Miércoles 18 de septiembre de 2019
Mundo

CRUZADA CIUDADANA PARA DERROTAR EL NEGACIONISMO CLIMÁTICO

Foto: Especial
2019-05-29 12:47:06 por Redacción
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Hace unos días un informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) puso el dedo en la llaga y alertó de una posible nueva extinción de especies.

Se han concatenado una serie de eventos negativos que se alzan como nubes negras sobre el devenir de los seres vivos que conforman parte de una cadena perfecta como lo son los ecosistemas, en los que el ser humano participa muchas veces en la punta de la pirámide.

Respecto de la problemática actual derivada de la contaminación del aire, la combinación y la acumulación de partículas nocivas que lo hacen irrespirable, los respectivos gobiernos locales acuden a limitar la circulación de automóviles, así como la emisión de gases contaminantes por parte de la industria.

En China cada año 50 ciudades enfrentan diversas alarmas por contingencia ambiental. Es la nación más poblada del planeta —mil 386 millones de habitantes— y precisamente la economía —junto con India— más demandante de carbón.

En los mayores picos de polución las partículas más nocivas llegan a superar las 600 micras PM2.5 por metro cúbico en Beijing, consideradas las más dañinas ya que llegan a penetrar en los pulmones de quien lo respira.

A nueve mil 217 kilómetros de distancia, aquí en Madrid, la contaminación del aire es un quebradero de cabeza para la alcaldesa Manuela Carmena. La gente se queja de una inusitada carraspera en la garganta, al tiempo que la boina gris del cielo madrileño es una constante entre los habitantes de la capital.

El ayuntamiento ha echado mano de la experiencia en otros países limitando la circulación, reduciendo la velocidad de los automóviles y, hace unos meses, cerró un amplio perímetro del centro limitándolo a ciertos vehículos.

Pero la contaminación no amaina: la propia Unión Europea (UE) advierte del riesgo de sostener dichos niveles en España, aquejada sobre todo por la mezcla de tres contaminantes: “El dióxido de nitrógeno (NO2), generado por los vehículos y que afecta a grandes núcleos urbanos; las partículas (PM10), compuestas de polvo, ceniza, hollín y sustancias similares, producidas también por el tráfico además de por las calefacciones, la industria y la construcción, y el ozono (O3), un contaminante muy particular: se forma a partir de otros cuando hace buen tiempo y se desplaza largas distancias”.

En particular en el NO2la UE delimita como recomendación que no supere “los 40 microgramos por metro cúbico de media anual”. No obstante en Madrid se han llegado a registrar hasta 62 microgramos por metro cúbico promedio anual.

Y del otro lado del Atlántico hace algunos días, en la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno, declaró una emergencia “extraordinaria” por los incendios con la consecuente presión en los niveles de partículas contaminantes.

Sobrevivir

Hay una recurrente crisis ambiental en las ciudades y en las grandes urbes; pocas son las que a la fecha salen indemnes de las medidas para limitar la circulación debido a las concentraciones de partículas nocivas del día.

A la situación del esmog como expresión del signo de los tiempos se unen otros eslabones formando una larga cadena de alteraciones ecológicas: ríos, aguas, mares y océanos contaminados, con determinadas especies marítimas en depredación y desgaste; la biodiversidad en riesgo por la desaparición de especies vegetales y animales necesarias para el equilibrio de los ecosistemas.

La lucha no solo está en el aire contaminado que se respira: también en la presión sobre las especies. Y allí la supervivencia es intestina, porque los agentes agresores son variopintos: no es únicamente producto del incremento de la temperatura  ambiental sino que incide también la significativa acumulación de plásticos en lagos, ríos, mares, océanos y mantos acuíferos; la basura forma verdaderas islas flotantes; persiste el desgaste en las tierras de cultivo, mientras avanza la desertificación…

Al final prevalecerá el más fuerte en un momento de adversidad. Ya lo aventuraba en el siglo XIX el naturalista inglés Charles Darwin con su concepción acerca de la evolución de las especies marcada por un proceso de selección natural.

