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12 mayo, 2021
Sergio Pérezgrovas
Columnas

DÍAZ SILVETI

“Hay dos libros que narran estos sucesos dignos de James Bond”.

El poeta es un espía de Dios.

William Shakespeare

La carrera espacial entre la URSS y Estados Unidos tuvo un punto de inflexión en 1959. Y es que los pinches rusos les venían partiendo la madre a los pinches gringos (como diría Rafael Bernal). Hagamos memoria.

El 4 de octubre de 1957 fue puesto en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik I. El 3 de noviembre del mismo año mandaron a una perrita de nombre Laika en un cohete espacial. Para 1961 el piloto soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en estar en el espacio exterior.

Pero hubo un suceso en diciembre de 1959 que hizo que los gringos cambiaran la historia.

La Unión Soviética realizó una exposición itinerante por todo el mundo y México no fue la excepción. Trajeron muestras de arte, música y tecnología al Auditorio Nacional. En esta exposición estaba la cápsula espacial Lunik, que había estado en el espacio. Los pinches gringos vieron la oportunidad pero, créanlo o no, le pidieron ayuda a la inteligencia mexicana para no complicar la de por sí problemática guerra fría con la URSS.

Resulta que llamaron al espía Eduardo Díaz Silvetti (nada que ver con los toreros) para que sacara información de la nave. Él, junto con otros compañeros y con el agente Robert San Bernardy, de la CIA, coordinaron el secuestro del camión donde venía parte de la sonda espacial Lunik.

Muy a la mexicana le dieron una lana al camionero que tenía que transportarla y secuestraron el vehículo por unas horas; desmantelaron parte del aparato y descubrieron que usaba keroseno (los pinches gringos usaban alcohol y no podían hacer que sus naves despegaran). A las cinco de la mañana terminaron y armaron las partes; la unidad llegó a la estación de trenes a las siete y nadie se dio cuenta de lo sucedido.

Hay dos libros que narran estos sucesos dignos de James Bond: uno se llama Top secret. Operación Lightfire, escrito por Jaime Maussan y Cecy Rendón; el segundo se titula Secuestro, por Francisco J. Perea. Como para hacer una peli. Eso sí: un ranchero western o como personaje principal el Santo.

El pinche ruso

A Tris le pusieron un asistente que llevaba por nombre Dzheyms, más ruso no podía ser. Pero resultó ser un mexicano con alopecia en la parte posterior del cráneo (muy al estilo de los monjes cartujos). Era anodino, taimado y muy, muy lamebotas.

El caso es que hacía cualquier cantidad de chingaderas. Tris lo dejaba creer que podía, hasta que un día en una redada le cacharon una movida. El muy pendejo les pidió un lana a unos secuestradores para liberarlos y el jefe de Tris se dio cuenta.

Tris ni metió la mano. El sujeto lloraba por los pasillos cual madre en festival del 10 de mayo. Como decía mi apá: “A todo aquel que obra mal se le pudre el tamal”.