Mientras el mundo observa la destrucción de ciudades, otros daños avanzan en silencio: ecosistemas arrasados, contaminación y emisiones que podrían influir en el cambio climático.
Las guerras suelen narrarse a través de sus imágenes más visibles: ciudades destruidas, poblaciones desplazadas y miles de vidas perdidas. Sin embargo, detrás de cada conflicto existe otra dimensión menos evidente pero con un impacto profundo: el costo ambiental.
En distintos puntos del planeta los enfrentamientos armados no solo transforman la vida de las sociedades que los padecen sino que además alteran ecosistemas, degradan especies, agotan recursos naturales e incluso dejan daños que pueden tardar décadas en revertirse. Aun así, este impacto rara vez ocupa un lugar central en la conversación pública.
Para María Cristina Rosas, académica e investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, el escenario internacional actual muestra una acumulación de tensiones que se van conectando entre sí. “Lo que estamos viendo es una concatenación de conflictos de diversa naturaleza que crean un corredor de creciente inestabilidad regional; nos encaminamos a una guerra global”, explica en entrevista.
En este contexto, advierte, el aumento de los conflictos también implica un cambio en las prioridades globales. “Es un mundo más bélico, con menos recursos para el desarrollo”, señala. Mientras la atención internacional se concentra en las consecuencias políticas y humanitarias de las guerras, los efectos que estos conflictos dejan sobre el medio ambiente suelen quedar fuera del debate, pese a que sus consecuencias pueden perdurar mucho después de que terminan los combates.
Huella ambiental
En los últimos años diversas investigaciones han comenzado a documentar con mayor precisión la dimensión ecológica de las guerras contemporáneas: desde la destrucción de ecosistemas hasta la liberación de contaminantes y Gases de Efecto Invernadero (GEI).
“Normalmente en los titulares se habla de la devastación en ciudades o de la lamentable pérdida de vidas humanas, pero queda de lado el daño ambiental. Muchos de los efectos se vinculan principalmente con la pérdida de cultivos arbóreos o de espacios forestales o selváticos que dan soporte ambiental a muchas comunidades”, señala en entrevista Mariajulia Martínez Acosta, académica y gerente en Vinculación en Desarrollo Sostenible del Tecnológico de Monterrey.
Indica que parte del problema radica en que el debate público suele concentrarse en las consecuencias más visibles de los conflictos.
La evidencia científica respalda esta preocupación. En 2023 investigadores de la Lviv Polytechnic National University (Ucrania) publicaron en la revista Science of the Total Environment el estudio Environmental and Climate Costs of the War in Ukraine, donde estimaron que el conflicto ha generado más de 120 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. El informe advierte que las operaciones militares, los incendios forestales provocados por bombardeos y la destrucción de infraestructura industrial generan impactos climáticos que van mucho más allá de las zonas donde se desarrollan los combates.
A esto se suma el daño directo a los ecosistemas. Un análisis publicado en 2022 por la University of Illinois Chicago, titulado Environmental Impact of the War in Ukraine, documenta cómo los enfrentamientos afectan áreas naturales protegidas, suelos agrícolas y cuerpos de agua. De acuerdo con el estudio casi un tercio de las zonas naturales protegidas de Ucrania ha sufrido algún tipo de daño, ya sea por incendios, contaminación o la presencia de minas y explosivos.
Además del impacto inmediato las guerras dejan lo que los especialistas denominan pasivos ambientales: contaminantes, residuos tóxicos o estructuras destruidas que permanecen en el territorio durante años o incluso décadas. “En muchas guerras se utilizan compuestos químicos que dejan un pasivo ambiental realmente relevante y tiene efectos totalmente perjudiciales para el medio ambiente y para la vida humana y no humana”, advierte Martínez Acosta.
Cuando los ecosistemas se degradan, las consecuencias también se reflejan en la vida de las comunidades. La pérdida de cultivos, agua o tierras productivas puede obligar a las personas a abandonar sus territorios. “Si en una ciudad ya no tienes acceso al agua, a los alimentos o a tierras limpias, mucha gente se ve obligada a migrar por este tipo de situaciones”, explica la especialista.
A pesar de la creciente evidencia científica, el impacto ambiental de las guerras sigue siendo un tema poco visible en el debate internacional. Para la académica, esto responde en parte a una visión centrada exclusivamente en los efectos humanos del conflicto. “Tenemos una perspectiva muy antropocéntrica; nos enfocamos en lo que les pasa a las personas o a la economía, pero dejamos de lado lo que ocurre con los ecosistemas y con las especies”, señala.
¿Quién paga?
A diferencia de la destrucción de infraestructura o las pérdidas económicas, el deterioro ambiental provocado por los conflictos armados rara vez se contabiliza o se incluye en procesos de reparación.
Existen, sin embargo, herramientas para dimensionarlo. Desde la economía ambiental se han desarrollado metodologías que permiten estimar el valor de los recursos naturales perdidos —bosques, suelos agrícolas o fuentes de agua—, así como los servicios ecosistémicos que estos territorios aportan a las comunidades.
“Se puede contabilizar el impacto tangible de los recursos, pero también cómo la pérdida de un ecosistema afecta la calidad del aire, la disponibilidad de agua o incluso la relación que tienen las personas con su entorno”, explica la especialista del Tec de Monterrey.
En el caso de Ucrania la destrucción de bosques y áreas naturales implica también una pérdida del llamado capital natural, indicador que mide el valor de los recursos ecológicos de un territorio.
Aun así, la responsabilidad internacional sobre estos daños sigue siendo difusa. Mientras el gasto militar crece, los recursos destinados a la protección ambiental y la cooperación internacional han perdido impulso. “Hoy mucha de la cooperación que estaba destinada a cuidar los recursos naturales también ha perdido fuerza porque los presupuestos se orientan hacia las guerras”, advierte.
Para la académica el primer paso es visibilizar el problema. Iniciativas como el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados, promovido por las Naciones Unidas cada 6 de noviembre, buscan colocar el tema en la agenda global.
Sin embargo, el debate aún es incipiente. La especialista considera que el impacto ambiental de los conflictos también debería discutirse en foros internacionales dedicados al cambio climático, como las Conferencias de las Partes (COP). “Sería importante llevar este tema a espacios como las COP para discutir cómo se harán las reparaciones ambientales y quién debe asumir esa responsabilidad”, concluye.

