Ciudad de México, México, 24 de marzo. “Me tienes en tus manos / y me lees lo mismo que un libro. / Sabes lo que yo ignoro / y me dices las cosas que no me digo”. Pocos poetas han logrado que el acto de leer suene tan cercano y tan hondo, como si alguien abriera un libro sin esperar demasiado y encontrara una voz en la que se reconoce; así es Jaime Sabines: un eco colectivo, cuya obra es una lámpara que acompaña a lectores, colegas y enamorados desde el siglo XX.
A cien años de su nacimiento, el poeta chiapaneco Jaime Sabines –con su lenguaje audaz, que nunca se olvidó de lo cotidiano– convoca lecturas, escenas y reflexiones; diversas instituciones de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México impulsan actividades que reafirman esa vigencia: desde un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes, una puesta en escena en el Centro Cultural Helénico, programas especiales en Radio Educación y Canal Veintidós, así como difusión de contenidos digitales y archivos sonoros que mantienen activa su voz en la vida cultural del país.
Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Fue el menor de tres hermanos (Juan, Jorge y Jaime). Su padre, Julio Sabines, inmigrante de origen libanés, participó en el Ejército Constitucionalista durante la Revolución Mexicana y alcanzó el grado de mayor. Su madre, Luz Gutiérrez, provenía de una familia chiapaneca de formación tradicional.
Sabines recordaría su infancia como “normal: la escuela, los juegos de los niños de la época, las canicas, los trompos”. Sin embargo, en sus recuerdos aparece también un niño sensible, que lloraba con facilidad.
Su padre contaba por las noches relatos de la tradición árabe, episodios de Las mil y una noches y pasajes de la Biblia. Fue él quien le enseñó el Cantar de los Cantares. El amor a la poesía Jaime Sabines lo heredó de su madre; gracias a ella, desde muy pequeño fue un magnífico declamador.
Ganó su primer concurso a los 16 años, con un poema escrito por su hermano Jorge, quien no entraba en el rango de edad del certamen. Aquel premio le despertó un impulso y comenzó a elaborar sus propios textos, que publicaba en el periódico estudiantil de su colegio, en Tuxtla Gutiérrez.
El despertar poético
En 1945 se trasladó a la Ciudad de México para estudiar Medicina. Tres años después abandonó la carrera y se incorporó a Lengua y Literatura Castellana en la Universidad Nacional Autónoma de México, y comenzó a florecer su voz poética.
Leyó a Pablo Neruda, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Aldous Huxley, James Joyce, Charles Baudelaire, Rabindranath Tagore y Friedrich Nietzsche, y estableció vínculos con escritores como Rosario Castellanos, Juan Rulfo y Ricardo Garibay. Su primer libro Horal, publicado en 1950, surge en ese contexto intelectual y está marcado, en el plano sentimental, tras su reencuentro en la universidad con Josefa Rodríguez, “Chepita”, a quien conoció en la infancia.
“Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”. Así comienza el poema Los amorosos, que se incluyó en su primer libro, y es el texto más leído y recitado del autor, en el que aparecen los temas que marcarían toda su obra: la soledad, el amor, la muerte y la condición humana. Tenía 23 años y en su escritura ya se reconocía una voz propia.
Sabines se definía como un “escribano de la vida” y entendía la poesía como “el resplandor de la vida y el contacto instantáneo con la verdad del hombre”. En diversas charlas sostuvo también que “la poesía no es una vocación, es un destino”, y la definía como “ese encuentro de las palabras con el misterio de la vida”.
El poeta horizontal
Jaime Sabines desarrolló una relación singular con la escritura. Lejos de la imagen solemne del poeta ante el escritorio, solía escribir acostado, en silencio, mirando la pared. El poema ocurría primero en la mente y, al pasar al papel, llegaba ya muy elaborado. Sus cuadernos presentan pocas correcciones visibles.
