SEDIENTOS: TEATRO CONTEMPORÁNEO QUE CONFRONTA A LA MEMORIA

“El teatro es un arte colectivo; se crea en comunión con los demás”.

Sedientos
Cultura
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Luego de una primera temporada que dejó una huella profunda en el público, Sedientos regresa a los escenarios capitalinos para profundizar en la memoria, la juventud y la necesidad de ser escuchados.

La obra, escrita por el dramaturgo canadiense-libanés Wajdi Mouawad y dirigida por Enrique Aguilar, se presentará hasta el 30 de abril en el Teatro La Capilla con funciones los jueves a las 20:00 horas.

En este regreso la puesta en escena confirma la vigencia del universo dramático de Mouawad —autor de obras emblemáticas como Incendios, Bosques y Cielos—, a la vez que se consolida como un ejercicio escénico sumamente humano, capaz de dialogar con distintas generaciones desde un lugar de sensibilidad y escucha.

La trama de Sedientos parte de un hallazgo inquietante: los cuerpos de dos jóvenes son encontrados en el fondo de un río 15 años después de su muerte. Boon, un antropólogo forense encargado del caso, descubre que uno de los cadáveres pertenece a alguien de su pasado. Este hallazgo lo obliga a confrontar no solo el misterio de las muertes sino también sus propias memorias, pasiones juveniles y decisiones que marcaron su vida.

Interpretada por Antón Araiza, Mel Fuentes y Nabí Garibay la obra construye un relato atravesado por la rabia, la rebeldía, el amor y la necesidad urgente de ser comprendido.

Más allá de su estructura narrativa Sedientos funciona como una excavación emocional, una búsqueda en las capas más profundas de la memoria, donde lo olvidado no desaparece sino que permanece latente, esperando el momento de volver.

Escarbar en lo humano

Para Enrique Aguilar el primer vínculo con la obra surgió a partir del autor. Mouawad, explica, posee una capacidad singular para descifrar a las personas, para adentrarse en sus zonas más vulnerables.

En entrevista con Vértigo, Aguilar señala que “el dramaturgo sabe cómo descifrar al ser humano, cómo ahondar en nuestra propia humanidad y escarbar en esos dolores, en esas cicatrices que al parecer ya están ahí formando parte de nuestro cotidiano, pero que cuando les prestamos tantita atención de nuevo, pues hacen que el dolor, más que renacer, se haga presente otra vez”.

Uno de los aspectos más relevantes de esta puesta en escena es su intención de establecer un diálogo directo con los jóvenes. Aguilar, quien también es docente de nivel medio superior y superior, reconoce que muchas veces los adultos fallan al intentar comunicarse con las nuevas generaciones.

“Creemos que tenemos que darles respuestas, cuando muchas veces lo único que necesitan es ser escuchados”, afirma.

Esta premisa atraviesa toda la obra: Sedientos no busca aleccionar ni ofrecer soluciones sino abrir un espacio de escucha. En este sentido, el teatro se convierte en un lugar de reunión donde las voces encuentran resonancia.

Aguilar puntualiza que el mayor reto fue evitar la condescendencia. “Cuando trabajas con temas dirigidos a adolescentes tienes que dar pasos atrás y reconectar con tu propio joven interior. Si lo haces desde la soberbia, pierdes la honestidad”, explica.

Los personajes —Boon, Murdoch y Noruega— comparten una sensación de desesperanza. Pero a lo largo de la obra descubren que siempre existe alguien dispuesto a oír atentamente. Ese hallazgo, tanto para ellos como para el espectador, se convierte en un punto de inflexión.

El teatro, como arte colectivo, refuerza esta idea. La experiencia escénica no ocurre en aislamiento sino en comunidad. Actores y público construyen juntos un espacio de sentido.

Pasando a lo visual, Sedientos apuesta por una estética minimalista que privilegia la imaginación. El espacio escénico, diseñado por Édgar Mora, se compone de pocos elementos: una pantalla al fondo, dos líneas paralelas que delimitan el espacio y un par de bancas iluminadas desde su interior.

Lejos de ser un recurso limitado, este vacío se convierte en una herramienta poderosa. “El espacio cobra vida a partir de los actores. Si ellos no están, es un espacio muerto”, explica Aguilar.

El uso de videomapping permite sugerir ubicaciones y temporalidades, mientras que la iluminación, a cargo de Malinali Ríos Vargas, trabaja con claroscuros que amplifican la carga emocional de cada escena.

Mario Rendón es el diseñador de vestuario, el cual responde a la geografía del texto: un entorno frío, casi inhóspito, donde los cuerpos y las relaciones también parecen congelados.

Por su parte, la música original y el diseño sonoro, creados por Alejandro Andonaegui y Bruno García Garduño, funcionan como una atmósfera envolvente. Inspirados en el ambient, construyen un paisaje sonoro que acompaña las emociones en escena.

Con esta segunda temporada Sedientos se posiciona como una obra necesaria en el contexto actual. Mientras la comunicación parece fragmentada y las voces jóvenes muchas veces son ignoradas, esta obra propone detenerse a escuchar. Porque como sugiere Aguilar, siempre hay alguien dispuesto a hacerlo: solo hace falta encontrarlo.

La puesta en escena se presenta todos los jueves a las 20:00 horas hasta el 30 de abril en el Teatro La Capilla. Los boletos pueden conseguirse directamente en taquilla y a través de internet.

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