La justa deportiva global enfrenta cuestionamientos por sus emisiones, residuos y el reto de celebrarse en plena crisis climática
La Copa Mundial de la FIFA 2026TM está llamada a hacer historia. Por primera vez, el torneo reúne a 48 selecciones, se disputarán 104 partidos y las sedes se repartirán entre México, Estados Unidos y Canadá. Pero mientras millones de aficionados celebran el espectáculo deportivo más grande del planeta, científicos y organizaciones ambientales advierten que el evento podría dejar una huella climática sin precedentes.
La expansión del torneo no solo significa más fútbol: también implica más vuelos, mayor consumo de energía y agua, así como toneladas adicionales de residuos. Algunas estimaciones calculan que el campeonato podría generar cerca de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO₂e), más del doble de las emisiones atribuidas a Qatar 2022. En plena crisis climática, la pregunta ya no es solo quién levantará la copa, sino cuánto le costará al planeta organizarla.
Un torneo en el aire
Nunca un torneo había obligado a recorrer distancias tan grandes. Mientras que en Qatar 2022 las sedes se concentraron en un territorio relativamente compacto, la edición de 2026 se extiende a lo largo de Norteamérica: de Vancouver a Ciudad de México hay cerca de cuatro mil kilómetros, una distancia similar a la que separa Madrid de Moscú. En un continente donde el transporte ferroviario es limitado, el avión se perfila como el gran protagonista fuera de las canchas.
Esa dependencia del transporte aéreo es precisamente el principal foco de preocupación para científicos y organizaciones ambientales. Las proyecciones sobre el impacto climático del torneo han encendido las alertas entre especialistas. El informe FIFA's Climate Blind Spot, publicado por el New Weather Institute, estima que el campeonato 2026 podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO₂e), una cifra que supera ampliamente las emisiones atribuidas a Qatar 2022. Para Francisco Estrada Porrúa, coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático (PINCC) de la UNAM, gran parte de esa huella se explica por el transporte aéreo que requerirá un torneo distribuido en tres países.
“Como 7.7 millones de toneladas de CO₂ equivalente vienen precisamente de todo el transporte aéreo que se va a requerir”, explica a Vértigo.
Advierte que el diseño mismo del torneo incrementa su huella ambiental, pues Norteamérica carece de una red amplia de trenes de alta velocidad que permita reducir la dependencia de los vuelos.
La magnitud del desafío también está relacionada con el flujo de personas. Aline Nolasco, oficial senior de Acción Climática en WWF México, señala en entrevista que se prevé la movilización de alrededor de cinco millones de aficionados, muchos de los cuales no solo viajarán desde otros continentes, sino que además deberán trasladarse entre sedes separadas por miles de kilómetros.“Son tres países y 16 ciudades; los fanáticos se van a tener que estar moviendo constantemente y van a tener que estar volando porque no son trenes, no son vías terrestres”, indica.
Pero el transporte no es el único reto. El torneo se celebrará en un contexto climático sin precedentes. De acuerdo con Estrada, el planeta ya alcanzó temporalmente el umbral de 1.5 grados Celsius de calentamiento respecto a la era preindustrial, mientras que México ya se ha calentado 1.9 grados, por encima del promedio global. Este escenario agrava fenómenos como las olas de calor, la escasez de agua y la contaminación atmosférica en las grandes ciudades.
“Ya no vivimos en el mismo planeta de hace décadas; las condiciones climáticas se transformaron y eso debería formar parte de cualquier decisión de gran escala”, advierte el especialista.
Los efectos ya son visibles en algunas sedes del torneo. Estrada expone que ciudades como Houston, Dallas y Monterrey se acercan a umbrales térmicos de riesgo para la salud de jugadores y aficionados. “Hay límites médicos que, si se alcanzan, el juego se tendría que suspender por cuestiones de seguridad”, señala.
La paradoja es inevitable: el torneo que busca unir al mundo a través del fútbol se jugará en un planeta cada vez más cálido, donde las emisiones generadas en unas cuantas semanas podrían permanecer en la atmósfera durante décadas.
La huella invisible
La fiesta del fútbol no solo se mide en goles y afición. Cuando termina cada partido, otra cuenta comienza: la de los residuos que dejan millones de personas reunidas en estadios, Fan Fest y espacios públicos. Vasos desechables, envolturas, envases de alimentos y restos de comida forman parte de una huella menos visible, pero igualmente significativa.
