AFGANISTÁN, BAJO EL YUGO DE LOS TALIBANES

AFGANISTAN
Rahmat Gul/AP
Internacional
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Afganistán es ya la bestia indomable. La huida abrupta del presidente, Ashraf Ghani, acusado de llevarse cuatro coches y un helicóptero cargados de dinero ante el nuevo asedio talibán precipitó —en 48 horas— la caída de Kabul. Otra vez los talibanes están en el poder, como hace 20 años.

Todo pasó tan rápido, que las naciones integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que se sumaron en la histórica invasión de Afganistán a partir del 7 de octubre de 2001 y mantuvieron desde entonces diversas tropas, se apresuraron a enviar sendos aviones para desalojar a sus respectivas delegaciones diplomáticas y a cientos de afganos cooperantes que trabajaron para los militares extranjeros como intérpretes, guías e informantes.

El lobo resistió años de asedio de forma paciente, luchando contra el contingente que conformó una coalición internacional que tuvo en contra a la propia complicada orografía de esta nación de Oriente Medio muy a pesar de ser superiores con sus técnicas, entrenamientos y armamento militar.

Lo ocurrido en Afganistán es la derrota del mundo occidental, aseveró Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea (UE) para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

“Lo que pasó es el acontecimiento geopolítico más grave o más importante desde que Rusia se anexionó a Crimea en 2014. Desde luego, tendrá consecuencias en el equilibrio del poder”, puntualizó compungido.

Mientras las grandes embajadas europeas evacuan a los suyos de suelo afgano y cierran sus respectivas delegaciones ni Rusia, ni China, ni Qatar, ni Turquía o Pakistán han movido un solo dedo y por lo contrario avanzan pláticas y acercamientos con los talibanes en el poder para mediar posturas.

Occidente sigue tomando malas decisiones, dejando mucho que desear en la gestión de sus conflictos con terceros en el ámbito internacional: para el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, la retirada de su ejército de Afganistán era tarde o temprano inevitable.

“Nosotros hace 20 años que fuimos a Afganistán con claras metas. Nuestra misión nunca estuvo destinada a construir una nación unida con una democracia centralizada. Nuestro único interés nacional y vital en Afganistán consiste, como lo ha sido siempre, en prevenir un ataque terrorista en suelo estadunidense”, declaró en un mensaje televisado.

Asimismo, Biden aseguró que tal supuesto EU lo puede detectar y neutralizar hoy desde casa y con la red de aliados en el mundo (posición, sin embargo que no comparten algunas oficinas e instituciones gubernamentales). Y defendió que las tropas estadunidenses no pueden ni deben luchar y morir en una guerra en que las fuerzas afganas no están dispuestas a luchar por sí mismas.

En realidad el demócrata Biden solo ha cumplido hasta el final con la herencia envenenada que le dejó su antecesor, el republicano Donald Trump, convencido de que un pacto con los muyahidines disidentes y encarcelados permitiría una retirada más o menos honrosa del ejército norteamericano; así como la deposición de las armas tras dos décadas de una prolongada presencia que ha costado dinero al erario norteamericano y al de otros países con militares ocupantes y, lo más importante, vidas humanas que lamentar.

En 2010, cuando se contaban nueve años de la ocupación de Afganistán ya había un millar de soldados muertos de la OTAN, comenta Eric Frattini, experto en Oriente Medio y excorresponsal del periódico El País.

“Prácticamente la OTAN se retira ahora con una cifra de casi seis mil soldados muertos en combate; nada más EU perdió a dos mil 500 miembros de sus fuerzas armadas con 25 mil soldados heridos; y España sufrió la muerte de 102 de sus efectivos”, comenta a Vértigo el también escritor.

Y luego está el costo para las arcas públicas, que en tiempos de vacas flacas duele más al presupuesto: según la Universidad de Brown el costo total de esta guerra de casi 20 años es para la Unión Americana de 2.3 trillones de dólares.

Si se suman las actuaciones bélicas en Afganistán, Irak y Siria, la Universidad de Brown eleva el costo para el erario a los cinco trillones de dólares. Muchos economistas cuestionan si en verdad valieron la pena las incursiones militares, que solo dejan un mayor endeudamiento en las finanzas norteamericanas.

