El poder global ya no se combate solo en la Tierra: la Inteligencia Artificial lleva al límite la energía del planeta y empuja la infraestructura hacia el espacio, donde comienza a definirse la nueva supremacía.
Durante décadas el poder global se midió en territorios, ejércitos y reservas de recursos naturales, pero esa lógica comienza hoy a quedar obsoleta: la frontera decisiva ya no está únicamente en la geografía terrestre sino principalmente en la capacidad de controlar energía, cómputo e infraestructura tecnológica a escala planetaria.
La Inteligencia Artificial (IA) aceleró esta transformación y dejó al descubierto un límite inesperado: la Tierra ya no tiene energía suficiente para sostener el modelo tecnológico que ella misma creó.
La carrera por la IA dejó de ser una competencia de talento, algoritmos o chips; se convirtió en una disputa por electricidad, agua y estabilidad política. Entrenar modelos cada vez más complejos exige cantidades masivas de energía y sistemas de enfriamiento que compiten directamente con ciudades enteras. Cada nuevo salto en capacidad cognitiva implica centros de datos más grandes, densos y costosos de operar. El problema no es solo ambiental, sino estructural: la infraestructura energética global se diseñó para industrias del siglo XX, no para cerebros artificiales que operan sin descanso.
Estados Unidos genera alrededor de 500 gigavatios de electricidad al año y tan solo la IA podría requerir cerca de una cuarta parte de ese total para 2035. De hecho, Goldman Sachs estima que la demanda energética del sector crecerá más de 165% anual.
Europa enfrenta redes aún más frágiles y Asia una competencia feroz por cada megavatio disponible. El resultado es una paradoja: la tecnología más avanzada del planeta depende de una infraestructura que no crece al mismo ritmo.
Las grandes tecnológicas lo saben. Oracle, Microsoft, Google y Amazon invierten decenas de miles de millones de dólares en centros de datos, con retornos cada vez más inciertos. El cuello de botella ya no es financiero ni tecnológico: es físico. Las redes eléctricas están saturadas, los permisos se retrasan durante años y el acceso al agua para enfriamiento se convierte en un factor político. La infraestructura terrestre avanza a un ritmo incompatible con la ambición digital.
En ese choque entre límites físicos y promesas tecnológicas empieza a gestarse una nueva ruptura del orden global. Lo que está en juego no es solo tecnología: es quién escribirá las reglas del mundo que viene… y desde dónde lo hará.
Salto fuera del planeta
En este contexto emerge una estrategia radical: sacar la infraestructura crítica de la Tierra. Durante el US-Saudi Investment Forum 2025, por ejemplo, Elon Musk dejó claro que su apuesta no es expandir centros de datos terrestres sino construirlos en el espacio.
SpaceX se prepara para una salida a bolsa histórica, con una valuación estimada de 1.5 billones de dólares y una captación cercana a los 30 mil millones de dólares. No se trata de turismo espacial ni de exploración científica: es el financiamiento inicial de una nueva arquitectura de poder, diseñada para resolver los límites que la Tierra ya no puede superar.
Los satélites Starlink V3 están siendo adaptados para soportar chips de IA y procesamiento distribuido. En órbita, la ecuación cambia por completo. La energía solar es constante, no depende del clima ni de ciclos nocturnos. El enfriamiento es natural, sin necesidad de agua ni sistemas industriales complejos. La infraestructura no requiere permisos locales, negociaciones con gobiernos regionales ni integración con redes eléctricas obsoletas. Cada satélite es una unidad autónoma de energía y cómputo.
Starship, el sistema de lanzamiento reutilizable de SpaceX, permite escalar este modelo a una velocidad inédita. Su capacidad para colocar grandes cargas en órbita reduce los costos marginales y acelera la expansión. Musk estima que podrían desplegarse hasta 300 gigavatios anuales en infraestructura de cómputo espacial. En pocos años la potencia instalada fuera del planeta podría superar el consumo eléctrico total de Estados Unidos, reconfigurando por completo el mapa energético global.
Hoy orbitan ya cerca de diez mil satélites. Los más avanzados transmiten hasta 60 terabits por segundo, casi el doble del tráfico del histórico nodo de internet de Frankfurt. Mientras otras empresas buscan financiamiento para terminar centros de datos terrestres, Musk controla cohetes, fábricas de satélites, lanzamientos, red de transmisión y su propia empresa de IA.
