La detención del dictador venezolano dio pie a escenas de celebración dentro y fuera de ese país, pero también abrió la puerta a los peligros de la ingobernabilidad.
El 3 de enero de 2026 pasará a la historia de Venezuela como un día de contradicciones intensas: mientras millones de venezolanos dentro y fuera de ese país salieron a las calles con banderas, música y consignas de esperanza tras la captura del dictador Nicolás Maduro, otros sectores observaron con miedo, rechazo y alarma cómo una operación militar ejecutada por fuerzas de Estados Unidos ponía fin a casi dos décadas de liderazgo chavista.
Hoy la población venezolana vive de hecho una mezcla de alivio, incertidumbre y tensión, que evidencia la profunda polarización que vive ese país desde hace dos décadas y media. Una situación que se agrava por la falta de información confiable a la sociedad y la detención de periodistas que cubren los eventos de hoy en Venezuela.
La madrugada de aquel día un operativo estadunidense denominado Resolución Absoluta sacó a Maduro —junto con su esposa, Cilia Flores— de Caracas y lo trasladó a Nueva York para enfrentar cargos en tribunales federales por presunta conspiración de narcoterrorismo, tráfico de cocaína y posesión de armas destructivas, acusaciones que ya habían sido presentadas ante un gran jurado en 2020 por las autoridades estadunidenses.
Celebración y denuncias
Junto con sus compatriotas en Venezuela, casi ocho millones de venezolanos en la diáspora recibieron la noticia de la captura de Maduro como un alivio histórico tras años de crisis económica, colapso institucional, alto índice de criminalidad y un éxodo masivo de ciudadanos.
En ciudades como Miami, Santiago de Chile y Buenos Aires compatriotas venezolanos celebraron con banderas y consignas de libertad.
“Es el momento que esperábamos desde hace años”, manifestó en Miami María Elena Rojas, migrante venezolana que representa a muchos que viven fuera de Venezuela.
Gobiernos de la región también reaccionaron de manera diversa: Argentina, Paraguay y Ecuador celebraron abiertamente la destitución de Maduro y llamaron a una pronta transición democrática, mientras otros actores internacionales solicitaron moderación y respeto al derecho internacional.
La respuesta dentro de los sectores leales a Maduro fue diametralmente opuesta. Las fuerzas armadas venezolanas, a través de comunicados oficiales, calificaron la captura como un “secuestro ilegal e ilegítimo” y acusaron a Estados Unidos de violar la soberanía nacional.
El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, declaró que las acciones estadunidenses equivalen a una barbarie y exigió la liberación inmediata del presidente y su esposa.
Países como Cuba, Irán, Rusia y varios gobiernos latinoamericanos repudiaron la operación, argumentando que Estados Unidos infringió el derecho internacional.
¿Quién manda ahora?
El vacío de poder en Venezuela se ha convertido en uno de los elementos más delicados del momento político actual.
La Constitución venezolana establece que ante la ausencia del presidente la vicepresidenta ejecutiva—en este caso Delcy Rodríguez— debe asumir el mando.
Y aunque la administración chavista ha insistido en que Maduro sigue siendo el presidente legítimo y exigió su liberación, la Corte Suprema de Justicia declaró su ausencia “temporal” y designó a Rodríguez como presidenta interina.
Rodríguez, una figura de larga trayectoria en el oficialismo y aliada cercana de Maduro, asumió funciones lanzando un mensaje de conciliación, aunque mantuvo la retórica contra la intervención extranjera y llamó a la paz y al diálogo. Su liderazgo ha sido reconocido por elementos clave de las fuerzas armadas, aunque persisten dudas sobre su legitimidad y el alcance real de su poder.
En la práctica, el control del país aparece fragmentado: sectores del ejército siguen alineados con el liderazgo interino, mientras que milicias civiles y colectivos armados patrullan barrios tradicionalmente chavistas.
Algunas zonas de Caracas registran protestas, otras permanecen vacías, y fallas de servicios básicos como la electricidad marcan un día a día caótico para muchos ciudadanos.
Fracaso del régimen
Así, Venezuela vive uno de los momentos más frágiles de su historia reciente, pues con la salida forzada de Maduro el país quedó sumido en un vacío de poder, con instituciones debilitadas, autoridad fragmentada y un Estado incapaz de responder plenamente a las necesidades básicas de la población.
Más que un simple relevo político, lo que queda es el colapso visible de un sistema construido durante más de dos décadas alrededor del proyecto de Hugo Chávez y prolongado por Nicolás Maduro, sostenido por la renta petrolera y el control político, pero sin bases productivas reales.
El chavismo fracasó en su promesa central: transformar la riqueza petrolera en desarrollo sostenible. La intervención masiva del Estado en la economía, las expropiaciones indiscriminadas y el desmantelamiento del sector privado destruyeron la capacidad productiva del país.
