Roger Bartra
Cuartoscuro
09 octubre, 2018
Hector González
Todo menos politica

LIBERTAD, FENÓMENO ESCASO PERO NO LIMITADO

La moral suele constreñir el libre albedrío, pero no lo anula.

A Roger Bartra la palabra conocimiento le viene de manera natural. Sus campos de acción son amplios. Van de la política a la antropología y del periodismo a las neurociencias. En esta área ha publicado títulos como Antropología del cerebro. Conciencia, cultura y libre albedrío, donde investiga sobre la forma en que opera la conciencia en el ejercicio de la libertad.

—Usted ha escrito que la libertad es un fenómeno propio de la conciencia. ¿Sin conciencia no existe la libertad?

—No, la libertad es un fenómeno propio y exclusivo de la conciencia humana. No existe en otros animales. Y por ahora tampoco existe en las máquinas inteligentes y robots que creamos.

—¿Cómo define la conciencia?

—No puedo dar una definición en unos segundos. Para definirla he escrito todo un libro: Antropología del cerebro. Puedo decirle que la conciencia humana es mucho más que el hecho de percatarse del entorno. La conciencia de los humanos es, propiamente hablando, autoconciencia. Es decir: conciencia de estar consciente. Pero, además, la conciencia humana no solamente se percata del entorno y de sí misma: también incluye a una porción de ese entorno, principalmente las prótesis simbólicas, lo que yo llamo el exocerebro.

—Las neurociencias sostienen que la libertad, de existir, es muy breve, ya que todas nuestras decisiones están determinadas por el cerebro. ¿Cuál es su opinión en este sentido?

—La conciencia de los humanos es una singularidad. Permite que en algunas ocasiones los actos y los pensamientos se escapen de la cadena determinista de causas y efectos. Nuestras decisiones no están solamente determinadas por el cerebro sino por la conciencia. Y la conciencia incluye redes exocerebrales, gracias a las cuales es posible el libre albedrío.

—Usted ha escrito también que la mayor parte del comportamiento humano no está sometido al libre albedrío. ¿En qué actividades o procesos sí hay libre albedrío?

—En aquellas decisiones que forman parte de procesos que escapan del determinismo biológico y que ocurren en forma lenta y meditada simultáneamente en los circuitos neuronales y en las redes sociales. Los experimentos sobre el libre albedrío que hacen los neurocientíficos son muy limitados: se reducen a examinar, por ejemplo, lo que ocurre en el sistema nervioso cuando el sujeto decide apretar un botón. Pero la libertad es un fenómeno que no se puede reducir al ámbito biológico: se ubica en un nivel de complejidad más elevado, que incluye los espacios sociales, económicos, culturales e intelectuales.

—Si asumimos que existe en un rango limitado ¿la libertad es necesaria al menos como un horizonte aspiracional?

—La libertad es un fenómeno escaso, pero no limitado. Tampoco es un fenómeno necesario. Es un proceso que existe gracias a que las redes exocerebrales permiten la presencia de una singularidad. Buena parte del comportamiento humano está sometido a una causalidad determinista, como ocurre en el resto de los animales. Pero la singularidad que es la autoconciencia abre un espacio para el libre albedrío, impulsa comportamientos que no son debidos al azar y tampoco son determinados por cadenas de causas y efectos ancladas en el cerebro.

Individualidad

 

—¿La libertad plena es posible o necesita estar acotada para que no se convierta en libertinaje?

—La libertad siempre coexiste con procesos deterministas de diversa índole. En esta coexistencia radica el misterio de la singularidad que nos hace libres. Hay determinismos físicos y biológicos, desde luego. Hay además determinismos sociales y económicos. En este mundo complejo de interacciones se abren espacios para el libre albedrío.

—¿En qué momento se considera usted más libre?

—Cuando escojo alguna acción con detenimiento, después de una reflexión pausada y habiendo consultado o conversado con otros. Cuando mis decisiones pasan por el filtro de los otros.

—¿Las libertades sociales e individuales son siempre compatibles? En caso de que no, ¿cuándo no lo son?

—Las libertades son siempre individuales pero se ejercen gracias a que existen circuitos colectivos, sociales y políticos. Un partido, una comunidad o una empresa ejercen una libertad solamente si se basa en el libre albedrío de los individuos que las componen.

—¿Por qué solemos asociar libertad con moral, a pesar de que la moral es relativa a cada individuo?

—La moral es un conjunto de costumbres que establece límites al comportamiento individual. Las reglas morales, sedimentadas por las costumbres, limitan las acciones humanas y suelen poner coto a acciones que se consideran dañinas. Así que la moral suele constreñir el libre albedrío, pero no lo anula. Gran parte de las reglas morales tiene un sentido religioso, que no debe invadir el espacio político. Las costumbres son fluidas y si cristalizan en normas morales inflexibles entonces amenazan a las libertades.

—¿Qué tan alejados estamos los mexicanos de un umbral óptimo de libertades sociales?

—Las libertades son fundamentalmente individuales. A nivel social existen derechos, que se definen a veces con base en decisiones libres que buscan diversos objetivos, como la equidad, la igualdad y, desde luego, el derecho a la libre expresión. Los individuos se agrupan más o menos libremente para ejercer su libre albedrío pero también para restringirlo. Lo que suele ser colectivo es el hecho de restringir la libertad ya que la ejerce por ejemplo un Estado que determina prohibiciones. Un Estado democrático implica necesariamente que exista un amplio espacio de libertades individuales. En México comenzamos apenas a transitar hacia la democracia a finales del siglo pasado. Nuestra democracia no está plenamente consolidada y asentada en una cultura cívica avanzada. Constantemente surgen amenazas, como por ejemplo la decisión política, anunciada por el futuro presidente de aprobar una “Constitución moral”. Insisto: la moral se encamina a restringir o encauzar las libertades individuales. Una Constitución moral, paralela a la Constitución legal, será una amenaza a las libertades basadas en un Estado laico.

 

Roger Bartra nació en la Ciudad de México en 1942. Se formó como etnólogo en México y se doctoró como sociólogo en la Sorbona de París. Es integrante del Instituto de Investigaciones Sociales en la UNAM desde 1971 y desde 2004 es investigador emérito. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Universidad Nacional (1996); el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez (2009); el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía (2013); el doctor Honoris Causa por la UNAM (2015), el Premio Internacional Eulalio Ferrer (2016). Entre sus libros destacan Breve diccionario de sociología marxista, Las redes imaginarias del poder, La democracia ausente, La jaula de la melancolía, El salvaje en el espejo, Cerebro y libertad, Digitalizados y apantallados.