Cada vez se hace más clara la necesidad que tiene la literatura de expandir sus límites formales y temáticos. Tal vez el género más amable y que permite la integración de otras formas de escritura sea el ensayo, pero conforme pasa el tiempo es evidente que otros textos también adoptan tipos de pluma distintos a ellos mismos.
Por ejemplo, en muchísimos casos hallamos poesía dentro de la narrativa, como en Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà; Poeta chileno, de Alejandro Zambra; e incluso, algo menos contemporáneo, La tumba, de José Agustín.
También ocurre lo contrario, donde encontramos narración en lo poético. Un caso muy actual que se aleja de las convenciones de escritura es Alondra, de la poeta mexicana Ana Basilio. Esta obra es un libro híbrido que oscila entre la poesía y la narrativa fragmentaria y emerge como una de las propuestas más contundentes de una nueva generación de escritoras.
Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, el libro traza un mapa sensible de un país atravesado por la violencia, la memoria y los imaginarios populares.
El carácter fragmentario de la obra construye una constelación de escenas, voces e imágenes que dialogan entre sí y, más que ser un recurso estético, representa una realidad quebrada donde la experiencia, tanto individual como colectiva, se encuentra marcada por heridas profundas.
En entrevista con Vértigo Basilio reflexiona: “Yo sabía que había un punto muy delgado entre crear una novela y crear un libro de poemas; entonces, traté de no ser muy descriptiva entre una página y otra. A través de esta fragmentación fue donde yo dije ‘bueno, creo que esta es la manera en la que voy a contar la historia, a través de poemas’”.
La obra sitúa su universo en una región del norte de Veracruz, un territorio que en el libro adquiere densidad simbólica y emocional. No se trata de un escenario pasivo, sino de un espacio vivo que condiciona las relaciones, los cuerpos y las formas de percibir el mundo.
Al respecto, Basilio apunta: “Me interesaba que no solamente estuvieran hablando las personas sino también otros seres. Que se sienta que está vivo el río, que se sienta que está vivo el monte, que hay mucha vida ahí dentro. Y que de repente también hay cosas fantasiosas”.
De igual manera, sobre el territorio veracruzano la autora comenta: “Esto que reconoce mucho de la zona norte de Veracruz igual podría reflejarse en otro tipo de gente. Por ejemplo, alguien que vive en Oaxaca o incluso en otro lado. Puede o no verse ahí, porque hay vivencias que parecen ser universales, por lo menos como latinoamericanos o mexicanos”.
Bajo este contexto, Basilio articula una escritura que recoge la oralidad, los rumores, los miedos y las creencias de una comunidad, configurando una especie de archivo poético de lo cotidiano.
Entre la belleza y la incomodidad
Uno de los ejes centrales de Alondra es la violencia, entendida no solo como un fenómeno visible, sino además como una atmósfera que impregna la vida diaria. La autora no recurre al morbo; por el contrario, su aproximación es sutil e incluso inquietante. La violencia se manifiesta en gestos mínimos, en silencios, en ausencias, en aquello que no se dice, pero se intuye.
Sin embargo, Alondra no se limita a retratar la crueldad, pues también explora las formas de resistencia que emergen en medio de ella. Uno de los elementos más significativos del libro es la presencia de lo mágico y lo ancestral. Brujas, seres invisibles, creencias populares y saberes transmitidos de generación en generación conviven con la crudeza del entorno.
Dicha coexistencia funciona como otra manera de entender la realidad. En la escritura de Basilio lo fantástico se convierte en una herramienta para nombrar aquello que el lenguaje racional no alcanza.
La infancia ocupa un lugar central en esta construcción. Las voces que atraviesan el libro, en muchos casos, remiten a miradas infantiles que intentan comprender un mundo hostil. Desde esta perspectiva, la imaginación aparece como un mecanismo de supervivencia, una forma de reinterpretar el miedo y de dotar de sentido a lo inexplicable.
Sobre quién es el personaje que da título al libro, Basilio comenta: “Alondra es una niña que a los ojos de todos es una bruja. Yo podría decir que sí, es un ser mágico. Me parece una niña, una chica (porque a lo largo del poemario va creciendo), muy sensible. Siempre está observando todo, a todos”.
Y agrega: “Está muy enraizada con su comunidad; tanto así, que se presentan todos estos seres del monte, los micelios, todo lo que está por debajo. Y que tiene que ver con su voz, que está contando muchas cosas que no todos pueden ver”.
Otro aspecto relevante es la dimensión colectiva de la voz. Aunque no hay un narrador único claramente definido, el libro sugiere una multiplicidad de perspectivas que se entrelazan. Este coro refuerza la idea de comunidad y permite que la experiencia representada trascienda lo individual.
Al preguntarle qué es lo que le quisiera dejar en el público con Alondra, Basilio dice: “Me gustaría que entendieran que hay que respetar la fe de todas las personas, porque mucho se castiga o se burlan de quienes hacen muy evidente o pública o muy palpable su fe, sea cual sea. Creo que esa apertura hacia las creencias de los otros es lo que a mí me gustaría transmitir o que se visibilice”.
De esta manera, Ana Basilio cuenta en Alondra una historia que abre un espacio donde distintas voces pueden coexistir, a veces en armonía y otras en conflicto. Así la autora propone poner atención en las voces que suelen quedar al margen e invita a reconocer que, incluso en los escenarios más complejos, persisten formas de imaginación y de resistencia que permiten seguir nombrando el mundo.

