Durante la segunda mitad del siglo XX se desarrollaron y expresaron una serie de movimientos protagonizados por comunidades, organizaciones y líderes de los pueblos originarios cuyas repercusiones de orden político, social, cultural, jurídico, económico y ambiental hoy son todavía visibles.
En México, por ejemplo, las demandas por los cambios profundos en la educación superior son el resultado del movimiento indígena organizado, de mediados de los noventa.
Para el etnólogo José Manuel del Val atender a su problemática es esencial para la construcción de “una sociedad equitativa e intercultural”.
A propósito de su participación en el III Congreso Mundial de Transdisciplinariedad, organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, precisa en entrevista que la interculturalidad permea no solo a las disciplinas sociales sino también a otros campos de la investigación científica y sus implicaciones en el desarrollo civilizatorio contemporáneo la ubican como uno de los grandes debates del siglo XXI.
“El desafío que representa superar las condiciones de exclusión se traduce en contrarrestar los rasgos de desigualdad e inequidad que persisten sobre los pueblos indígenas, de los cuales se desprende un factor que signa la prevalencia de sus condiciones de vida: la falta de democracia y de participación social, que marca el rezago educativo y los niveles de pobreza extrema en los que aún se encuentra gran porcentaje de esta población”, explica.
Nuevos desafíos
Del Val Blanco hace hincapié en señalar que en México existen pocas posibilidades de acceso a la educación superior para los jóvenes indígenas debido al rezago económico, la falta de empleo y la marginación, situaciones que agudizan las precarias condiciones de vida de las familias que viven en estos contextos rurales.
Añade que las barreras culturales, la discriminación y el racismo son otros factores que acompañan a la pobreza y la marginación geográfica ya que la diferencia cultural representa un obstáculo no visible pero con alto impacto en las posibilidades reales de acceso, permanencia y egreso en el sistema educativo en sus diversos niveles.
El investigador concluye que de cara a un entorno pospandémico esto supone un nuevo desafío al quehacer intelectual, a los modelos educativos y, en general, a la comunidad y a las instituciones educativas.
“La cuestión no debe remitirse a la presencia de universidades interculturales como las únicas instituciones educativas sino que bajo la consideración del carácter pluricultural de la sociedad mexicana todas las instituciones de educación superior deben ser interculturales, con parámetros que respondan a las demandas de educación con pertinencia cultural para pueblos indígenas y afrodescendientes”, puntualiza Del Val.