Trump

La guerra contra los talibanes comenzó apenas 26 días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, cuando las fuerzas de inteligencia señalaron al saudita Osama Bin Laden como el cerebro de los ataques que dejaron tres mil 600 fallecidos.

A Bin Laden, líder de la facción terrorista Al-Qaeda, se le ubicó en territorio afgano junto con otros de sus correligionarios. Fue cuando el entonces presidente George W. Bush convocó para EU el artículo 5 de la OTAN aduciendo que los atentados eran “un acto de guerra dirigidos no solo contra Estados Unidos sino contra la libertad y la democracia”.

Hasta el momento es el único episodio en la historia de la OTAN (fundada en 1949) en que los países aliados debieron asistir, respaldar y defender a uno de sus miembros.

La operación que envió nuevas fuerzas hacia el Golfo Pérsico se bautizó como Justicia infinita y esta vez el ejército estadunidense entró acompañado por una coalición internacional.

“No será una batalla: será una guerra prolongada”, advirtió entonces Bush ante el Congreso en busca del aval —y del presupuesto extraordinario para Defensa— al traslado de tropas, armamento, portaaviones y aviones militares.

Bush no se equivocó: la guerra contra los afganos se prolongó con la misma intensidad con que se libró la guerra contra Vietnam (de 1955 a 1975) y la salida intempestiva de territorio afgano —casi corriendo al último momento— deja muy mal sabor de boca en sus aliados europeos.

“La OTAN salió con el rabo entre las piernas. Ojalá que aprenda la lección de que en las guerras a Estados Unidos no siempre es bueno seguirle. Perdimos a mucha gente”, esgrime Frattini, quien colaboró como enlace entre la OTAN y las fuerzas de combate de EU en la zona suroccidental afgana.

Lo que sorprende es la forma de irse así, sin más, de los militares norteamericanos. Para Javier Jiménez Olmos, doctor en Paz, no es desdeñable alguna conversación secreta entre los talibanes y la administración Biden considerando las facilidades con que los talibanes avanzaron sin que nadie los detuviera.

“Puede que en ese convenio que en algunos de mis escritos he llamado ‘pacto demoníaco’ EU y otros países hayan acordado que los talibanes no den amparo a grupos terroristas internacionales a cambio de una retirada que les permitió llegar tan fácil a Kabul”, apuntó Jiménez Olmos.

Lo que se sabe, en el papel, es que EU acordó retirar sus tropas a más tardar el pasado 1 de mayo, según el texto que la Casa Blanca preparó entre el Mulá Abdul Ghani Baradar (uno de los cofundadores de los talibanes) y Zalmay Khalilzad, enviado por el entonces presidente Trump a Doha para signar lo que se conoce como el Acuerdo de Doha o Acuerdo para Traer la Paz en Afganistán.

Ghani Baradar permanecía encarcelado en Pakistán y fue puesto en libertad a petición de Trump, quien vio en él a un artífice para la paz a cambio de una serie de condiciones recogidas en el texto firmado el 29 de febrero de 2020 en Qatar: 1) No permitir que grupos terroristas pongan en riesgo la seguridad de EU; 2) no servir de base ni de escondite para ningún grupo terrorista; 3) la retirada de las tropas norteamericanas en un plazo de 14 meses desde la firma del documento; 4) la liberación de cinco mil presos talibanes de las cárceles (no se sabe si incluye a Guantánamo).

Esta especie de armisticio fue calificado no como “un documento de paz” sino más bien “una rendición” aceptada por Trump, de acuerdo con las declaraciones de Husain Haqqani, director para Asia Central del Instituto Hudson y exembajador de Pakistán en EU. Tras la espantada del ejército norteamericano Haqqani calificó lo acontecido como “la anatomía de un desastre en Afganistán: la humillación de Estados Unidos se sentirá en toda Asia”.

Desde que Ghani Baradar salió de la cárcel en 2018 para iniciar las conversaciones y negociaciones de paz y tras la firma del pacto con la administración Trump, se organizó una agenda de contactos personales internacionales: en mayo de 2019 viajó a Moscú invitado a las celebraciones del centenario de las relaciones entre Afganistán y Rusia. Fue recibido con toda cortesía por Serguéi Lavrov, cabeza de la diplomacia rusa, quien en ese marco conmemorativo señaló: “Rusia cree firmemente que el conflicto en Afganistán no tiene una solución militar. La única forma es alcanzar la paz por la vía diplomática”.

