HABERMAS Y EL DIÁLOGO COMO NORMA DE CONVIVENCIA

“Conocido por sus aportes en los estudios de los procesos comunicativos”.

Habermas
Cultura
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Entre las muchas razones que explican la pobreza intelectual de nuestra época y, por ende, el bajo nivel de la política por donde quiera que se le vea, hay dos que son evidentes para cualquiera: el poco interés que los medios y los gobernantes ponen en el arte y la filosofía.

El pasado 14 de marzo se dio a conocer la muerte del académico alemán Jürgen Habermas (1929-2026). Si bien la mayoría de los principales diarios y noticiarios del planeta dieron cuenta de la noticia, lamentaron la muerte y destacaron la influencia de quien fuera uno de los protagonistas centrales de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, lo cierto es que mientras estuvo vivo jamás mencionaron sus libros ni registraron sus conferencias, ponencias o encuentros. Un caso más del uso de la noticia como un espectáculo.

Conocido por sus aportes en los estudios de los procesos comunicativos y sus reflexiones alrededor de la democracia liberal, el filósofo no estuvo exento de la polémica y el debate ético. Durante sus primeros años, motivado por su padre, fue parte de las Juventudes Hitlerianas, situación que no negó ni intentó ocultar; por el contrario, con el tiempo reconoció y lamentó aquel pasaje.

Asistente personal de Theodor Adorno, fue un defensor y promotor del diálogo público como condición necesaria para la democracia, así como de una categoría llamada Patriotismo Constitucional, con base en principios constitucionales y no en razones étnicas o nacionalistas.

Discusión inteligente

Sobre las teorías de Habermas descansan varios de los argumentos de quienes se dicen socialdemócratas. No obstante, a nivel personal este reseñista valora tanto o más que estos aportes su capacidad para el diálogo y el debate con argumentos. Sus discusiones con Michel Foucault, Jacques Derrida y el entonces cardenal —y más tarde Papa— Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) son un regalo disponible para todo usuario de internet.

Con Foucault debatió sobre la genealogía del poder; con Derrida respecto de la modernidad; y con Ratzinger sobre la fe y la idea de Dios.

Ante todos, Habermas defendió la modernidad como bandera, reconociendo que si bien es un proyecto inconcluso tiene elementos valiosos que deben ponderarse en contextos democráticos.

En días donde la controversia busca la descalificación fácil en lugar de un mayor nivel intelectual y personal, recordar a Habermas como un notabilísimo defensor de los procesos comunicativos y un dotado polemista nos hace revalorar al diálogo y la crítica argumentada —y sin mala leche— como elementos básicos ya no digamos de la democracia sino de la convivencia humana.

Para terminar, hay que decir que no fueron muchas las personas que dejaron boquiabierto y sin palabras al pensador alemán. Pero una de ellas fue Yolanda Montes Tongolele, a quien conoció en la Ciudad de México allá por 1989, cuando visitó el país para un encuentro organizado por el Instituto Goethe y de quien se declaró fan. Después de todo, incluso entre los gigantes de la filosofía la pasión no entiende de razones.

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