Productores arriesgan su cosecha, su suelo y su inversión al comprar semillas sin certificar, una práctica que ya implica millones de dólares en México.
En el campo cada ciclo agrícola comienza mucho antes de que la semilla toque la tierra. Empieza en una decisión aparentemente simple: dónde y a quién comprar semillas.
Y en México esa elección se ha convertido en un punto crítico porque alrededor de 10% del mercado de semillas —valuado en mil 700 millones de dólares— circula fuera de los canales legales, según estimaciones de la Asociación Mexicana de Semilleros (AMSAC).
Detrás de ese porcentaje hay productores que sin saberlo, o seducidos por los precios bajos, están sembrando una incertidumbre que no se nota a primera vista, pero que puede reflejarse meses después en plantas que no germinan, cosechas que rinden la mitad o suelos que quedan contaminados por años: son las llamadas semillas piratas.
Ante este fenómeno la AMSAC lanza la campaña No Coseches Sorpresas, enfocada especialmente a pequeños y medianos productores, quienes —según la propia asociación— resultan ser los más afectados.
“La piratería afecta a la industria semillera formal, pero donde tiene mayor impacto es con los productores”, explica a Vértigo Mario Puente Raya, director ejecutivo de la AMSAC.
“El agricultor compra una semilla más barata creyendo que está ahorrando, pero puede perder parcial o totalmente su cosecha. Incluso puede contaminar su suelo con plagas que permanecen ahí durante años”, advierte.
Riesgos
Según estimaciones de la AMSAC, como se anotó antes, casi 10% del mercado formal de semillas en México se ve afectado por el comercio ilegal, pero esa cifra solo dimensiona el golpe para la industria: en el campo las pérdidas pueden ser mucho mayores cuando una parcela deja de producir 50, 60 u 80% de lo esperado.
El mecanismo de engaño es tan simple como efectivo. En cultivos como el maíz personas toman grano destinado al consumo, lo pintan para simular el tratamiento químico de la semilla certificada y lo venden como si fuera apto para siembra.
A simple vista es casi imposible distinguirlo. “El grano es el mismo. Lo que cambia es lo que lleva adentro: la genética y la condición sanitaria”, señala Puente.
Otras prácticas de piratería son el rellenado de envases originales con semillas de baja calidad, el uso ilegal de marcas registradas y la falsificación de envases y etiquetas.
El riesgo no es solo económico: las semillas piratas pueden transportar virus, bacterias, hongos o nematodos que se introducen al suelo y permanecen ahí durante años.
Un ejemplo es el nematodo dorado de la papa, capaz de reducir la producción hasta en 75%. En el caso del trigo una semilla sin controles sanitarios puede introducir enfermedades como el carbón parcial, un hongo que daña el grano y afecta su calidad comercial. Más allá de la merma en la cosecha, su presencia obliga a aplicar medidas sanitarias, eleva costos de manejo y puede limitar la venta del producto dentro y fuera del país. De acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) este problema genera pérdidas millonarias en el noroeste del país.
“Hay plagas que pueden permanecer en el suelo diez o 20 años. Eso significa que no solo pierdes una cosecha, sino también la posibilidad de sembrar ese terreno durante mucho tiempo”, advierte.
Los cultivos más afectados son maíz, jitomate, chile, cebolla, forrajes y ornamentales, con mayor incidencia en Puebla, el Bajío, Sinaloa, Sonora, Jalisco y Chihuahua, según información recabada por la AMSAC entre distribuidores y agricultores.
En los últimos cinco años el problema ha encontrado un nuevo escaparate: el comercio digital. La venta de semillas piratas en plataformas de comercio electrónico y redes sociales ha crecido de manera considerable, lo que dificulta su rastreo y control.
Acción y prevención
Frente a este escenario la campaña antipiratería se centra en tres acciones básicas: comprar solo a distribuidores autorizados, desconfiar de ofertas inusualmente baratas en internet y exigir siempre factura.
Este último punto es clave. “Si alguien no te da factura, hay algo por lo que se debe dudar”, resume Puente.
La campaña también busca frenar un efecto menos visible, pero de largo plazo: la desincentivación en investigación y desarrollo. Desarrollar una nueva variedad vegetal puede tomar más de una década. Cuando esa semilla es pirateada, la posibilidad de recuperar la inversión se desvanece. “Eso genera dependencia tecnológica y alimentaria del exterior, algo que como país no queremos”, señala Puente.
A esta complejidad se suma un factor cultural. Durante años muchos agricultores han confiado en la recomendación de conocidos, intermediarios o vendedores ambulantes para adquirir sus insumos. La compra de semillas no siempre pasa por un canal formal, sobre todo en comunidades donde el acceso a distribuidores autorizados es limitado o donde el precio se convierte en el criterio decisivo. Esa combinación de confianza informal y presión económica abre la puerta perfecta para que la piratería prospere.
La AMSAC reconoce que no se trata solo de vigilancia, sino también de información. En este sentido, trabaja en coordinación con el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS), autoridad encargada de vigilar la certificación y el comercio de semillas en México, para que el mensaje llegue a más personas.
Por eso insiste en que los productores aprendan a revisar etiquetas, verificar porcentajes de germinación, identificar al productor y confirmar que el distribuidor esté registrado ante el SNICS. Son detalles que pueden parecer menores frente a la urgencia de sembrar, pero que marcan la diferencia entre una temporada productiva y un ciclo de pérdidas.
La primera etapa de la campaña durará cuatro meses e incluirá materiales impresos, difusión en redes sociales, videos y la colaboración de empresas semilleras y oficinas del SNICS en distintos estados. Posteriormente buscarán sumar a organizaciones como el Consejo Nacional Agropecuario y asociaciones de productores de hortalizas y berries para ampliar el alcance.