Al año siguiente Ghani Baradar se vio con el ministro de Exteriores chino, Wang Yi; y para septiembre de 2020 mantuvo una reunión con el secretario norteamericano de Estado, Mike Pompeo, en Doha.

Finalmente el cofundador de los talibanes ha vuelto a Afganistán después de formar parte del gobierno talibán desde 1996 a 2001 como viceministro de Defensa.

“Ahora es el momento de probar y demostrar. Ahora debemos mostrar que podemos servir a nuestra nación y garantizar la seguridad y la comodidad de la vida”, dijo Ghani Baradar en la toma de Kabul.

En un comunicado emitido por el grupo insurgente y repartido a los medios de comunicación se pide a la población en general que acuda a sus puestos de trabajo y realice su vida con normalidad.

Los muyahidines se comprometen a una amnistía general y a no lanzar represalias contra nadie. Aseguran que gobernarán con la Sharia pero “las mujeres estarán felices”, en parte porque “se les permitirá trabajar y estudiar” y serán muy activas en la sociedad en el marco del Islam.

Críticas opositoras

Mientras los aliados europeos organizan una batahola de vuelos militares para desalojar de territorio afgano a sus delegaciones diplomáticas, crecen críticas feroces contra la forma en que se fue el ejército estadunidense dejando tras de sí a civiles norteamericanos.

La mayoría ataca a la administración Biden por no haber preparado una retirada medianamente digna, aunque fuentes consultadas por Vértigo señalan que en realidad la Casa Blanca pensaba sacar a sus tropas el 11 de septiembre, próxima fecha del vigésimo aniversario de los lamentables atentados terroristas, pero los talibanes no dieron más tiempo.

John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional, criticó que en ningún momento Biden asumió la responsabilidad por “el caos creado” debido a una salida “indigna”, mientras el propio Trump acusó a Biden de manejar “de la peor forma” la salida convirtiéndola en “la mayor vergüenza en la historia de Estados Unidos”.

Del otro lado del Atlántico los aliados miran atónitos la situación, temerosos de que miles de afganos busquen refugiarse en tierras europeas, como en su momento aconteció con los sirios.

“Los talibanes ganaron la guerra. No tenemos más que tratar con ellos. No es una cuestión de reconocimiento oficial, pero tengo que tratar con ellos. La UE debe implicarse con ellos y al mismo tiempo estar vigilantes del respeto a las obligaciones internacionales”, dijo alto y claro Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea.

Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, trató de levantar un poco la moral de derrota: “A los talibanes les decimos que no permitiremos bases terroristas en Afganistán. La Alianza dispone de medios militares suficientes para impedir que el país sea aliado de terroristas”, aseveró.

“Echaron a los británicos, echaron a los soviéticos, ahora han echado al gran imperio de la OTAN. Todo indica que van a fortalecerse. Pero en el corto plazo podría haber una guerra civil en Afganistán, la disputa del poder será esencial. Hay 274 señores de la guerra que representan a 22 etnias diferentes, todas integrantes de los talibanes y todas queriendo el poder”, concluyó Frattini.

¿Qué opinan los norteamericanos de Afganistán?

Un artículo del Washington Post firmado por Amber Phillips polemiza respecto de cómo ven los norteamericanos el largo conflicto con Afganistán. De acuerdo con el escrito no siempre estuvieron contra la guerra: cuando el ataque se lanzó como respuesta a los atentados del 11-S la mayoría apoyó la medida, pero esta visión cambió a lo largo de los últimos 20 años, convirtiéndose en un disgusto hacia la guerra más claro.

Así han ido variando las posiciones a lo largo del tiempo: en 2002, un año después, la invasión era realmente popular. Una encuesta de Gallup demostró que 93% de los norteamericanos consideraba que no era un error la incursión en Afganistán.

En 2004 los demócratas comenzaron a oponerse a la guerra y lanzaron muchos cuestionamientos al respecto. Gallup encontró que 41% de los demócratas consideraba la guerra un error, comparado con 9% de los republicanos.

