“Nuestros jóvenes merecen la libertad: son tres generaciones que han nacido bajo la opresión y el hambre”.
No quieren hablar dando sus nombres reales. A pesar de encontrarse a miles de kilómetros de distancia de Venezuela, prácticamente del otro lado del Atlántico, el miedo lo llevan adherido al cuerpo: siguen temiendo las represalias del régimen chavista, que conserva células en diversas partes de Europa.
Los venezolanos en España viven, minuto a minuto y día tras día, con la esperanza de retornar pronto a su país, una vez que el régimen chavista caiga totalmente.
A lo largo de casi tres décadas el Estado de Derecho ha quedado desmontado por completo en Venezuela; además, las libertades han sido enterradas, socavados los derechos civiles y destruido el tejido económico de un país que a mediados de la década de 1990 era, después de Brasil y México, la tercera economía más relevante de América Latina.
El cáncer del chavismo ulceró todas las estructuras e instituciones del Estado, dejando una economía quebrada y más de ocho millones de venezolanos refugiados en distintos países del mundo.
En 1998, un año antes de que Hugo Chávez asumiera la presidencia (el 2 de febrero de 1999) la economía venezolana durante el mandato de Rafael Correa (1994-1999) registró las siguientes tasas de crecimiento: 1994, Producto Interno Bruto (PIB) de -2.3%; 1995, de 4%; 1996 de -0.2%; 1997, de 6.4%; y, 1998, PIB de 0.3%. Ya con Chávez en el gobierno, en 1999 el PIB cayó 6% y a partir de entonces la economía venezolana entró en una espiral rocambolesca: algunas subidas y profundas caídas, como sucedió en 2018 con un desplome de 19.7% y en plena pandemia llegó a un estrepitoso declive de 30 por ciento.
La histórica joya de la corona venezolana, el petróleo, pasó de ser una boyante industria con producciones de hasta 3.5 millones de barriles diarios, a llegar a niveles mínimos. La columna vertebral del chavismo con base en la corrupción y el socialismo comunitario terminaría destruyendo el tejido económico nacionalizando, expropiando o liquidando más de siete mil empresas.
Persecución
“Se creó un Estado criminal, dominado por una mafia al amparo de Chávez primero y de (Nicolás) Maduro después, inspirados en el modelo cubano de todo por la patria y muerte para los traidores”, explica a Vértigo un venezolano afincado en Bilbao.
Con la voz entrecortada, este ingeniero nacido en Caracas y quien pide conservar el anonimato bajo el nombre de Pedro, cuenta que trabajó dos décadas en Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) en los años de mayor esplendor, cuando el boom petrolero ubicó a su país entre los 15 principales productores de petróleo del mundo. “Una vez que llegó Chávez al gobierno, todo lo politizó, hasta dinamitar el tejido productivo y levantar los andamios para edificar una industria del crimen en la que están metidos cientos de cubanos”.
Del otro lado del teléfono es imposible no percibir su temor y así lo confiesa: “Muchos seguimos teniendo familia en Venezuela, no queremos que los persigan más… Los venezolanos hemos sido bastante maltratados estos largos años en los que hemos sufrido acoso, destrucción de nuestros puestos de trabajo, el desmantelamiento del Estado y de la economía, hasta la persecución si no estabas alineado” con el régimen.
“Hemos salido por hambre, no nos dejaron de otra”, recalca Pedro, convencido además de que después de la captura de Maduro el régimen tiene el tiempo contado.
En 1995 Venezuela figuraba entre los principales países productores de petróleo del mundo y PDVSA era su bandera insignia con más de 44 mil trabajadores. Pero con Chávez comenzó una etapa de politización de la empresa y la más larga historia de corrupción alrededor del petróleo.
“Nos despidieron a miles. Con el paso de los años vimos cómo el chavismo desvió dinero para la corrupción y usó el petróleo para acercarse a regímenes igual de atroces como el cubano, el chino o el ruso”, señala Pedro.
