Este 1 de febrero se cumplen 175 años de la muerte de la gran escritora inglesa Mary Shelley, quien dio vida a la obra Frankenstein o el moderno Prometeo: además de iniciar lo que conocemos como ciencia ficción moderna, abrió también discursos sobre la ética de la creación y los límites de la ciencia.
Hija de la escritora y filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del político y también autor William Godwin, nació como Mary Godwin el 30 de agosto de 1797. Pocas semanas después de dar a luz, Wollstonecraft falleció, dejando un hueco en la futura escritora que se vería reflejado en su pluma.
A pesar de esta pérdida, Mary Godwin fue educada en un entorno intelectual privilegiado; creció rodeada de libros, debates filosóficos y figuras literarias. Durante su adolescencia, específicamente a los 16 años, huyó con su hermanastra, Claire Clairmont, y con su amante, el reconocido escritor romántico Percy Shelley, quien en ese entonces estaba casado.
La pareja vivió una relación intensa y turbulenta, atravesada por la pobreza, la crítica pública y la muerte de tres de sus cuatro hijos. Luego de haber perdido a su primera hija, Percy Shelly decidió que unas vacaciones en las orillas del Lago Leman, en Suiza, ayudarían a mejorar los ánimos de Mary.
Fueron invitados a la Villa Diodati por otro escritor romántico, Lord Byron, quien había comenzado un amorío con Claire Clairmont. Sin embargo, el clima en aquel año —1816— fue terrible, pues la lluvia les impedía salir de la mansión. Y fue así como nació la leyenda.
En medio de esa tormenta Lord Byron retó a sus invitados y a su médico, John Polidori, a un desafío literario: escribir una historia de terror. De aquella noche salieron dos increíbles invenciones: por un lado, Polidori escribió El vampiro, que serviría de inspiración a Bram Stoker para dar vida a Drácula. Y, por otro, Mary inició con el legendario Frankenstein.
Dos años después, en 1818, se publicó de manera anónima Frankenstein o el moderno Prometeo. Muchos críticos recibieron la obra con desconcierto y fascinación, al mismo tiempo que atribuían la autoría al mismo Percy Shelley, tal vez incapaces de creer que una joven de 20 años pudiera concebir una novela tan compleja y oscura. Ya en la segunda edición Mary Shelley fue reconocida como la autora.
Unos años más tarde, en 1822, la escritora sufrió un aborto que casi le cuesta la vida también a ella debido a una hemorragia. Otro golpe duro llegaría ese mismo año cuando su esposo se extravió durante una excursión en velero; tres días después su cuerpo fue encontrado en la playa de la Toscana.
Reivindicación literaria
Mary Shelley falleció en Londres a los 53 años, después de una vida marcada por pérdidas tempranas, precariedad económica y una intensa actividad intelectual. Su nombre quedó eclipsado durante décadas por el de su esposo y por la criatura monstruosa que ella misma creó a sus 18 años.
Hoy resulta claro que fue mucho más que la autora de Frankenstein, pues también fue una pensadora aguda, una escritora prolífica y una mujer que se atrevió a desafiar las normas de su tiempo para vivir, pensar y escribir con radical libertad.
A lo largo de su vida escribió novelas históricas (Valperga), relatos de viajes (Rambles in Germany and Italy), cuentos, ensayos y biografías. En 1826 publicó El último hombre, una novela posapocalíptica situada en el siglo XXI, donde una plaga extingue casi por completo a la humanidad.
Mary Shelley escribió en un mundo que no estaba dispuesto a tomar en serio a las mujeres intelectuales. Publicó varias obras sin firmarlas o bajo el estigma de ser “la viuda de Shelley”. Durante décadas su figura fue leída a través del prisma masculino: hija de un gran filósofo, esposa de un gran poeta, autora accidental de una gran novela…
Afortunadamente se ha recuperado su legado como una voz propia, crítica y profundamente moderna. Shelley heredó de su madre una sensibilidad política y una conciencia sobre la desigualdad de género. Aunque no fue una activista pública, su obra plantea preguntas incómodas sobre poder, creación y autoridad.
A 175 años de su muerte, Mary Shelley no pertenece al pasado. Su obra dialoga directamente con las ansiedades contemporáneas. Mientras la tecnología promete detener el envejecimiento, la Inteligencia Artificial (IA) produce imágenes impresionantes y la ciencia altera los genes humanos, Frankenstein deja de ser una metáfora para convertirse en una advertencia.
El monstruo de Shelley no es el problema: lo es el abandono, la falta de cuidado y la irresponsabilidad ética. En este sentido su novela ofrece una lección urgente para una época obsesionada con la innovación sin consecuencias.
No es casual que Frankenstein haya sido adaptada cientos de veces al cine, el teatro, la ópera, el cómic y la cultura pop. Cada generación vuelve a ella para reinterpretarla según sus propios miedos.
Este aniversario es una invitación para leer a Mary Shelley como una escritora que entendió como pocas el dolor humano, la soledad y el peligro de jugar a ser dioses. Su vida estuvo marcada por la muerte, pero su obra sigue afirmando la necesidad de responsabilidad, empatía y cuidado.