La integración vertical no es una casualidad empresarial: es una apuesta deliberada por el control total de la cadena de valor del futuro digital.
Geopolítica orbital y nuevo orden
Este desplazamiento no es neutral ni técnico: es profundamente político. Quien controle la infraestructura de cómputo y energía controlará mercados, información, defensa y desarrollo tecnológico.
La geopolítica orbital redefine conceptos clásicos como soberanía, regulación y competencia. Un centro de datos en órbita no depende de redes nacionales, sindicatos eléctricos ni marcos legales tradicionales. Opera en una zona gris, donde el derecho internacional aún es débil, fragmentado y lento frente a la velocidad tecnológica.
Los Estados comienzan a enfrentar un dilema incómodo. Regular demasiado puede significar quedar fuera de la carrera; regular poco implicaría perder control sobre infraestructura crítica. La historia muestra que quien controla la infraestructura controla también las reglas. Ferrocarriles, cables submarinos, petróleo e internet definieron épocas enteras. La infraestructura orbital de cómputo amenaza con hacer lo mismo, pero a una escala inédita.
Algunos actores, como Jensen Huang, de Nvidia, califican los centros de datos espaciales como una fantasía. Tal vez lo sean. O quizá reflejen una verdad incómoda: quien llegue tarde no construirá infraestructura, la rentará. Si una empresa necesita procesamiento, alquilará satélites. Si necesita energía, también. El dueño de la red se convierte en árbitro del acceso, los precios y la velocidad de innovación.
Todo indica que esta no será una carrera entre Estados sino entre infraestructuras privadas con ambiciones globales. Musk lleva una ventaja de años, capital asegurado y un ecosistema operativo ya en marcha. Sus ingresos podrían pasar de 15 mil millones de dólares en 2025, a más de 24 mil millones en pocos años, impulsados por Starlink y nuevos servicios de cómputo.
La hegemonía del siglo XXI no se decidirá en tratados ni en guerras tradicionales sino en quién controle la energía y la inteligencia que sostendrán al mundo digital.
Y por primera vez en la historia, las batallas decisivas no se librarán en la Tierra.
¿Por qué la IA fuera del planeta?
La IA requiere cantidades crecientes de energía para entrenar y operar modelos cada vez más complejos. Su consumo eléctrico aumenta mucho más rápido que el número de usuarios, al punto de que algunos sistemas ya demandan tanta energía como ciudades medianas.
Sin embargo, las redes eléctricas terrestres no se diseñaron para soportar centros de datos de esta escala y su expansión es lenta, costosa y políticamente compleja.
A esto se suma el enorme consumo de agua necesario para enfriar servidores, que compite con el uso urbano y agrícola. Los permisos regulatorios pueden tardar años, mientras los costos aumentan y los rendimientos disminuyen, haciendo que el modelo terrestre sea cada vez menos eficiente.
Fuentes: IEA y Goldman Sachs Research
Ventajas estratégicas del cómputo orbital
Energía solar continua En órbita los satélites reciben luz solar casi permanente, sin nubes ni ciclos nocturnos, lo que permite generar energía constante.
Enfriamiento natural El vacío del espacio facilita la disipación del calor sin necesidad de grandes sistemas de agua o aire acondicionado.
Escalabilidad acelerada Agregar capacidad implica lanzar más satélites, un proceso más rápido que construir nuevas plantas eléctricas o centros de datos terrestres.
Menos restricciones regulatorias El espacio opera bajo marcos legales internacionales más flexibles que las leyes nacionales, reduciendo obstáculos administrativos.
Control centralizado de datos y energía Quien controla la red orbital controla tanto la energía como el flujo de información, creando una ventaja estructural.
Fuente: ESA y SpaceX
Objetivos
Control de la IA avanzada La capacidad de entrenar los modelos más potentes dependerá del acceso a energía y cómputo a gran escala.
Dominio de la infraestructura digital La infraestructura —no solo los algoritmos— será el verdadero centro del poder tecnológico.
Ventaja económica estructural Quien controle esta infraestructura podrá ofrecer servicios de IA más baratos y rápidos, dominando mercados globales.
Influencia geopolítica de largo plazo La tecnología definirá alianzas, dependencias y capacidad de presión entre países y empresas.
Dependencia tecnológica de terceros Países y compañías sin infraestructura propia deberán alquilar acceso, perdiendo autonomía estratégica.
Fuente: Foreign Affairs; WEF; McKinsey Global Institute y The Economist

