Foto: Especial
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10 diciembre, 2019
Redacción
Todo menos politica

EL PADRE PRO

Primeros inmolados del movimiento cristero a manos del general Calles.

Por Sergio Pérezgrovas

Viva Cristo rey.

Miguel Agustín Pro


Miguel Agustín Pro nació en Zacatecas (1891-1927). Se formó jesuita en Granada, España, e ingresó a la compañía de Jesús en 1911. Después de 14 rigurosos años se ordenó en agosto de 1925, pero una enfermedad que lo aquejaba lo hizo regresar a la capital mexicana el 6 de julio de 1926. A finales de ese mismo mes entró en vigor la ominosa Ley Calles, que no era otra cosa que la persecución religiosa.

Se dice que el padre Pro ocupaba su tiempo visitando a enfermos y dando misa. Se rumora que la esposa del general Calles, Natalia Chacón (1879-1927), era una fiel devota y el padre llegó a oficiar misa en el sótano de su casa. Sin sustento histórico, pero es muy probable que sea cierto.

Todo comenzó el domingo 13 de noviembre. El general Álvaro Obregón sufrió un atentado perpetrado por Luis Segura Vilches, miembro de la “liga defensora de la libertad religiosa”, con dos bombas caseras que él mismo fabricó, sin tener resultado.  El atentado se perpetró desde un coche Essex, propiedad a nombre de Daniel García, pero en realidad de Roberto Pro, hermano del curita.

Inmediatamente fueron arrestados los hermanos Humberto, Roberto y Agustín. Y aunque los jesuitas aseguraban que no tenían nada que ver, puesto que acababan de vender el auto, lo cierto es que resulta muy misterioso y, conociendo el ADN (por cierto muy rijoso) de la gente de la Compañía de Jesús, seguro estaban involucrados.

Como sea, ya sabemos que mataron a Humberto y Agustín, siendo los primeros inmolados del movimiento cristero a manos del general Calles.

Ahora bien, lo curioso del caso es que un día antes de la ejecución Agustín Lara fue detenido y apresado por andar de pedo (él asegura que en misa) con unos cuates y fue a parar a la misma cárcel que los hermanos Pro. Muchos años después el mismo Flaco de oro escribió una carta donde menciona la anécdota y se refiere al propio mártir quien, antes de morir el 23 de noviembre, les compartió comida, ya que el borracho del compositor tenía hambre. Oyó cómo subía las escaleras, cómo gritó “Viva Cristo rey” y luego los disparos.

Nota: si están interesados en la carta mándenme un correo o un tuit y se las envío.

El cura pedófilo

Tris, sin ser católico, profesaba su propia religión, que era la de no hacer el mal a nadie que no lo mereciera. En su colonia se rumoraba que había un párroco que gustaba de meterle mano a los niños. No había pruebas suficientes pero Tris sabía que era cierto. Un buen día encontró a un pequeño llorando en las escaleras de su edificio. Preguntó qué ocurría y el chamaco no contestaba, pero traía la parte de atrás del pantaloncillo corto ensangrentada. Lo llevó con su vecina  y le dijo:

—Nada más mueve la cabeza para afirmar, no tienes que decir nada: ¿fue el pinche cura quien te hizo esto?

El niño asintió. Tris, quien tenía un par de chichifos que le servían a menudo de informantes, los encontró en la calle de Donceles, les soltó cinco mil pesos y les dijo: —Compren una botella de ron Potosí verde, que es más ancha de lo normal, y por favor métansela a ese depravado. Si lo hacen habrá otros diez benitos para ustedes.

—¿Pero antes nos lo podemos coger? —preguntó uno de ellos.

—Entonces habrá otros diez para cada uno.

El presbítero llegó al hospital bien borracho, con una botella metida por el recto y un letrero hecho con navaja en la frente que decía “Me cojo a los niños”. Esta vez tampoco hubo papeleo.