Don Goyo vuelve a captar la atención por sus fumarolas, sismos leves y pilares de luz sobre su cima, fascinando a quienes lo observan.
El Popocatépetl, uno de los volcanes más activos de México, ha captado la atención del país durante las últimas semanas porque registra sismos de baja magnitud, su cráter emite columnas constantes de gas y se observan pilares de luz sobre su cima, un fenómeno que genera asombro y especulación en redes sociales.
Expertos explican que estos pilares se forman por la reflexión de la luz en cristales de hielo suspendidos en la atmósfera y, aunque son espectaculares, no indican cambios en la actividad volcánica.
Robin Campeón, investigador del Departamento de Vulcanología del Instituto de Geofísica de la UNAM, asevera que “el volcán se reactiva de manera lenta, pero no hay indicios de que se dirija a un evento catastrófico en el corto plazo”.
Al principio, puntualiza, “cuando se midieron grandes cantidades de gases, sí se pensaba que el volcán podría generar una erupción violenta, como la que tuvo hace mil 200 años. Pero hoy, tras décadas de observación, sabemos que esta emisión sostenida, con altos y bajos correlacionados con actividad más intensa o menos intensa, funciona como una válvula de seguridad, permitiendo desgasificar el magma profundo y evitando explosiones mayores”.
En palabras simples, añade, “su comportamiento se asemeja a la válvula de una olla de presión”.
Su nombre, que en náhuatl significa “Cerro que humea”, refleja siglos de observación y respeto de los pueblos que lo rodean. La leyenda cuenta que Popocatépetl e Iztaccíhuatl eran un joven guerrero y su amada princesa. Iztaccíhuatl murió de tristeza al creer que su amado había perecido en la guerra.
Cuando Popocatépetl regresó encontró a su amada inerte y quedó vigilante a su lado con una antorcha encendida. La nieve los cubrió y los transformó en los volcanes que conocemos hoy; cada fumarola es la antorcha del guerrero recordando su amor eterno.
Por otra parte, la historia eruptiva del volcán, también conocido como Don Goyo, documenta una actividad constante desde hace miles de años, destacando su gran reactivación en 1994, que lo mantiene activo hasta hoy, con erupciones notables y una fuerte conexión cultural.
¿Cómo funciona?
Campeón describe al Popocatépetl como un estratovolcán, es decir, un volcán activo durante periodos muy prolongados. “Tiene más de 600 mil años de actividad y está compuesto por capas alternadas de tefra —productos piroclásticos fragmentados— y lava, lo que da origen a su crecimiento por superposición de ceniza en erupciones explosivas y de lava en erupciones efusivas”.
El investigador señala que “la característica más destacada de su actividad actual, desde hace 31 años, es la emisión constante de grandes cantidades de gases volcánicos”.
Para estudiar volcanes como el Popocatépetl se combina la sismología con mediciones de gases, deformación del terreno, temperatura y observaciones satelitales, además de técnicas experimentales como la medición de campos magnéticos, gravimétricos o geoeléctricos.
En este sentido, especialistas del Instituto de Geofísica de la UNAM, liderados por el investigador Marco Calò, han construido un modelo tridimensional de las entrañas del volcán utilizando Inteligencia Artificial (IA), sismología avanzada y salidas de campo a más de cuatro mil 200 metros de altitud.
“Se ha realizado tomografía sísmica, que estudia cómo las ondas sísmicas se propagan dentro de la corteza terrestre. Esto permite identificar zonas con más magma o con roca solidificada sin tener que entrar al volcán. Una lava más viscosa transmite las ondas más lentamente, mientras que la roca sólida las transmite más rápido, lo que nos da un mapa interno de su estado actual”, explica el investigador.
Efectos
Según el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) la actividad actual del volcán se caracteriza por exhalaciones frecuentes y tremor de baja amplitud, reflejo de la interacción continua entre el magma profundo y la corteza terrestre.
Los gases son tóxicos, pero se liberan a más de cinco mil 500 metros de altura, lejos de cualquier población.
“La pluma se dispersa por los vientos a grandes distancias; incluso se ha detectado hasta Cuba, Estados Unidos y Nicaragua, pero en altitudes donde no afectan la salud de la gente. Lo que sí puede causar problemas es la ceniza, que cae lentamente y afecta temporalmente cultivos y vías respiratorias”, detalla Campeón.
Paradójicamente, la ceniza también fertiliza los suelos. “Después de las lluvias los compuestos químicos se lavan, dejando minerales como sodio, potasio, magnesio y fósforo, que benefician la fertilidad y favorecen el crecimiento vegetal. El impacto negativo dura días o semanas, pero a largo plazo es muy positivo para los ecosistemas”, comenta el especialista.
Por ello, el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl mantiene una biodiversidad notable: bosques de pino, oyamel y encino, pastizales de alta montaña y fauna diversa como teporingos, venados, coyotes, zorros y aves rapaces.
Volcanes activos
El Popocatépetl no es un caso aislado en un país volcánico. Campeón recuerda que el volcán de Fuego de Colima, muy activo hasta 2017, se encuentra actualmente en reposo, pero eso no significa seguridad absoluta: su reactivación podría ser intensa. En Chiapas, el volcán El Chichonal, protagonista de una erupción devastadora en 1982, muestra signos muy lentos de reactivación. “Cada volcán tiene su propio ritmo y la vigilancia es indispensable. La mayoría de las erupciones no representan peligro grave, pero unas pocas pueden ser catastróficas. Por eso estudiamos sismos, deformaciones, gases, temperaturas y usamos satélites y técnicas experimentales como la tomografía sísmica. Cada medición nos ayuda a anticipar escenarios y proteger a la población”, destaca.
Ahora iluminado por pilares de luz, el Popocatépetl sigue humeando, vibrando y recordando que México se asienta sobre tierra viva. “El volcán nos enseña que debemos respetarlo, conocerlo y, sobre todo, informarnos a través de la ciencia. Solo así podemos convivir con él sin miedo”, concluye el investigador, mientras la gran montaña mantiene su vigilia eterna sobre los valles que la rodean.