En México, el desafío no es menor. La Ciudad de México espera recibir alrededor de 2.6 millones de visitantes durante el Mundial, mientras que a nivel nacional se proyecta la llegada de 5.5 millones de turistas internacionales. Para Aline Nolasco, oficial senior de Acción Climática en WWF México, el impacto de esta movilización masiva se reflejará directamente en la generación de residuos. “Se estima que cada partido puede generar hasta 15 toneladas de residuos”, explica.
El problema va más allá del volumen. De acuerdo con Nolasco, cerca del 40% de los desechos generados en eventos masivos corresponde a desperdicio de alimentos, mientras que los plásticos de un solo uso continúan siendo uno de los principales retos ambientales. “Cada mexicano consumimos otro mexicano en plástico”, ejemplifica la especialista al explicar que el consumo anual per cápita ronda los 66 kilogramos de este material.
Para Greenpeace México, las medidas anunciadas hasta ahora resultan insuficientes. Ornela Garelli, directora de campañas de la organización, indica en entrevista que muchas de las acciones implementadas se concentran en el manejo de residuos una vez generados, en lugar de reducirlos desde el origen. “Todas las medidas que se están tomando son post-consumo y se podrían considerar como greenwashing, porque para realmente reducir el impacto ambiental de la generación de residuos se tiene que reducir la generación de residuos”, afirma.
La activista también cuestiona el uso extendido de desechables dentro y fuera de los estadios y plantea alternativas como el ingreso de termos reutilizables y sistemas de rellenado de agua. A su juicio, reciclar no basta si el modelo de consumo permanece intacto.
El reto tampoco es exclusivo de gobiernos y organizadores. Nolasco subraya que la participación ciudadana será clave para evitar que la basura termine en calles, drenajes o rellenos sanitarios. “No nos cuesta ni 30 segundos de nuestra vida separar nuestros residuos”, sostiene.
Después del festejo y el silbatazo final, el verdadero marcador ambiental también se medirá por lo que queda fuera de la cancha.
¿Juego limpio?
La FIFA ha defendido que el Mundial de 2026 será más sostenible gracias al uso de estadios ya existentes, una medida que busca evitar el enorme impacto ambiental asociado a la construcción de nueva infraestructura. Sin embargo, especialistas y organizaciones ambientales consideran que estas acciones son insuficientes frente a la magnitud del torneo.
Para Ornela Garelli de Greenpeace México, reutilizar estadios no elimina por completo la huella del evento. “Aunque ya existan los estadios, se tuvieron que remodelar y además esto fue acompañado también de proyectos de infraestructura urbana”, explica. A ello se suman obras de movilidad y adecuaciones en las ciudades sede, cuyos beneficios, advierte, deberían trascender el Mundial y responder a necesidades permanentes de la población.
Las críticas también apuntan a los patrocinadores del torneo. Empresas vinculadas a la industria aérea y de combustibles fósiles figuran entre los patrocinadores comerciales de la justa deportiva, lo que ha despertado cuestionamientos sobre la congruencia entre los compromisos ambientales y las fuentes de financiamiento. Para algunos especialistas, esta estrategia se inscribe en prácticas conocidas como greenwashing o sportwashing, es decir, el uso del deporte para mejorar la imagen pública de industrias altamente contaminantes. “Las ganancias por lo general son privadas y los daños se distribuyen socialmente”, señala Estrada Porrúa.
En ese contexto, el Mundial 2026 plantea un debate que va más allá del fútbol: cómo organizar espectáculos globales en un planeta cada vez más afectado por el cambio climático. La respuesta no depende únicamente de gobiernos, empresas u organismos deportivos, sino también de sociedades dispuestas a cuestionar el costo ambiental de sus formas de entretenimiento.
El balón dejará de rodar cuando concluya el torneo, pero las emisiones generadas durante esas semanas permanecerán en la atmósfera durante décadas. Como resume Estrada: “Es un mes de festejo a cambio de unos impactos que nos van a seguir por décadas”. Quizá la verdadera pregunta no es cuánto costará el Mundial 2026, sino cuánto más está dispuesto a pagar el planeta por la fiesta del fútbol.