En su libro El origen de las especies el investigador dejó muy claro que en el devenir biológico de los seres vivos existe una especie de lucha por la supervivencia: “Los individuos menos adaptados al medio ambiente tienen menos probabilidades de reproducirse; los individuos más aptos tienen más posibilidades de sobrevivir y más posibilidades de reproducirse y dejar sus rasgos hereditarios a las generaciones futuras, lo que produce el proceso de selección natural”.

Lucha de intereses

Hace más de siglo y medio los investigadores hablaban de la resistencia y la capacidad de adaptación en los seres vivos para acondicionarse ante los cambios, subsistir y fortalecerse; rumbo a 2020 el argot científico habla de resiliencia.

El ciudadano de a pie es la esperanza: cada día gana mayor conciencia y responsabilidad para modificar sus hábitos de consumo a fin de mitigar el cambio climático y salvar a las especies amenazadas.

Aunque a contracorriente permanezcan posturas equidistantes como la de Donald Trump, presidente de EU, convertido en crítico de la teoría del cambio climático.

Una de las piedras angulares del Acuerdo de París establece medidas para descarbonizar el planeta. Para la Casa Blanca su nueva posición es la de no limitar el uso del carbón y hacerse a un lado del pacto.

En voz del científico Unai Pascual lo que hay en personajes como Trump y otros como él es un fuerte “interés económico” al que defienden a toda costa y por ende “prefieren taparse los ojos para que las cosas no cambien”.

Pascual, quien dirige un grupo de 150 expertos internacionales que forman parte de la IPBES, expresa su esperanza por que al final de cuentas el negacionismo termine derrotado.

“Creo que personas como Trump, que están empezando a abundar también en otras latitudes del planeta, sí saben que el cambio climático existe y se acelera; y nosotros, los humanos, somos responsables de esta situación. Pero ellos tienen unos intereses económicos muy importantes”, reafirma.

Esencialmente, añade Pascual en exclusiva para Vértigo, porque es imprescindible una transformación del modelo económico imperante “y eso no les interesa”; de allí la intención de retrasar cualquier atisbo del comienzo de esa transición.

Hace unos días la IPBES difundió un amplísimo documento de miles de hojas, recabado por más de un centenar de científicos en diversas partes del mundo —en dicho grupo participa México de manera activa. El resultado de años de observación y análisis de la realidad ha llevado a una serie de concordancias que puntualizan un declive de la naturaleza “sin precedente”, por lo que lanzan un llamado urgente a proteger la biodiversidad.

Todavía se está a tiempo, subraya Pascual, alentado porque el negacionismo terminará derrotado por redes ciudadanas globales cada vez más conscientes de que el poder de salvar al planeta está en sus propias manos.

“Todos aquellos sectores que saben que necesitamos una transformación en la manera de consumir, de producir, de comerciar, todos esos sectores saben que debemos cambiar a mejor; hay que trabajar juntos, en red, desde los estudiantes que salen a las calles a manifestarse sobre su futuro hasta todos esos otros sectores que tienen algo que aportar”, recalca.

El trabajo en redes, abunda el investigador del Basque Centre for Climate Change (BC3), permitirá crear instrumentos para que esa red robusta, abierta y transparente al final abarque a todos los sectores socioeconómicos del planeta. La intención es que “nadie quede fuera de la red” y los que se queden fuera “no estén bien vistos”.

Se espera que sea una estrategia que en un futuro inmediato termine derrotando al negacionismo que, puntualiza Pascual, aun cuando sea muy marginal a escala mundial, sigue estando asociado a sectores y lobbies a los que no interesa un cambio en el marco socioeconómico, tanto a nivel geoestratégico como local; primordialmente por intereses en el control de los recursos naturales.

