Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 21 de febrero. Se les caza por sus escamas únicas, y la alta demanda los convierte en el mamífero más traficado del mundo.
Los conservacionistas llaman de nuevo la atención sobre la difícil situación de los pangolines, los tímidos osos hormigueros escamados que se encuentran en algunas partes de África y Asia, con motivo del Día Mundial del Pangolín el sábado.
Los pangolines, o los productos derivados de ellos, superan a cualquier otro mamífero en lo que respecta al contrabando de fauna silvestre, con más de medio millón de ejemplares incautados en operaciones contra el tráfico ilegal entre 2016 y 2024, según un reporte del año pasado de CITES, la autoridad mundial en materia de comercio de especies vegetales y animales en peligro de extinción.
El Fondo Mundial para la Naturaleza estima que más de un millón de pangolines salvajes fueron capturados durante la última década, incluidos los que nunca fueron interceptados.
La carne de pangolín es un manjar en algunos lugares, pero lo que impulsa su comercio ilegal son sus escamas, que están hechas de queratina, la proteína que también se encuentra en el cabello y las uñas de los humanos. Las escamas tienen una gran demanda en China y otras partes de Asia debido a la creencia no comprobada de que, cuando se usan en la medicina tradicional, curan una serie de dolencias.
Hay ocho especies de pangolín, cuatro en África y otras tantas en Asia. Todas enfrentan un riesgo alto, muy alto o extremadamente alto de extinción.
Aunque a veces se les conoce como osos hormigueros escamados, los pangolines no están emparentados de modo alguno con los osos hormigueros ni con los armadillos.
Son únicos por ser el único mamífero cubierto por completo de escamas de queratina, que se superponen y tienen bordes afilados. Son un mecanismo de defensa perfecto, ya que le permiten enrollarse formando una bola acorazada que incluso a los leones les cuesta agarrar, lo que hace que estos animales nocturnos, que se alimentan de hormigas y termitas, tengan pocos depredadores naturales.
Pero no cuentan con ninguna defensa ante los cazadores humanos. Y, en términos de conservación, no generan el mismo interés que los elefantes, los rinocerontes o los tigres, pese a sus fascinantes particularidades —como su lengua pegajosa para atrapar insectos, que es casi tan larga como sus cuerpo.
Aunque algunos reportes indican una tendencia a la baja en el tráfico de pangolines desde la pandemia del COVID-19, los conservacionistas señalan que su caza furtiva tiene todavía un ritmo alarmante en algunas partes de África.
Nigeria es uno de los puntos críticos. Allí, el doctor Mark Ofua, veterinario de fauna silvestre y representante del grupo de conservación Wild Africa para África Occidental, lleva más de una década rescatando pangolines, una labor que comenzó cuando recorría mercados de carne de animales silvestres en busca de ejemplares que pudiera comprar y salvar. Dirige un centro de rescate de animales y un orfanato de pangolines en Lagos.
Su misión es crear conciencia sobre estos animales en Nigeria mediante un programa para niños y una táctica que consiste en convencer a artistas, músicos y otras celebridades con millones de seguidores en redes sociales para que participen en campañas de conservación, o para que simplemente se dejen ver con un pangolín.
Nigeria alberga tres de las cuatro especies africanas de pangolín, pero no son muy conocidos entre los 240 millones de habitantes del país.
La iniciativa de Ofua para darles visibilidad nació de un encuentro con un grupo de jóvenes bien vestidos cuando llevaba en una jaula a varios pangolines que había rescatado. Los hombres los señalaron y le preguntaron qué eran, contó.
“Ah, son crías de dragón", bromeó. Pero eso le hizo pensar.
“Hay un lado oscuro en esa confesión”, apuntó. “Si la gente ni siquiera sabe cómo es un pangolín, ¿cómo los proteges?”

