Por nuestra cultura y características sincréticas, en nuestro país el catolicismo marca con precisión la Semana Santa como el marco de lo que conocemos como la Pasión de Jesús. Se trata de uno de los periodos de descanso más respetados en el sentido de que llama a la reflexión, a la convivencia familiar y, en general, a realizar tareas que con frecuencia dejamos de lado.
Ahora no es diferente. En medio de una serie de violentos acontecimientos en el mundo, incluyendo a México, es momento para analizar las formas en que se puede dar término a dichos conflictos: animados por la buena voluntad, la diversidad de razones que los generan bien puede ser atendida para acercar posiciones, pero sobre todo voluntades.
El escenario mundial no deja mucho espacio para el optimismo. Qué va. Observamos una lista de acontecimientos cuyo origen específico es la manera en que se fuerza a “los otros” a hacer lo que no están dispuestos. Imposiciones que vulneran derechos y condiciones de vida propician, por consecuencia, la reacción de las y los afectados. En sentido estricto, la historia de la humanidad ha sido esa constante confrontación. De ello dan constancia incluso los textos fundamentales de las religiones de cualquier época.
La forma en que se han gestado los más recientes hechos bélicos tiene por base la disputa de territorios (sean marítimos o terrestres). En cualquiera de los casos que analicemos el argumento de fondo es ese, pero las opciones para alcanzar acuerdos son lejanas, pues la posesión geográfica es lo que otorga sentido y lógica a la existencia del Estado-Nación. Incluso para casos como el nuestro, donde la violencia es de origen interno: sus ramificaciones, sobre todo en lo que hace al narcotráfico, tienen extendidos vínculos externos que van del consumo de drogas al tráfico de armas (de Estados Unidos hacia México).
Prácticas cívicas
Vivimos en un entorno a nivel mundial en el que la crispación es la norma y no la excepción. Las opciones a la mano para destensar ese ambiente parecen distantes, aunque la base sustancial es la voluntad y el liderazgo para encontrar vías de solución. El costo que las sociedades están pagando, en general, es muy alto por lo que hace a la pérdida de esperanza y confianza en el futuro. Nuestras generaciones están aprendiendo, en mal momento, a convivir con la falta de expectativas coherentes, pero sobre todo viables.
En Semana Santa podemos —e incluso debemos— aportar lo mejor de cada una y cada uno para articular opciones incluyentes, para que nuestros pensamientos y acciones propositivas tengan un prolongado efecto.
La cortesía, la amabilidad, las buenas intenciones, pueden guiar hacia una mejor estructura social.
Parece idealista y sí, lo es, pero así se forman los mejores objetivos compartidos: a partir de sanas propuestas que generan prácticas cívicas y ciudadanas. Aún tenemos posibilidades de lograrlo.
Hay que comenzar por el día de hoy, con nuestras y nuestros vecinos, con el día a día que nos permita establecer sinceras relaciones de apoyo mutuo. Estas jornadas de reflexión son la base para dar comienzo a una nueva etapa. Debemos intentarlo una vez más, hasta alcanzar la meta de la convivencia como una firme determinación. Recordando al gran filósofo español, José Ortega y Gasset, soy yo y mi circunstancia. Así sea.

