EL RIGOR DE LOBO ANTUNES Y LAS PARADOJAS DE BRYCE

LOBO ANTUNES Y LAS PARADOJAS DE BRYCE
Cultura
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Hay de días a días. Y en menos de una semana la literatura perdió a dos autores tan distintos como importantes, cada uno a su manera. Comencemos por el implacable António Lobo Antunes (1942-2026).

Con perdón de los seguidores de José Saramago —gran escritor sin duda—, pero si había un autor lusitano que se merecía el Nobel de Literatura era Lobo Antunes. El problema, quizá, fue que no hizo de la militancia ni de la escritura con causa sus banderas.

Creció en una familia acomodada y viajó a la guerra en Angola, donde ejerció la medicina y la sicología. Ahí aprendió de la vida lo que a lo largo de una trayectoria plasmó en libros como Memoria de elefante, Manual de inquisidores, Conocimiento del infierno o Crónicas. Los extremos de la condición humana, los delirios y la vulnerabilidad fueron los sellos de la casa. Por si fuera poco, supo hacer de la narrativa un material plástico que estiró y llevó a niveles experimentales pocas veces visto, pero sin caer en el hermetismo del escritor que escribe para escritores.

Si usted quiere conocer los efectos de la guerra y la barbarie en la mente humana, si quiere aprender algo de la relación entre la fragilidad y la salud mental, lo invito a que se acerque a alguno de los títulos mencionados de este inmenso narrador.

La paradoja de Bryce

En alguna ocasión le preguntaron a Mario Vargas Llosa cuál era para él la mejor novela peruana de la historia. Sin dudar, el nobel respondió que Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique (1936-2026). Podemos pensar que el comentario del autor de Conversación en la Catedral fue motivado más por la amistad que por la conciencia, pero lo cierto es que Bryce en su momento sí se cocía aparte.

Creció al interior de una familia de la aristocracia de su país y siempre o casi siempre escribió desde ahí. Sus mejores libros, Un mundo para Julius o La vida exagerada de Martín Romaña, están escritos desde ahí y desde ahí también ejerció la crítica siempre barnizada por gruesas capas de humor y melancolía. Perteneció a la generación de autores que romantizó París y la hizo epicentro de su inspiración.

Sus antimemorias, distribuidas en tres volúmenes —Permiso para vivir, Permiso para sentir y Permiso para retirarse— son de lo mejor que se ha escrito en nuestro idioma dentro de este género.

Bryce fue un bon vivant, un sibarita, y desde ahí escribió. Nunca fingió ser otra cosa; bueno, nunca hasta que lo cacharon por plagiar 16 artículos periodísticos, todos sobre política. Entonces su prestigio se fue a pique. El escándalo explotó en 2012, año en que la Feria Internacional de Guadalajara decidió entregarle el Premio FIL. ¿El plagio de los artículos empañaba su trayectoria como autor de ficción?, fue la pregunta que motivó un álgido debate. Más de diez años después y hasta sus últimos días, Alfredo Bryce Echenique quedó estigmatizado. Veremos si el tiempo consigue que se le vuelva a valorar como el gran narrador que fue.

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