“Se lo robaron todo”
Daniela Mendoza, otra extrabajadora venezolana de PDVSA afincada en Málaga, destaca que Trump va a encontrarse una industria petrolera que no es otra cosa más que una cafetera vieja: “Van a tener que meterle mucho dinero. El régimen todo lo desmanteló… Se han robado muchas cosas con total impunidad”.
Esta asesora energética, nacida en la región de Sucre, fue una de las primeras desempleadas de PDVSA con Chávez en 2002, un año que marcaría la historia de la petrolera porque los desvíos de recursos para supuestos programas sociales fueron el inicio de la quiebra.
“Había mucha tensión social. En 2002 sucedió un golpe de Estado que apartó momentáneamente a Chávez del poder, pero los mismos militares lo retornaron al poder y nosotros, los empleados de PDVSA, nos declaramos en huelga y estuvimos haciendo mucha presión para que Chávez ya no volviera… Pero volvió”, recuerda con pesadumbre.
Lo que sucedió, prosigue Mendoza en su relato, fue que Chávez volvió a la presidencia con más poder y completamente avalado por los militares: “Entonces nos dejó en la calle; todos los días en los periódicos salían listas y listas con nombres de cientos de empleados de PDVSA despedidos. Hasta que vi mi nombre. Nos echaron sin liquidación, sin caja de ahorros y sin ninguna garantía, simplemente se lo robaron todo… Al final nos vimos en la calle, primero 18 mil empleados hasta llegar a los 23 mil”.
La destrucción de la petrolera fue inevitable: pasó de ser una empresa técnica y competitiva en la que funcionaba la meritocracia, para convertirse en una mole de corrupción en la que Chávez colocó a gente afín y leal a él. “Además hizo muchos negocios en negro con otros países; a Cuba llegó a darle 90 mil barriles de petróleos diarios gratis a cambio de contribuir a la represión de los venezolanos”.
Las listas del miedo
Chávez, quien murió de cáncer el 5 de marzo de 2013, tuvo la obsesión como presidente de derruir la iniciativa privada y dejar solo algunas empresas, pero sometidas a los designios del régimen. “Si no cooperabas prácticamente estabas condenado a la quiebra; y quienes cooperaban a veces no recibían los pagos correspondientes”.
A Carlos Rojas, un refugiado de 79 años residente desde hace ocho años en Madrid, le llena de emoción atestiguar en vida la caída de Maduro. “Pensé que el mal acabaría con la muerte de Chávez, pero dejó a Maduro como heredero del chavismo y no sé decir quién fue peor, porque ambos fueron unos tiranos y unos corruptos; ambos hicieron mucho daño a Venezuela y a los venezolanos”.
Este arquitecto jubilado recuerda que, en su entramado criminal, el chavismo que prosiguió con Maduro continuó esa línea de nacionalizarlo todo: la industria eléctrica; las hidroeléctricas; las empresas que gestionaban el agua y su saneamiento; las empresas agropecuarias; la industria metalúrgica y minera; casi nada se ha salvado.

“Y aunque la industria petrolera logró recuperarse un poco, con Maduro se extendió la telaraña de las redes criminales. En los buques que transportaban petróleo también llevaban armas y droga… La magnitud de la corrupción es ingente”, remarca.
También Rojas explica que el régimen creó dos listas en las que son colocadas todas las personas no afines ni simpatizantes del chavismo, con la intención de dejarlas sin empleo: “Si votabas contra ellos sabían quién lo había hecho y así te ponían en esas listas”.
Rojas habla de dos en particular: “En la Lista Tascón colocaron a todos los millones de compatriotas que se unieron para pedir un referendo revocatorio de la presidencia de Chávez en 2003. Las personas que estaban en dichas listas no podían trabajar en ningún sitio, además de sufrir todo tipo de acosos”.
¿Por qué llevaba ese nombre? La idea de esta lista de exclusión surgió del entonces diputado Luis Tascón, un chavista lambiscón que quería quedar bien con el régimen.
