Lunes 18 de noviembre de 2019
Conocimiento

MITOLOGÍA MODERNA

Foto: Especial
2019-10-22 10:09:49 por Redacción
Foto: Especial

Por Sergio Perézgrovas.

Todo fluye, nada permanece. Heráclito de Éfeso

Cuando Vere Gordon Childe (1892-1957) publicó, en 1925, Los orígenes de la civilización no se imaginó que hoy, a casi 100 años de elaborada su tesis, seguiría vigente. En términos llanos decía que el hombre cuando finalmente pudo satisfacer sus necesidades primarias como comer, resguardarse del frío y de los animales buscó en el cielo e inventó a los dioses.

A lo largo de la historia hemos estado llenos de mitología que contempla dioses y semidioses. Basta recordar a los griegos o a los romanos. Los mismos cristianos y católicos tienen en Jesús a un semidiós que después de morir se convierte en Dios. Si existen o no, en este artículo no es importante: lo que es verdaderamente cierto es que hoy tenemos una nueva mitología llena de estos seres superdotados.

Superman fue creado en 1938 por Jerry Siegel y con ilustraciones de Joe Shuster para enaltecer los valores “norteamericanos”. Batman apareció en mayo de 1939 a manos del escritor Bill Finger y el artista Bob Kane. En 1962, creado por Stan Lee y Steve Ditko, nace Spiderman. Después le sigue Iron Man en 1963. Y aunque Stan Lee quería explorar los temas de la Guerra Fría en un principio con Iron Man, sobre todo de tecnología y la industria en contra del comunismo, eso quedó en el pasado.

No me podrán decir que estos nuevos personajes mercadológicamente inventados no corresponden a algo superior que Gordon Childe retrata en su libro. Son, sin duda, estos héroes y otros con poderes extraordinarios aquello que de niños anhelábamos y de grandes disfrutamos.

En Estados Unidos ya hay hoy una religión con base en la impertérrita saga de películas de la Guerra de las Galaxias que lleva por nombre Jediismo, inspirada en religiones como el budismo, el taoísmo, el sintoísmo y algunas creencia de orden céltico. Solo en el Reino Unido cuenta con 190 mil fieles. Absurdo, ¿no?

Nosotros, aquí en México, no escapamos del fanatismo: basta observar cómo son tratados los jugadores de futbol (que nunca llegan al quinto partido en el Mundial) o los luchadores, quienes son seres humanos que sufren y viven intensamente. Tendríamos que hacer una nueva religión encabezada por El Manotas (Blue Demon) y El Santo. ¿No creen?

Un héroe

 

El detective era fanático de las luchas, no porque asistiera a verlas sino básicamente por la iconografía y lo que representaban: el bien y el mal, los técnicos y los rudos, la dualidad de lo contemporáneo, aunado a que tenían una doble personalidad (sobre todo los enmascarados). Él veía la representación más allá del cuadrilátero: eran sus héroes de carne y hueso. El que más le gustaba era el mejor de todos: El Manotas o Blue Demon.

Su papá le platicó que en una lucha El Santo despojó a la mala de su máscara a Black Shadow. La leyenda azul, continuaba el relato, vengó a su amigo venciendo en tres diferentes ocasiones al Enmascarado de plata. Su padre, sin querer, estaba enseñándole los valores de honestidad y compromiso, aunque fuera un asesino. Solo mataba a aquellos que se lo merecían y nunca se equivocaba.

El cura de su colonia, el padre Zatarain, aconsejó que siguiera sus instintos, y como el Demonio Azul —que en el nombre llevaba la contradicción (un demonio que hace el bien)— mataba no por necesidad sino por obligación. Como cuando entró en el mercado de San Juan y en el puesto de piñatas dos mujeres peleaban con sus respectivos maridos. Uno, pistola en mano, apuntaba a una de las mujeres mientras la otra era sometida por el otro cónyuge. Jaló el percutor y cuando iba a disparar Tris sacó su Glock y accionó su arma a quemarropa. Justo en la sien derecha, salpicando con los sesos y la sangre una piñata de El Santo. En el puesto de junto vendían pasteles de frambuesa con la misma consistencia de la masa encefálica.

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