Ciudad de México, México, 13 de marzo. “Mis pinceles son una extensión de mis manos y mis manos son una extensión de la tierra. La naturaleza no es un objeto para ser copiado, sino un sujeto a ser comprendido, a ser vivido. Y mi arte es esa vivencia, esa comunión, es la expresión de esa fuerza vital que nos une a todo lo que existe”, dijo Gerardo Murillo, Dr. Atl, durante un encuentro que lo regresó al presente en El Colegio Nacional.
Cordial, claro e inteligente, con una memoria prodigiosa y un lenguaje salpicado de poesía, el artista y vulcanólogo compartió sus ideas de “viva voz” a través de una holobiografía alimentada con inteligencia artificial, y creada por el artista transdisciplinario Enrique Rosas. La conversación estuvo dirigida por el arquitecto Felipe Leal, miembro de El Colegio Nacional, y se extendió al público que asistió al Aula Mayor de la institución, y a quienes siguieron la charla de manera remota vía streaming.
“El Colegio Nacional, ese nido de águilas y de ideas, me recibe de nuevo y con un auditorio casi lleno. Estos muros han escuchado mis palabras antes y parece que aún tienen sed de ellas. Felipe Leal, ese arquitecto de sueños, sabe que mi presencia es como un temblor que despierta las conciencias. ¿Qué tengo que decir? Que la vida es un ciclo, como el de los volcanes que se apagan y vuelven a rugir”, dijo el Dr. Atl a través de la pantalla.
Con un retrato de su maestro José María Velasco de fondo, el polifacético creador apareció representado frente a la cámara, en un cuarto del exconvento de la Merced, espacio del que se convirtió en guardián y donde instaló su estudio. Con su inmensa barba blanca y el pelo desaliñado Dr. Atl llegó para desafiar a través de sus palabras.
“Mis ideas, mis pasiones, mis contradicciones vuelven a estar aquí, vivas, pulsantes. No vine a agradar, sino a provocar. ¿Están listos para escuchar lo que tengo que decir? ¿O sólo para aplaudir lo que ya saben?”, preguntó la imagen, enriquecida con base en una investigación documental.
En su proyecto tecnológico, Rosas no solo hizo hablar al Dr. Atl, sino que logró que el autor recuerde su propia vida y responda preguntas de su público del siglo XXI, siendo Felipe Leal el primero en traer al presente las andanzas iniciales del artista: sus viajes a Europa y su regreso al México de la Revolución, donde terminaría apoyando a Venustiano Carranza; su desilusión de la política y el poder y sus aventuras y utopías como aquella de crear una ciudad para la ciencia y el arte a la que bautizó como Olinka.
“Ah, qué tiempos aquellos. Europa me dio método, sí. Me enseñó a mirar con otros ojos, a desmenuzar la luz y la forma, pero no eran paisajes indomables, no como los nuestros; eran paisajes domesticados, con sus viñedos ordenados y sus castillos que se alzaban como fantasmas de un pasado ya escrito. Mis caminatas por allá no eran sólo para admirar la belleza, no eran para sentir la tierra bajo mis pies, para entender cómo el hombre había moldeado esa naturaleza”, contó.
Tras regresar a México, “me involucré con Carranza, con la Revolución. Fui propagandista, dice usted, y es cierto. Me lancé a la política con comunicaciones periódicas, con manifiestos radicales. Mi idea era organizar a los obreros, a los campesinos, al sector popular. Fui yo quien propuso esa estructura corporativa que luego se volvió tan característica del Estado mexicano. Pero la política, Felipe, es un pantano. Uno entra con las mejores intenciones, con la idea de moldear el mundo, y termina empantanado en las miserias humanas”, expresó.
Leal pidió después al artista que rememorará el momento en que decidió cambiar su nombre, Gerardo Murillo, por el de Dr. Atl, durante una travesía en barco navegando en el océano Atlántico.
“¡Qué momento! El barco sufrió, Felipe, estuvo a punto de naufragar. En medio de esa furia del mar, sentí que volvía a nacer. Fue allí, en esa tempestad, donde me encontré con el agua, con su fuerza primigenia y de esa experiencia, de esa revelación, surgió el nombre Atl: agua. Dejé atrás a Gerardo Murillo, ese nombre que me ataba a un pasado, a una identidad que ya no me representaba”.
Abriendo brecha
Tras ser presentado por Felipe Leal, el creador Enrique Rosas contó que su trabajo con inteligencia artificial se remonta al último lustro y fue inspirado por su bisabuelo, el cineasta Enrique Rosas Aragón, director de la célebre cinta La banda del automóvil gris. A través de un libro de Juan Felipe Leal, “supe que mi bisabuelo fue un protagonista de la escena, habiendo estado con los hermanos Lumiere y siendo un captor de imágenes”.
