Foto: Especial
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01 abril, 2020
Redacción
Todo menos politica

TOMÁS MEJÍA Y BENITO

La mujer tuvo que poner a su marido en la sala de su casa porque no tenía dinero para el entierro.

Por Sergio Pérezgrovas

Nobleza obliga.

Expresión popular francesa


El 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, fueron fusilados Maximiliano y los militares conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía. Este último un indio otomí tachado de traidor y quien sufriera en vida una pobreza extrema. Lo que le pasó en muerte fue peor (aunque, a decir verdad, no sintió nada).

Fue el general más pobre de la historia y llegó a ese grado por azares del destino. Cuando joven sabía montar a caballo, así que unos milicianos le ofrecieron el grado de alférez y lo mandaron a Chihuahua a combatir contra los apaches. Ya dentro de la milicia participó en la defensa de México durante la invasión gringa y en la guerra de Reforma (del lado conservador, por supuesto).

Específicamente en la guerra de Tacubaya venció a Santos Degollado y por eso fue ascendido a general. Apoyó a Maximiliano no porque pensara en la monarquía sino por su apego a la religión católica.

Cuando fueron fusilados los cuerpos los embalsamó un doctor que le cortó mechones al pobre de Maximiliano. Lo hizo tan mal que tuvieron que ponerlo boca abajo durante días para que sacara todos los líquidos porque empezó a oler mal.

El cuerpo de Tomás Mejía fue enviado a su viuda, Agustina Castro, pero eran tan pobres que la mujer tuvo que poner a su marido en la sala de su casa porque no tenía dinero para el entierro. Varios meses estuvo el pobre Tomás sentado en una silla con su riguroso traje negro y la mano derecha sobre el corazón. Había un sombrero colocado enfrente para solicitar ayuda económica para poder llevar a cabo la inhumación.

Después de tres o cuatro meses un alma caritativa obsequió a la viuda el sepelio en el panteón de San Fernando, que cerró sus puertas en 1872.

La tumba de Tomás, que todavía permanece en el panteón, está muy cerca del monumento funerario de Benito Juárez (su acérrimo enemigo), quien muriera unos cuatro años después y fuera el último enterrado ahí antes de que lo cerraran.

Las voces de aquella época aseguran que fue el propio Juárez, al enterarse de la precaria situación económica de doña Agustina, quien pagó el entierro de Mejía.

El testamento del general Tomás Mejía decía: “Le dejo a mi hermano la casa de adobe y las 18 vacas que tengo en Ticomán”.

El panteón de San Fernando se puede visitar hasta la fecha, en el primer cuadro de la ciudad.

En el panteón

Encontraron el cuerpo recién sepultado porque empezaron a salir los famosos fuegos fatuos de color verde. El panteón de San Fernando cerró sus puertas hace 148 años, pero se puede visitar debido a los personajes que ahí descansan. Una vez más llamaron a Tris para esclarecer la muerte: una mujer de unos 30 años fue enterrada viva junto a la tumba de Ignacio Zaragoza. El encargado pensó que eran fantasmas y llamó a las autoridades. Estas, que nunca sabían qué hacer, buscaron a Tris. Y él, que sabía de los fuegos, les dio la explicación y llamaron a un científico que confirmó lo que decía Tris. La mujer estuvo sepultada siete días. Tendría que investigar.