Para 2010, en su décimo aniversario, la opinión pública estaba claramente en contra; en 2016 la guerra no volvió a recuperar jamás sus niveles de popularidad y en EU empezaron a elegir líderes que reflejaran esa postura. En 20019 el 62% de los estadunidenses apoyaba la propuesta del candidato Biden de retirar las fuerzas de ocupación. La guerra de Irak ya había cesado para entonces y Donald Trump habló abiertamente de cómo finiquitar también la guerra de Afganistán; él terminó haciendo un pacto con los talibanes y el presidente Biden lo siguió.

En 2021 el debate público se centra en la retirada, como reflejó la encuesta de mayo. Actualmente la crítica se enfoca en lo mal que la administración Biden lleva los esfuerzos de evacuación.

Justificaciones

De acuerdo con el Washington Post el presidente Joe Biden ha esgrimido un total de nueve justificaciones para la desastrosa y lenta evacuación de los civiles afganos que sirvieron de aliados de EU durante las casi dos décadas de ocupación de Afganistán.

Se trata de cooperantes, informantes, choferes, intérpretes, traductores, secretarias y asistentes que ahora quedarán a merced de los talibanes que los consideran traidores.

1) Cuando el presidente Biden anunció que se saldría de Afganistán el 14 de abril, un componente hizo falta en su anuncio: cómo EU ayudaría a miles de afganos que asistieron a los estadunidenses durante dos décadas.

2) El 21 de abril EU se comprometió a procesar miles de solicitudes de afganos y darles una respuesta a más tardar el 11 de septiembre; en ese entonces Ned Price, vocero del Departamento de Estado, dijo que EU estaba muy comprometido en acelerar el proceso aunque la pandemia del coronavirus lo hacía lento.

3) El 6 de mayo el general Mark A. Milley, presidente del Estado Mayor, minimizó que hubiera que hacer una solicitud anticipada de reserva para sacar a miles de personas porque confiaba en la estabilidad de Afganistán. De hecho llegó a decir que era “muy temprano para hacer sonar las alarmas y sacar a todo el mundo”.

4) Para el 18 de mayo el enviado especial para Afganistán, Zalmay Khalilzad, señaló que una evacuación masiva demasiado rápida podría encender otra vez la mecha.

5) El 20 de junio Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional, dijo al Congreso que había que simplificar el proceso de selección de los requisitos para recibir a los afganos. “Estamos haciendo lo necesario para tener un plan extensivo para una potencial evacuación”.

6) El 8 de julio Biden señaló las restricciones del programa de visados de inmigrantes especiales que limitaba cuándo, cómo y qué tan pronto los afganos podrían ser alojados.

7) El secretario de Estado, Antony Blinken, culpó a la anterior administración Trump cuando se le cuestionó por qué esperaron hasta mediados de julio para lanzar un grupo de trabajo interinstitucional para ayudar a evacuar a los afganos cooperantes.

8) Blinken esgrime reiteradamente que les tocó a ellos organizar en poco tiempo la evacuación y remover a un sistema entero con el que lidiar y que desafortunadamente nadie hizo ese trabajo hasta que ellos llegaron.

9) Mientras Biden hablaba a la nación el lunes 16 de agosto solo unos pocos miles de afganos habían sido evacuados, cuando se habían recibido 80 mil o más solicitudes de asilo de los cooperantes y sus familias y todavía permanecían colapsados en Afganistán.

Biden dijo que sabía que había preocupación por el hecho de que no evacuaban a los civiles afganos más pronto y justificó que los propios afganos no quisieron irse antes y que EU no quería provocar un éxodo masivo.

El martes 17 de agosto el Pentágono dijo que planea evacuar a entre cinco mil y nueve mil personas por día, pero solo logró embarcar a dos mil personas, incluyendo a ciudadanos norteamericanos.

Impacto regional

La vuelta de los talibanes al poder en Afganistán se considera en Europa como un signo evidente de la decadencia de EU en el mundo. Allá donde da un paso atrás, Rusia y China dan dos adelante.

¿Cómo afecta en la región que los talibanes retornen con más fuerza, con más financiamiento y quedándose además con todo el armamento que los norteamericanos y británicos les dieron a las fuerzas militares afganas? En opinión de Javier Jiménez Olmos primeramente fortalece a Pakistán, país que durante todos estos años de exilio acogió y financió a muchos talibanes, al igual que Qatar, que también saldrá reforzado en la región.