Empresas, tierras agrícolas e industrias estratégicas pasaron a manos del Estado sin gestión eficiente ni inversión, provocando escasez, caída de la producción y dependencia casi total de las importaciones.
La economía venezolana se redujo a menos de un tercio de su tamaño original, con una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) superior a 70%. La inflación pulverizó salarios y ahorros, eliminó el crédito y convirtió al dólar en refugio informal. El colapso de la industria petrolera —de más de tres millones de barriles diarios a mínimos históricos— dejó al Estado sin ingresos y sin capacidad operativa.
El daño social es profundo. Casi ocho millones de venezolanos emigraron, mientras quienes permanecen enfrentan hospitales sin insumos, escuelas sin maestros y servicios básicos intermitentes. El sistema educativo perdió generaciones completas y el tejido social quedó erosionado.
Financieramente exhausta y aislada, Venezuela enfrenta hoy no solo una crisis política sino también el saldo acumulado de un modelo que destruyó instituciones, expulsó talento y cerró el futuro de toda una generación.
Oposición activa
La líder opositora y Premio Nobel de la Paz 2025, María Corina Machado, se posicionó rápidamente tras los hechos con un comunicado titulado Venezolanos, llegó la hora de la libertad.
En él, afirmó que Venezuela vive una nueva etapa política tras la caída de Maduro y llamó a la transición democrática inmediata, instando a que Edmundo González, candidato reconocido por la oposición como el ganador de las elecciones de 2024, asuma la presidencia legítima.
En este contexto, Machado pidió a la Fuerza Armada Nacional reconocer el mandato popular.
También hizo un llamado a la ciudadanía a permanecer “vigilante, activa y organizada” hasta que se concrete una transición, apelando tanto a venezolanos dentro del país como a aquellos en el extranjero para asegurar respaldo internacional y reconstrucción.
Lucha por la soberanía
Más allá del impacto inmediato de la captura de Nicolás Maduro, el episodio abre una discusión de fondo sobre el orden internacional en América Latina y los límites reales de la soberanía estatal en un mundo donde los poderes militar, judicial y financiero se entrecruzan.
Para Washington, la operación envía un mensaje claro: ciertos liderazgos ya no son solo un problema interno, sino un asunto de seguridad hemisférica.
Para la región, el precedente resulta incómodo y perturbador.
En Venezuela la vida cotidiana oscila entre expectativa y temor. Comercios que reabren con cautela, mercados atentos a una eventual flexibilización de sanciones y una población exhausta que por primera vez en años percibe que el futuro no está completamente clausurado.
Sin embargo, la economía sigue en estado crítico: la producción petrolera continúa limitada, el sistema financiero es frágil y la dependencia de importaciones persiste. Sin estabilidad política, cualquier mejora será efímera.
El dilema central es quién administrará la transición y con qué propósito. Una reconstrucción orientada solo al capital extranjero puede reproducir desigualdades históricas; una transición cerrada y sin financiamiento amenaza con prolongar el colapso.
La oposición enfrenta su prueba más difícil: pasar de la resistencia a la gestión real del Estado, con instituciones debilitadas y una sociedad profundamente polarizada.
El futuro venezolano no se decidirá en un solo acto ni en un tribunal, sino en una secuencia de negociaciones y decisiones económicas. Como resume la socióloga Colette Capriles: “La libertad no llega con la captura de un hombre, sino con la reconstrucción de reglas, confianza y ciudadanía”.
Escenarios
Con la captura de Nicolás Maduro hoy Venezuela entra en una fase de alta incertidumbre. Analistas identifican cinco posibles rumbos.
Continuidad chavista Reacomodo del poder dentro del oficialismo, sin cambios de fondo y con ajustes para resistir la presión externa.
Transición democrática Gobierno interino amplio y elecciones. Difícil por la polarización y la presencia de grupos armados.
Oposición apoyada por EU Cambio acelerado con apoyo internacional, pero riesgo de mayor división interna.
Tutela internacional Administración temporal para estabilizar y reconstruir. Orden a cambio de soberanía limitada.
Inestabilidad prolongada Fragmentación del poder, violencia intermitente y salida política indefinida.
El futuro venezolano se juega entre reforma, tutela o estancamiento.
Fuente: AP
Breve cronología de una crisis
2020 Estados Unidos presenta cargos formales contra Nicolás Maduro por narcotráfico y terrorismo.
2024 Elecciones presidenciales cuestionadas; la oposición denuncia fraude y falta de garantías.
2025 Aumento de sanciones selectivas y mayor aislamiento diplomático del gobierno venezolano.
3 de enero de 2026 Operativo estadunidense y detención de Nicolás Maduro.
Actualidad Vacío de poder, tensiones internas y negociaciones discretas sobre el futuro institucional y económico de ese país.