Después surgió otra lista más amplia, la llamada Lista Maisanta, propuesta también por otro legislador chavista: el diputado Ismael García. Las personas colocadas en la Maisanta no accedían a los créditos bancarios, a muchos se les negaban las matrículas en las escuelas para sus hijos y llegaban a tener problemas para contar con los suministros más básicos además de negárseles el acceso al empleo.
“Aún me duele recordar a la gente comiendo de los camiones de la basura. Había gente muriendo de hambre en Venezuela por culpa de una Gestapo chavista”, rememora Rojas.
Ni oferta ni demanda
Sobre cómo el chavismo destruyó la libertad económica da cuenta María Gabriela P., una abogada de Caracas asilada en Madrid junto con su marido y sus dos hijos veinteañeros.
“Chávez comenzó a nacionalizar centros comerciales y a controlar las tiendas de autoservicio. Recuerdo con especial tristeza una fila como de dos horas que un día hice para comprar un cuarto de queso. El régimen te decía los productos que podías comprar de forma muy limitada y teníamos una enorme escasez porque como había nacionalizado también las granjas, el ganado y la producción agrícola, a veces encontrar leche o pan o huevo era una odisea”, refiere.
María Gabriela rememora con especial amargura otra experiencia en la que tras hacer una larga cola para comprar café y salir de la tienda llorando (por la desesperación) fue abordada por los guardias cubanos encargados de vigilar que se cumpliera la normativa de las compras de productos controlados: “Me abordó al salir uno de sus guardias de los comandos bolivarianos, de esos comanditos, y me dijo con su acento notablemente cubano que si no me parecía la situación me fuese; y llegó a amenazar con ir a mi casa a hostigarme por mi llanto”.
En 1995 había más de 500 centros comerciales con muchas tiendas de alimentos. Solo algunas sobrevivieron a la expropiación del chavismo, algo que María Gabriela destaca como la cubanización de la economía venezolana al tomar ese modelo de racionamiento para la población.
“Vimos y vivimos el colapso del sistema económico venezolano: nos dejaron sin ingreso; la comida escaseaba y encima las bandas criminales arropadas por el chavismo secuestraban y mataban a civiles con total impunidad”, relata acongojada.
No había libertad para comerciar, tampoco para trabajar y el sector primario de la producción nacionalizado al completo estaba destrozado: “Los chavistas arruinaron empresas como la Kellogg’s y hay otro caso muy conocido, el de Agroisleña, a la que rebautizaron como Agropatria”.
La historia con Kellogg’s fue lamentable: el 15 de mayo de 2018 la empresa estadunidense anunció la salida de Venezuela tras el deterioro económico. Entonces el dictador Maduro ordenó que siguiese produciendo con la mitad de los empleados y con la mitad de la calidad, utilizando la propia imagen de la marca, a la que añadió en sus cajas de cereales todos los elementos propios del chavismo. Los más perjudicados fueron los pocos empleados que se quedaron, muchos sin sueldo y solo trabajando para recibir una caja mensual de comida llamada CLAP.
Con Agroisleña la historia también es deplorable: esta empresa del sector privado fundada en 1958 llegó a tener más de 60 sucursales de distribución de productos agrícolas en toda Venezuela. Era la empresa líder hasta que el sátrapa de Chávez, con su plan socialista, la nacionalizó el 4 de octubre de 2010 y la convirtió en Agropatria. Fue tal su saqueo, que la empresa estatal terminó arruinada.
“Venezuela es un país en bancarrota. Los venezolanos que viven allá están desnutridos, muchos han bajado diez kilos o más… Que Venezuela salga de este infierno del comunismo bolivariano es el mayor deseo de todos. Nuestros jóvenes merecen la libertad: son tres generaciones que han nacido bajo la opresión y el hambre: desde los Millennials, la Generación Zeta y la Generación Alfa”, de acuerdo con María Gabriela.

