un solo año me dio cosas más profundas que todos mis años de educación tradicional. Fue entonces cuando comprendí algo que no he olvidado: mientras ciertos sistemas educativos funcionan como una forma de encierro, el arte abre una puerta radical hacia la libertad.
Todo cambió cuando decidí dejarlo y continuar mi formación pictórica con Llordén. No pudo aceptarlo y dejamos de vernos durante años. Pero la vida, afortunadamente, también ofrece reencuentros. Años después coincidimos en el estreno de una nueva versión de El retrato de Dorian Gray, algo que pertenecía a un territorio que había sido nuestro. Nos encontramos. Me estrechó la mano, me miró a los ojos y dijo una sola palabra: “Triunfa.”
Eso es lo que puede hacer un verdadero mentor. Mostrar que existen otros mundos posibles más allá del que parece obligatorio. A Manuel García Jurado le debo esa primera grieta en el muro. La posibilidad de experimentar que el arte es un territorio de libertad. Por eso hoy siento la necesidad de nombrarlo. Y de agradecerle. Siempre.

