Un recorrido por las historias, hallazgos y desafíos de los pioneros que ayudaron a entender la contaminación atmosférica en el país.
Mucho antes de que las contingencias ambientales formaran parte de la rutina en la Ciudad de México la contaminación del aire ya comenzaba a dejar señales visibles —y otras invisibles— sobre la salud de la población. Mientras el crecimiento urbano avanzaba y el parque vehicular aumentaba, especialistas mexicanos intentaban entender qué estaba ocurriendo en el aire de una de las ciudades más grandes del mundo.
El libro Lo que el aire nos dijo, de Ruth Wouters y Carlos Sánchez Rivas, recupera las experiencias de quienes participaron en los inicios del monitoreo ambiental en México.
Mediante testimonios y recuerdos, la obra muestra cómo la medición de contaminantes permitió entender la relación entre contaminación, salud y cambio climático, un desafío que continúa vigente.
En entrevista con Vértigo Sánchez Rivas recuerda que durante los primeros años del monitoreo ambiental en el país la preocupación se centraba únicamente en la contaminación atmosférica y sus efectos inmediatos. “Cuando yo empecé a trabajar en los temas de calidad del aire, el tema de cambio climático no se mencionaba en absoluto. Todo eran los programas de calidad del aire”, explica.
La falta de información era uno de los principales obstáculos. Sin registros confiables resultaba imposible conocer qué contaminantes afectaban más a la población o qué medidas debían implementarse.
Por ello, el desarrollo de las primeras redes de medición se convirtió en un parteaguas para las políticas ambientales del país. “Todos coincidimos en que si no hubiera datos sobre la calidad del aire no hubiéramos podido lograr establecer medidas, programas y normas”, señala Sánchez Rivas.
Con el tiempo los estudios comenzaron a revelar problemas más graves, incluyendo la presencia de plomo y su posible relación con afectaciones infantiles.
Sánchez recuerda campañas realizadas junto con investigadores y autoridades sanitarias para analizar partículas contaminantes en distintas ciudades del país. “Se empezaban a hacer las primeras correlaciones entre plomo y efectos en la salud”, comenta.
La obra también recupera anécdotas que muestran las dificultades de aquellos primeros estudios. Uno de los testimonios narra cómo personal médico llegó a Torreón utilizando trajes de protección para participar en monitoreos relacionados con exposición a plomo, provocando alarma entre la población. A pesar de las limitaciones técnicas y científicas de la época, esos trabajos permitieron construir las bases del monitoreo ambiental en México.
Para Ruth Wouters, detrás de las historias reunidas en el libro existía una motivación común: mejorar la salud pública. “Todos estaban convencidos de que había un cambio necesario. Había esta idea de hacer una sociedad más saludable”, afirma.
Medir la contaminación
Detrás de las primeras estaciones de monitoreo ambiental hubo generaciones de especialistas que trabajaron para entender cómo se movían y concentraban los contaminantes en las grandes ciudades del país.
Ingenieros, físicos, químicos y meteorólogos comenzaron a construir una red de conocimiento que décadas después sigue siendo la base de las alertas ambientales y de programas como el Hoy No Circula.
Para muchos de ellos la formación internacional fue decisiva. Sánchez Rivas explica que varios de los pioneros mexicanos tuvieron la oportunidad de capacitarse en otros países y traer nuevas herramientas al país. “Todos tuvimos la oportunidad de tener una formación en el extranjero, al menos una ocasión”.
Las entrevistas reunidas en el libro muestran además que el monitoreo ambiental nunca fue un trabajo aislado: la cooperación entre universidades, gobiernos y organismos internacionales permitió consolidar sistemas de medición y fortalecer investigaciones sobre contaminantes atmosféricos.
Sánchez destaca que figuras como el Nobel mexicano Mario Molina fueron clave para impulsar esa colaboración científica. “La cooperación internacional y trabajar en forma conjunta con expertos de otros países también es muy importante”, indica.
Sin embargo, los avances tecnológicos también enfrentaron obstáculos. Uno de los principales problemas era mantener funcionando los equipos de monitoreo y formar personal especializado capaz de interpretar la información generada. “El mantenimiento continuo de los sistemas de monitoreo es fundamental”, advierte Sánchez Rivas al recordar que algunos de los primeros equipos instalados en México comenzaron a deteriorarse por falta de refacciones y actualización.
Para Wouters, una de las reflexiones centrales del proyecto es que las nuevas generaciones comprendan el valor de la evidencia científica. “Esperamos que los estudiantes aprendan de las historias y las experiencias de la antigua generación”.
Los retos que siguen en el aire
Aunque la calidad del aire en México ha mostrado avances durante las últimas décadas, los especialistas coinciden en que el problema está lejos de resolverse. Hoy la contaminación atmosférica ya no puede analizarse de forma aislada: sus efectos están relacionados con el crecimiento urbano, la movilidad, los incendios, la industria y el cambio climático.
Uno de los principales cambios que identifican los autores es la evolución del propio debate ambiental. Lo que comenzó como una preocupación por contaminantes visibles terminó conectado con una crisis climática global. “Imagínate el cambio tan grande que se dio para poder ligar el problema de la calidad del aire al cambio climático”, recuerda Sánchez Rivas.
Los registros obtenidos durante décadas de monitoreo también permitieron entender con mayor precisión cómo se comportan contaminantes como el ozono y las partículas suspendidas en distintas zonas de la megalópolis. Esa información ha servido para activar contingencias ambientales, diseñar regulaciones y justificar medidas que muchas veces generan molestia entre la población.
“Algunas medidas pueden resultar incómodas, como el Hoy No Circula, pero son realmente necesarias”, señala Wouters.
Frente a los nuevos desafíos, los especialistas consideran que la tecnología jugará un papel cada vez más importante. El uso de sensores de bajo costo, Inteligencia Artificial (IA) y sistemas de alerta temprana aparece como una de las herramientas con mayor potencial para fortalecer el monitoreo ambiental.
Sánchez Rivas considera que las nuevas generaciones tendrán la responsabilidad de impulsar esta transformación. “Tienen que tomar esa bandera y dedicarse a hacer uso de las nuevas tecnologías para apoyar los programas actuales de calidad del aire”, finaliza.
Sin embargo, detrás de la innovación tecnológica persiste una idea que atraviesa todo el libro: sin información confiable no es posible proteger la salud pública. A cuatro décadas de los primeros sistemas de monitoreo en México, Lo que el aire nos dijo recupera la experiencia de quienes ayudaron a construir las bases de la política ambiental en el país. Hoy, en medio del cambio climático y el deterioro ambiental, sus testimonios recuerdan que entender lo que respiramos sigue siendo una tarea urgente.

