Un 12 de febrero, pero de 1923, nace en Florencia, Italia, un personaje absolutamente admirable: Franco Zeffirelli. Fue director y productor de cine y televisión; productor de ópera y, también, de teatro.
Su verdadero nombre era Gianfranco Corsi. Este cambio de apellido obedeció a una situación familiar muy incómoda. Y es que su madre (quien era diseñadora de modas) concibió a Gianfranco en el contexto de una relación adúltera y fue así que no mantuvo el apellido Corsi y migró a su nueva identidad.
Vivió con su madre en los albores de su existencia. Empero, más adelante, a causa de tuberculosis, ella falleció cuando Gianfranco contaba apenas con ocho años. Fue así que, hasta alcanzar la mayoría de edad, estuvo bajo la custodia de una prima de su padre.
Curiosamente, Zeffirelli se inclinó inicialmente por la arquitectura. De hecho, se tituló en esa carrera por la Accademia di Belle Arti, en Florencia. Pero no pasó mucho tiempo para que nuestro personaje migrara hacia el cine, el teatro y los medios de comunicación. De ahí, comenzó a combinar su afición por la decoración y las artes plásticas (aunado a la arquitectura) para incursionar como escenógrafo en el Teatro della Pergola. Fue entonces que conoció al cineasta Luchino Visconti (1906-1976), a quien comenzó a servir como ayudante de dirección. Ya en los cincuenta, Zeffirelli se independizó y comenzó a desarrollar todas sus habilidades como escenógrafo, diseñador de vestuario y decorador. Poco a poco se fue concentrando en el mundo de la ópera y en la dirección cinematográfica.
El nombre de Franco Zeffirelli está íntimamente ligado a la cinematografía italiana, pero trascendió como uno de los creativos más relevantes del último cuarto del siglo pasado. Sus producciones operísticas son majestuosas. Combinaba el hiperrealismo con la espectacularidad, un grado de detalle casi perfecto sin abandonar la parte emocional. Sabía reflejar muy bien el ambiente que debe acompañar una obra maestra, destinada a trascender generaciones, siglos y alcanzar la eternidad.
Éxitos
Entre sus creaciones más importantes encontramos la adaptación cinematográfica de óperas como La Bohème, de Giacomo Puccini (1858-1924); también las transformaciones para cine de dos obras maestras de William Shakespeare: La fierecilla domada y Romeo y Julieta. Para la primera, intitulada La mujer indomable, contó con la participación, nada más y nada menos, de Elizabeth Taylor y Richard Burton.
Tuvo un tropiezo con su cinta Jesús de Nazaret (1977), en la que se empeñó en mostrar a un Cristo con una dimensión humana no propia de esos tiempos. Hubo molestia y ataques por parte de un público demasiado conservador y ortodoxo, pues pensaba que el personaje que se presentaba era vulgar y corriente.
Afortunadamente, solo fue un bache en el camino y siguió con los éxitos. Y entonces realizó Endless love (1981), con la bellísima Brooke Shields. Luego le tocó a él ser un feroz crítico de otra obra relacionada con Jesucristo: La última tentación (1988), dirigida por Martin Scorsese a partir de la novela homónima de Nikos Kazantzakis.
Para ser francos, sí se trata de una obra que, definitivamente, expone a un personaje de una carnalidad muy lejana a la imagen que tenemos del Cristo “tradicional”. Franco Zeffirelli fue uno de los preferidos de la Metropolitan Opera House de Nueva York. He tenido la fortuna de presenciar varias puestas en escena diseñadas por él. En mi opinión, la más destacada es La Boheme (sobre todo el segundo cuadro); también Turandot y Tosca (del mismo Puccini); así como Don Giovanni, de Mozart. En suma, conmemoramos el cumpleaños de un gigante.
¡Viva la música!

