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04 abril 2022
Sergio Sarmiento
Columnas

¿UN INE MÁS BARATO?

“Obliguemos a los partidos a financiarse de donaciones privadas”.

No se trata de acabar con el INE, sino de hacerlo más barato y mejor. Tener un árbitro electoral independiente es indispensable. El fraude electoral de 1988 es ejemplo de lo que puede ocurrir cuando el árbitro electoral depende del gobierno.

El presidente López Obrador tiene razón cuando dice que el actual sistema electoral es caro y burocrático. Tan solo en 2022 los contribuyentes estamos pagando 19 mil 763 millones de pesos al INE, de los que cinco mil 821 millones de pesos van directamente a los partidos políticos, que pueden además obtener aportaciones privadas. Mucho del costo de la democracia mexicana, sin embargo, proviene de procedimientos y salvaguardas en los que insistió la oposición, principalmente la izquierda, precursora de la Cuarta Transformación, para conseguir un piso parejo.

El Instituto Federal Electoral, primero, y el Instituto Nacional Electoral, después, cumplieron con su responsabilidad. Su trabajo permitió dejar atrás la era del partido hegemónico.

Luego de la cuestionada elección de 1988, con Manuel Bartlett en el doble papel de secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral, el IFE se creó en 1990; pero, aunque ya era independiente, su primer presidente era todavía el secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios. En 1994 se ciudadanizó: los consejeros ya no eran funcionarios del gobierno, pero la presidencia la mantuvo el secretario de Gobernación hasta 1996, cuando José Woldenberg se convirtió en el primer presidente ciudadano.

Las reformas electorales de 1990, 1993 y 1994 hicieron independiente al IFE, mientras que la de 1996 estableció reglas más justas de financiación de partidos, candidatos y campañas. No sorprende que en 1997 el PRI haya perdido por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En 2000 se registró la primera transición pacífica de la Presidencia de la República en la historia de nuestro país. Después, sin embargo, vinieron reformas en 2007 y 2014 que encarecieron y burocratizaron el sistema, además de llenarlo de restricciones y censuras.

Independiente

En el camino el país se hizo cabalmente democrático. De las cuatro elecciones presidenciales desde 2000 solo una, la de 2006, la ganó el partido en el poder. De 2015 a 2019, ya con el INE, 64% de las elecciones a gobiernos estatales han sido ganadas por candidatos de oposición. En las municipales la cifra sube a 67 por ciento.

¿Podemos conservar este INE independiente, que nos ha garantizado resultados democráticos, sin gastar tanto? Yo pienso que sí. No es verdad que el sistema electoral mexicano sea el más caro del mundo, ya que el estadunidense lo es mucho más, pero la diferencia es que en México los contribuyentes pagamos todo, mientras que en la Unión Americana los partidos tienen que conseguir sus propios recursos. Lo mismo podríamos hacer en México. No tiene sentido, por otra parte, que el INE emita credenciales electorales con biométricos o listas de electores con fotografía, ni que pague programas para “fortalecer la cultura democrática y la igualdad de género” o “la cultura de servicio público”. El INE debe ser, simplemente, un árbitro electoral.

Hagamos un INE tan bueno como el actual, pero más barato. Obliguemos a los partidos a financiarse de donaciones privadas, eliminemos todas las actividades no esenciales. El costo se desplomará, pero seguiremos teniendo una institución independiente que nos garantice elecciones libres en que los candidatos de oposición tengan una real oportunidad de triunfar.