Foto: Especial
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03 febrero, 2020
Sergio Sarmiento
Columnas

ROMO Y EL CRECIMIENTO

En 2018 la inversión pública en nuestro país representó 2.9% del PIB, la privada 17.5.

“Sin crecimiento no hay nada que ofrecerles a los 50 millones de pobres”. Estas palabras las pronunció Alfonso Romo el 29 de octubre tras salir de una reunión con el presidente López Obrador en Palacio Nacional. “Tenemos que crear empleo y tenemos que crear un entusiasmo para que México se convierta en el paraíso de la inversión del que siempre hemos hablado. Esa es la misión”.

Nadie puede cuestionar estas afirmaciones. No faltará, de hecho, quien las descalifique como verdades de Perogrullo. Por supuesto que el crecimiento es necesario para erradicar la pobreza y generar empleo, claro que requiere entusiasmo e inversión.

El problema es que estábamos empezando a ver una actitud en el gobierno de menosprecio al crecimiento. No la hubo durante la campaña política. El candidato López Obrador deploró el fracaso de “los gobiernos neoliberales” para generar un crecimiento superior a 2% anual. Prometió incrementarlo, como todos los aspirantes anteriores a la Presidencia, aunque no quiso ser tan ambicioso como sus predecesores, que prometieron en campaña 6 o 7% al año. López Obrador ofreció modestamente 4% promedio en todo su sexenio.

En política, sin embargo, una cosa es prometer y otra, mucho más difícil, cumplir. En su primer año de gobierno el presidente López Obrador no pudo entregar ni siquiera el mediocre 2% de los últimos años. En los nueve primeros meses de 2019 la economía estuvo estancada: 0.0%. Aun no tenemos los datos del cuarto trimestre pero todo parece indicar que la economía mexicana cerró el año pasado con una contracción pequeña, quizá de 0.1 por ciento.

Certeza

Es cierto que es apenas el primer año del gobierno pero no hay indicaciones de que las cosas vayan a cambiar demasiado. El FMI y la OCDE proyectan para México una expansión de 1.3% para 2020 y de 1.6% en 2021. Son cifras inferiores al crecimiento de la población. Para alcanzar el promedio de 4% que López Obrador prometió la economía tendría que crecer 7% anual en los siguientes tres años. Nadie lo considera posible.

La falta de crecimiento, sin embargo, no llevó al presidente a sentarse con su gabinete económico para entender lo que estaba pasando y tomar medidas para acelerar el dinamismo de la economía. Insistió primero en que él tenía otros datos y en que la economía terminaría expandiéndose 2% en 2019. Cuando resultó evidente que era imposible empezó a declarar que el crecimiento no es realmente lo importante sino la distribución del ingreso, el desarrollo, el bienestar o la felicidad.

Poco a poco, no obstante, ha quedado claro que sin crecimiento económico no puede haber nada de lo demás. Por eso el presidente ha reclutado a una de las pocas personas en su entorno que entiende la necesidad de crecimiento, el ex empresario Alfonso Romo, y le ha encargado la coordinación del Gabinete de Crecimiento Económico.

Mucho del éxito del gobierno de López Obrador dependerá de la labor para generar este crecimiento económico. Se necesitará no solo inversión gubernamental, que siempre es un detonador, cuando no se usa para crear elefantes blancos sino mucha más inversión privada.

En 2018 la inversión pública en nuestro país representó 2.9% del PIB, la privada 17.5% (CCE). Hoy hay que aumentar las dos cifras. El gobierno puede elevar la suya simplemente con decidirlo. Para la inversión privada, sin embargo, se requiere primero construir certeza económica y jurídica, ese ánimo positivo del que habla Romo.