CDMX. 27 de mayo de 2026. El gastroenterólogo del Hospital Houston Methodist, el Dr. Eamonn Quigley, hace un llamado a replantear de forma profunda cómo las comunidades científica y médica —y también el público en general— entienden los probióticos, cada vez más populares para algunos problemas digestivos.
En un artículo reciente publicado en Annual Review of Medicine, el Dr. Quigley y el gastroenterólogo irlandés Dr. Fergus Shanahan escriben que, si bien el concepto de los probióticos sigue siendo “biológicamente plausible y, en algunos casos, bien sustentado a nivel mecanístico”, su aplicación clínica se ha visto afectada por “definiciones inconsistentes, diseños de estudio deficientes y afirmaciones que van más allá de la evidencia”.
“Es momento de separar la ciencia de los remedios sin sustento”, explica el Dr. Quigley, también jefe de Gastroenterología y director del Centro Lynda K. y David M. Underwood para Trastornos Digestivos del Hospital Houston Methodist. “El entusiasmo en torno a los suplementos probióticos con frecuencia ha superado la evidencia disponible. Es necesario volver a la precisión: en la terminología, en la identificación de cepas y en las pruebas clínicas”.
La revisión ofrece una de las evaluaciones más completas hasta la fecha sobre la base de evidencia que respalda el uso de probióticos —y también sobre sus limitaciones.
El problema del “lenguaje impreciso” Uno de los temas centrales de la revisión es la falta de precisión tanto en el lenguaje como en los conceptos. El término probiótico fue definido formalmente hace dos décadas por la Organización Mundial de la Salud como “microorganismos vivos que, cuando se administran en cantidades adecuadas, confieren un beneficio a la salud del huésped”. Sin embargo, como señala el Dr. Quigley, el término se utiliza con frecuencia de forma incorrecta para describir cualquier microbio beneficioso, bacterias muertas o incluso fragmentos microbianos.
“Referirse a todos los probióticos como si fueran intercambiables es tan poco útil como preguntar si las pastillas o las tabletas funcionan mejor”, explica el Dr. Quigley. “Cada cepa es única —y, a menos que la viabilidad del organismo, la dosis y su beneficio demostrado para la salud se comprueben en estudios rigurosos, no cumple con la definición de probiótico”.
De acuerdo con el artículo, menos de la mitad de los más de 1,000 ensayos clínicos registrados a nivel mundial reportan datos adecuados sobre la dosificación, y aún menos identifican correctamente la cepa microbiana que se evalúa. Esta falta de estandarización ha hecho que muchos metaanálisis resulten casi irrelevantes, ya que agrupan datos de cepas no relacionadas y de diseños de estudio distintos.
La línea regulatoria entre probióticos y medicamentos El Dr. Quigley también destaca nuevas distinciones regulatorias que podrían mejorar la claridad científica. Tanto en Estados Unidos como en Europa, los probióticos se clasifican actualmente como suplementos dietéticos o alimentos, mientras que los productos bioterapéuticos vivos (LBP, por sus siglas en inglés) —preparaciones microbianas destinadas a prevenir, tratar o curar enfermedades— se regulan como medicamentos. La diferencia no radica en la biología, sino en la intención.
“Un microbio puede ser idéntico a nivel genómico, pero si se utiliza para tratar una enfermedad, debe cumplir con los mismos estándares clínicos que cualquier fármaco”, afirma el Dr. Quigley. “Eso implica demostrar seguridad y eficacia en ensayos clínicos aleatorizados y controlados”.
Aun así, el Dr. Quigley advierte que el mercado sigue saturado de productos no regulados que hacen afirmaciones sin sustento. Tanto consumidores como profesionales de la salud, señala, deberían exigir transparencia en cuanto a la identificación de cepas, la evidencia clínica y la calidad de fabricación.
Cuándo funcionan —y cuándo no? La revisión reconoce áreas específicas en las que los suplementos probióticos muestran beneficios consistentes. El uso profiláctico en recién nacidos prematuros con riesgo de enterocolitis necrosante (NEC, por sus siglas en inglés) sigue siendo uno de los pocos casos con evidencia sólida, respaldada por reducciones en la mortalidad y la morbilidad en ensayos amplios y aleatorizados. Otras afecciones —como la diarrea asociada al uso de antibióticos, incluida la infección por Clostridioides difficile— presentan evidencia moderada, aunque la heterogeneidad de los estudios limita conclusiones definitivas.
En contraste, la evidencia sobre el uso de probióticos en el síndrome de intestino irritable (SII) y la enfermedad inflamatoria intestinal (EII) sigue siendo inconsistente. A pesar de resultados prometedores en estudios preclínicos, las investigaciones en humanos se han visto limitadas por diseños con poca potencia estadística y objetivos mal definidos, señala el Dr. Quigley. Incluso en poblaciones sanas, el consumo de probióticos rara vez produce cambios medibles o beneficiosos en la microbiota intestinal.
“La idea de corregir el microbioma resulta atractiva, y es comprensible”, señala el Dr. Quigley. “Pero el intestino humano es extraordinariamente complejo, y nuestras herramientas para modificarlo siguen siendo rudimentarias. Hay que evitar la tentación de simplificar en exceso”.
Un llamado a la precisión —y a la cautela La revisión concluye con un mensaje claro: el rigor científico debe sustituir el entusiasmo del marketing. Los probióticos —como cualquier intervención médica— deben definirse con base en la evidencia, no en expectativas, advierte el Dr. Quigley.
“El campo de los probióticos no ha tenido un exceso de regulación”, señala. “Ha tenido muy poca. Se necesitan definiciones claras, metodologías estandarizadas y la honestidad para reconocer cuando la evidencia aún es insuficiente”.
Para los profesionales de la salud, ofrece recomendaciones prácticas resumidas en la guía para consumidores incluida en la revisión: los probióticos son complementos, no sustitutos, de la medicina y la alimentación; sus beneficios dependen de la cepa específica; y, en la mayoría de los casos, cualquier efecto desaparece al suspender su consumo.
“Los pacientes y público en general merecen claridad, no ambigüedad”, señala el Dr. Quigley. “Si un producto afirma mejorar la salud, debe cumplir con los mismos estándares de evidencia que aplicamos a cualquier agente terapéutico”.