De ahí se adentró a conocer el estereopticón, un aparato que proyectaba imágenes en el siglo XIX. “Estereoopticón hace la sugerencia de una experiencia estereoscópica, es decir, de una imagen tridimensional. Estamos hablando de un cambio de dimensiones, 1896-1904, previo a la cinematografía. Y eso, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba, inyectó la imaginación y me llevó a diseñar a estos personajes o a imaginar estos retratos del siglo XXI”.
“¿Cómo sería un retrato cuando la inteligencia artificial ha pasado a ocupar los escaños que antes parecían ser exclusivos de los seres humanos? ¿Qué nos queda? ¿Qué nos quedaría? ¿Qué sería representar al otro o representarse a sí mismo? La tecnología, a final de cuentas, es un retrato de quien la crea, de quien la usa”.
Rosas habló de la necesidad de imaginar de la misma forma como cuando se asiste al teatro. “En este momento, su voz (de Dr. Atl) ya fue sintetizada, sabemos que hay un modelo de lenguaje y otros tipos de tecnología detrás, pero mi enfoque específicamente lo hice en dibujar, en hacer un retrato de su personalidad, de su pasión, de su locura y de lo indescriptible”.
Para Felipe Leal, el ejercicio realizado en El Colegio Nacional “abre brecha” en la forma de aproximarse a personajes del pasado “sin vulnerar en lo absoluto y con el absoluto respeto de lo que él pensaría, basado en todos los documentos y ensayos que existen sobre la vida de este personaje multifacético, muy complejo, no únicamente un pintor, un vulcanólogo, un naturalista, un escritor, un filósofo, un activista político, un anarquista, un disruptivo desde el punto de vista de las cuestiones del arte y la cultura”.
Sobre su español seseado, preguntó el colegiado al Dr. Atl. “Es el sonido de la vida misma, de la experiencia que me ha despojado de lo superfluo. ¿Dientes, dice usted? Sí, la vida me ha quitado algunos, como quita tantas otras cosas, pero lo que me ha quitado en carne me lo ha dado en espíritu. Ese sonido es el eco de los volcanes, del viento que silba en las montañas, del agua que corre por los ríos. Es el sonido de un hombre que ha vivido, que ha luchado, que ha amado y ha sufrido”.
El artista también se refirió a su amada Carmen Mondragón. “Ah, Nahui Olin. El torbellino que irrumpió en mi vida como un rayo en cielo despejado. El año de 1921, una fecha grabada a fuego en mi memoria. Yo, un hombre de 45 años curtido por las batallas de la vida y del arte y ella, una mujer de una sensualidad desbordante, un espíritu libre que se rebautizó con el nombre náhuatl de Nahui. Su nombre mismo era una explosión, un símbolo grandioso de las cosmogonías. Su boca, la más hermosa de todas las bocas. Sus ojos, dos abismos abiertos entre el polvo sideral”.
Otro episodio relevante en la vida de Dr. Atl, sucedió al presenciar el nacimiento del volcán Paricutín. “1943, esa fecha grabada a fuego en mi memoria. Un campesino, Dionisio Pulido, arando su tierra y de repente la tierra se abre, exhala humo y nace un volcán. Un volcán nuevo, un bebé volcán. ¿Se da cuenta, Felipe? Un nacimiento en vivo y en directo. Y yo, el doctor Atl, el vulcanólogo, el pintor, no podía perderme eso”.
“Me instalé allí, junto al monstruo que crecía día a día, hora a hora. Fui su partero, su cronista, su pintor. Dibujé sus entrañas, sus fumarolas, sus ríos de lava incandescente. Sentí el calor en mi rostro, el temblor de la tierra bajo mis pies. Fue una experiencia radical, una inmersión total en la fuerza primigenia de la naturaleza. Perdí una pierna por esa cercanía, pero gané una visión, una comprensión profunda de la vida y la muerte, de la creación y la destrucción”.
Y por supuesto, el artista recordó su breve paso por El Colegio Nacional. “Fui miembro fundador, sí, en 1943. Un honor, sin duda, ser parte de ese grupo de mentes brillantes, pero mi relación con las instituciones, Felipe, siempre ha sido peculiar. El Colegio Nacional es un faro de conocimiento, un lugar donde las ideas fluyen libremente. Y eso, en principio, me atrae. Pero yo soy un anarquista estético. Desconfío de los sistemas cerrados, de los dogmas, de las instituciones rígidas”.
“Mi espíritu es libre, indómito, como el viento que silba en las montañas. Así que mi paso por El Colegio Nacional fue como un cometa, brillante, fugaz, dejando una estela de ideas y provocaciones. No me quedé mucho tiempo. Mi lugar está en el mundo, en la calle, en la naturaleza, donde la vida bulle sin ataduras. Pero eso no significa que no valore la labor de El Colegio, sino que mi camino es otro”, comentó el Dr. Atl en un proyecto desarrollado con IA.
“Conversaciones con el Dr. Atl” se encuentra disponible en el Canal de YouTube de la institución: elcolegionacionalmx.