Pakistán cuenta con la tecnología para desarrollar bombas y armas nucleares y mantiene un eterno conflicto con India (también tiene la bomba nuclear) por la región de Cachemira; la ideología talibán se robusteció en Pakistán y todos los acuerdos posibles permitirán al gobierno paquistaní mostrar músculo contra India.

La gran sorpresa en esta carambola estratégica regional es la de Irán. Según explica Jiménez Olmos, aunque es chií y Afganistán sunií, parece que pactaron cierta protección para los chiíes. A Irán le interesa que haya un gobierno radical islamista en la zona porque siempre será contrario a los intereses norteamericanos. De hecho, varios medios de comunicación europeos señalan a Irán como otro de los países que financiaron a los talibanes a lo largo de estos años bajo la tónica de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

¿Y qué pasa con Israel? En voz del experto internacional “le afecta la desestabilización de cualquier lugar de la zona, sobre todo con islamistas radicales. Para Israel es un enemigo íntimo y por lo pronto no le viene nada bien que vuelvan a Afganistán”.

Desde el Instituto para el Desarrollo de la Inteligencia en el ámbito del Terrorismo, Seguridad y Defensa (Iditesde) recuerdan a Vértigo que el pasado 13 de agosto se conmemoró el primer aniversario de los Acuerdos de Abraham, que inicialmente involucraron a Israel y a los Emiratos Árabes Unidos y luego siguieron Bahréin, Sudán y Marruecos.

“Lo que ocurrió en Afganistán podría explicar en parte las razones de los Acuerdos de Abraham. Los dos hitos, la nueva voluntad de los Estados árabes sunitas, de oficializar relaciones diplomáticas y económicas con Israel, junto a los movimientos de la administración Biden en Afganistán, podrían tener alguna relación”, comentan desde el think tank.

Lo que habría que analizar en los próximos meses es ver cómo se va dando la rivalidad entre los estados sunitas y los chiítas. Y en esa rivalidad cómo afectará o no a los países árabes que son aliados de EU como los Emiratos Árabes Unidos o bien Arabia Saudita. De hecho, el expresidente afgano Ashraf Ghani está refugiado en Emiratos Árabes Unidos.

¿Qué interés económico hay?

Afganistán no es un país 100% miserable, aunque 90% de la población viva bajo umbrales de pobreza y persista un régimen tribal y a veces nómada en un rudo paisaje desértico: se ubica en un nodo geoestratégico en Asia central que es bastante importante.

Al sur y este colinda con Pakistán, al oeste con Irán y al norte con las exrepúblicas soviéticas de Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán; y con China al noreste por el corredor de Waján.

La CIA documentó en 1998 un incremento de 300% en la producción de opio y heroína en territorio afgano; es la principal fuente de vida de la población que se dedica al cultivo y distribución de la droga a los países de Asia, principalmente a China. Actualmente es el mayor productor de opio en el mundo con 328 mil 304 hectáreas cultivadas (con datos a 2017), de acuerdo con el Fact Book de la CIA.

En 2006 el Departamento de Energía de EU cifró el potencial del crudo afgano recuperable de los campos ya conocidos en 100 millones de barriles, mientras que el Servicio Geológico norteamericano estimó las reservas líquidas —todavía por descubrir en el norte del territorio afgano— en casi dos mil millones de barriles.

Igualmente posee un enorme potencial minero con subsuelos ricos en oro, diamante, litio, cobalto y otros minerales, que no han sido explotados hasta el momento por falta de infraestructura.

“Rusia negocia con los talibanes, si es que no ha negociado ya previamente, y China lleva una política de un poder un poco más blando pero avanzando paso a paso; pero negociarán con ellos y les proporcionarán logística e infraestructura”, dice Javier Jiménez Olmos, miembro del Seminario Investigación para la Paz.

Afganistán estratégicamente es fundamental para China, añade, porque sirve a sus intereses de extender su Nueva Ruta de la Seda (One Belt, One Road) que le permitiría crear la infraestructura necesaria para conectarse mejor con Europa.

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