En las primeras décadas del siglo XX, cuando la Ciudad de México comenzaba a transformarse en una metrópoli con aspiraciones cosmopolitas, la fotografía de estudio se convirtió en un escenario privilegiado para la construcción de identidades. En ese mundo emergió la figura de Catalina Guzmán, una fotógrafa cuya obra contribuyó a redefinir la imagen femenina en la modernidad mexicana.
Hoy su legado vuelve a cobrar vida en la exposición Catalina Guzmán. Photo Chic, que se presenta en el Museo Nacional de San Carlos bajo la organización de la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
La muestra ofrece una revisión profunda del trabajo de la artista, reuniendo por primera vez un conjunto significativo de piezas que permiten reconstruir su trayectoria y comprender su relevancia en la historia visual del país.
Esta exposición representa un esfuerzo por recuperar la memoria de una creadora cuya obra permaneció dispersa durante décadas.
A través de fotografías, postales, objetos de época, revistas y documentos provenientes de diversas colecciones, el público puede adentrarse en el universo de una mujer que desarrolló su carrera en una época en que la presencia femenina en el ámbito artístico era todavía muy limitada.
Guzmán, nacida en la Ciudad de México, fue una figura clave en la evolución de la fotografía de estudio. Su producción se sitúa en un punto de transición entre el pictorialismo, con su énfasis en la estética y la composición artística, y las búsquedas visuales de la modernidad, que privilegiaban nuevas formas de representación y experimentación.
Guzmán convirtió su estudio en un laboratorio visual donde la imagen femenina se construía, se moldeaba y adquiría nuevos significados. Pero el núcleo de esta historia se encuentra en Photo Chic, el estudio fotográfico que Catalina dirigió entre 1923 y 1942.
Ubicado en la céntrica calle de Monte de Piedad, el estudio operaba como una empresa familiar en la que convergían lo artístico y lo comercial. Como señaló en conferencia de prensa César González-Aguirre, curador de la muestra, la fotografía de estudio en aquella época tenía una dimensión industrial: implicaba producción constante, atención al público y una clara función económica, sin perder por ello su potencial estético.
Catalina Guzmán asumió un papel integral dentro del estudio: no solo realizaba las tomas fotográficas sino que también se encargaba de la iluminación y del delicado proceso de coloreado con óleo sobre las imágenes finales. Este control total del proceso creativo le permitió desarrollar una estética distintiva, reconocible y profundamente personal.
Identidad artística
Uno de los aspectos más relevantes de la obra de Guzmán es su contribución a la construcción visual de la mujer moderna. En sus retratos las clientas no buscaban solamente una imagen favorecedora sino también proyectar una identidad acorde con los valores emergentes de la época: elegancia, autonomía y sofisticación.
El estudio fotográfico se convirtió así en un espacio de representación simbólica, donde las aspiraciones sociales se materializaban en imágenes cuidadosamente construidas. Sin embargo, Guzmán fue más allá de esta función comercial. Supo transformar este escenario en un terreno de exploración artística en el que la feminidad podía reinterpretarse desde múltiples ángulos.
Sus retratos revelan una atención particular a los gestos, la postura, el vestuario y el entorno. Cada elemento contribuía a la creación de una narrativa visual que hablaba tanto de la persona retratada como del contexto social en el que se insertaba.
Un signo claro de su consolidación como autora es la transición de un sello mecánico a una firma manuscrita en sus fotografías. Este gesto, aparentemente sencillo, marcó un punto de inflexión: la afirmación de su identidad artística en un medio donde las mujeres rara vez eran reconocidas como creadoras.
Además de la figura individual de Guzmán, la exposición también permite observar los cambios que experimentó la Ciudad de México durante las décadas de 1920 y 1930. En ese periodo la capital del país buscaba proyectarse como una ciudad moderna, abierta a influencias internacionales y en constante renovación.
Los retratos producidos en Photo Chic reflejan esta transformación. En ellos se perciben las modas, los códigos sociales y las aspiraciones de una sociedad en movimiento. La fotografía se convierte así en un documento histórico que da cuenta de una época marcada por la transición entre tradiciones arraigadas y nuevas formas de vida urbana.
En total son cinco ejes temáticos los que guían al visitante a través de la obra y el contexto de la fotógrafa. El recorrido inicia con una introducción biográfica que sitúa a Guzmán en su tiempo y espacio. Posteriormente se aborda el estudio fotográfico como un lugar de creación, donde convergen técnica, negocio y expresión artística.
Uno de los núcleos centrales está dedicado a los retratos de mujeres, en los que se explora la construcción estética de la feminidad moderna. A este se suman los retratos familiares y sociales, que evidencian las dinámicas de representación dentro de distintos grupos.
Finalmente, un apartado enfocado en la infancia presenta imágenes acompañadas de juguetes y objetos de época, ampliando la reflexión hacia otros sectores de la sociedad y sus formas de representación.
Catalina Guzmán. Photo Chic se complementa con un programa de actividades durante todo el mes de abril que invita al público a reflexionar sobre la fotografía y sus implicaciones. Para conocer los horarios se pueden visitar las redes sociales del Museo Nacional de San Carlos.
La muestra estará abierta al público hasta el 26 de julio. Esta recuperación de la obra de Catalina Guzmán, además de llenar un vacío en la historia de la fotografía mexicana, abre nuevas preguntas sobre el papel de las mujeres en la construcción de la cultura visual e invita a cuestionar las imágenes que consumimos.