El autor explicaba su proceso: “No es que yo escriba sin corregir… es que corrijo simultáneamente al acto de escribir”. Su colega Marco Antonio Campos observó que Sabines parecía entrar al poema casi directamente, “como si el verso llegara completo desde una zona interior ya trabajada”.
Tras la publicación de La señal (1951), Sabines regresó a Chiapas y, en 1953, una vez que contrajo matrimonio con Josefa Rodríguez, trabajó en la tienda familiar de telas. Ahí escribió Tarumba (1956), una de sus obras fundamentales.
El poeta Óscar Oliva consideró Tarumba “uno de los libros más importantes que se han escrito en México y en América Latina”. A su vez, Jaime Labastida lo sitúa entre las cumbres de la poesía mexicana.
Aunque su territorio natural fue la poesía, Jaime Sabines tuvo una aparición memorable en el cine mexicano en el filme La fórmula secreta (1964), mediometraje experimental de Rubén Gámez, que obtuvo el primer lugar del I Concurso de Cine Experimental en 1965. En la película, da lectura a un poema de Juan Rulfo mientras desfilan imágenes surrealistas y fragmentarias, en una cinta que hoy es referente de la exploración estética y crítica de su tiempo.
Octavio Paz escribió sobre su compañero de oficio: “Pasa del jardín de la infancia a la sala de cirugía. Para Sabines todos los días son el primero y el último día del mundo”.
Por su parte, Carlos Monsiváis definió a Sabines como un “pacto nacional al que concurren poetas, estudiantes, intelectuales, prófugos de la literatura, entusiastas del bolero, políticos, burócratas y periodistas”. José Joaquín Blanco escribió: “Sabines es un bardo popular que habla en la cantina, un poco o demasiado alucinado por los alcoholes, o en los momentos de mayor pasión, del amor exasperado o tiernísimo y de la muerte de los padres”.
Vida pública y enfermedad
A su escritura siguieron poemarios como Yuria (1967), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), uno de los textos más intensos de su obra. Escrito a partir de la enfermedad y muerte de su padre, el poema convierte el duelo en una meditación sobre la pérdida, el cuerpo y la memoria. “Es tan fácil decirte padre mío, / es tan difícil encontrarte”, escribe Sabines. El propio autor recordaría ese proceso con una frase reveladora: “Todo el poema se hizo con llanto”.
En 1976 fue electo a una diputación federal en Chiapas y reelecto en el cargo en 1988, año en el que presidió la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, en un momento clave para la política cultural en México, pues en ese año se creó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, antecedente directo de la actual Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
Aunque criticado, su paso por la vida legislativa mostró también a un escritor involucrado en la discusión pública e institucional de la cultura; desde la tribuna abrió espacios para que creadores e intelectuales expresaran los criterios que debían regir una nueva política cultural.
En 1989, al caer, sufrió una fractura de fémur que marcaría el inicio de un largo periodo de enfermedad, caracterizado por múltiples operaciones y un deterioro físico progresivo.
Lectores amorosos
Sabines estableció una relación directa con su público, en especial a través de sus lecturas en voz alta, que se intensificaron durante su convalecencia. Su poesía no solo se leía: también se escuchaba. Uno de los momentos más significativos ocurrió el 30 de marzo de 1996, cuando ofreció un recital en el Palacio de Bellas Artes para celebrar sus 70 años, con gente desbordada, aplausos y voces gritando “poeta”. La Sala Principal se llenó horas antes del inicio y numerosos jóvenes ocuparon los pasillos para escucharlo.
Algo similar sucedió el 25 de septiembre de 1997, cuando, en silla de ruedas, se presentó en la Sala Nezahualcóyotl. El recinto rebosaba de estudiantes y lectores, en su mayoría jóvenes. Él leía y, al mismo tiempo, pedía silencio para hacer presente su voz: “Que me escuchen, les pido, porque después de todo no vale la pena verme”.
“Morir es retirarse, hacerse a un lado, / ocultarse un momento, estarse quieto.