Es notoria cierta resistencia de determinados grupos de poder. Muy a pesar de los informes concluyentes del deterioro en toda la biodiversidad, la IPBES aportó la siguiente evidencia: “Casi 75% de la superficie terrestre sufre alteraciones considerables; se ha perdido más de 85% de la superficie de humedales y 66% de la superficie oceánica experimenta efectos acumulativos. Alrededor de 25% de las especies de animales y plantas evaluadas están amenazadas, junto con más de 40% de los anfibios, casi 33% de los corales de arrecife y más de un tercio de los mamíferos marinos, entre otros resultados”.

Asimismo “más de 9% de las razas domesticadas de mamíferos se extinguieron hacia 2016 y al menos otras mil razas se encuentran en riesgo”.

Problema complejo

El amplísimo documento de la IPBES (una parte coordinado por Pascual) servirá de marco-base para la elaboración de los acuerdos en pro de proteger a la biodiversidad en la próxima reunión de la Conferencia de las Partes del Convenio para la Diversidad Biológica que tendrá lugar en la ciudad china de Kunming en 2020.

Lo que resta ahora es presionar, presionar y presionar por todos los frentes en aras de construir más acciones para mitigar los efectos nocivos del cambio climático y evitar una mayor degradación de los hábitats y de las especies vegetales y animales.

—Los científicos defienden la necesidad de ir hacia un nuevo paradigma. ¿Cuál es su postura al respecto?

—Ciertamente el nuevo paradigma es básicamente un nuevo modelo social, político,  que ponga el bienestar de la humanidad en el centro. Y para eso requiere políticas audaces para la conservación de la naturaleza y contrarrestar la emergencia climática. Cada vez tenemos menos tiempo y ese paradigma pasa por transformar el tipo de valores dominantes en la sociedad. Eso lleva tiempo pero existen políticas públicas que pueden provocar pequeños cambios que a nivel agregado del planeta serán importantes.

—¿Logrará hacerse compatible el capitalismo con la necesidad de preservar los ecosistemas y la biodiversidad?

—Desde mi punto de vista el capitalismo tiene diferentes caras y se puede analizar desde diversos ángulos. Hoy el capital que se acumula de manera masiva no es el capital productivo sino el capital financiero, que nos ha dejado burbujas que han explotado y creado crisis a escala mundial… Ese tipo de capitalismo es muy resiliente, sabe muy bien cómo adaptarse a las nuevas circunstancias; sabe lo que tiene que cambiar para preservar el fondo y los intereses, para seguir beneficiando a unos pocos. Eso sí: socializa todos los costos y las pérdidas.

Hay una necesidad de girar la tuerca hacia otro sentido para vivir en armonía con la naturaleza. Buena parte del sentido del análisis de la IPBES destaca el papel relevante de los diversos pueblos indígenas, de su sabiduría, conservada para interrelacionarse con la naturaleza a pesar de la modernidad tecnológica.

La naturaleza, afirma Pascual, es “nuestro gran tesoro” y en muchos aspectos a nivel cultural “estamos distanciándonos de la naturaleza”, así como a nivel físico, porque cada vez la gente vive más en las ciudades; y eso hace que el conocimiento y la sabiduría estén más alejados del contacto con la naturaleza.

“Hay un distanciamiento cognitivo asociado a una era tecnológica donde la información viaja por todo el mundo a una velocidad vertiginosa. Es increíble que nos genere una fricción con la naturaleza: ya no conocemos cómo nos relacionamos con la naturaleza, cómo dependemos de ella. Y por otro lado cualquier problema que tengamos, inclusive a nivel planetario, se resolverá con la tecnología”, comenta.

—¿Todavía tenemos salvación como especie dentro de un ecosistema cuyo equilibrio perfecto ya está fracturado?

—El pánico no nos lleva a buen puerto. Es más, el pánico puede paralizar a las personas. Este tipo de noticias catastrofistas más que ayudar lo que hacen es paralizar. En nuestro último informe yo diría que 99% de los medios de comunicación se fijó únicamente en el titular del millón de especies que podrían desaparecer en las próximas décadas, pero no hizo eco de otras muy importantes conclusiones del informe y que están asociadas con las opciones que tenemos todavía.

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