De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo y cada año se registran cerca de diez millones de nuevos casos.
El aumento en la esperanza de vida y los cambios en los estilos de vida colocan a la salud cerebral como uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Frente a este escenario, la neurociencia se ha convertido en una herramienta fundamental para promover el bienestar integral y prevenir el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento y a factores como el estrés crónico, la mala alimentación, la falta de sueño y el sedentarismo.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo y cada año se registran cerca de diez millones de nuevos casos.
Se estima que hasta 40% de los casos podrían retrasarse o prevenirse mediante la atención oportuna de factores de riesgo modificables.
Alimentación, estrés y sueño
El cerebro es el órgano más importante del sistema nervioso central: representa 2% del peso corporal, pero consume 20% de la energía y oxígeno del cuerpo. Está compuesto por 73% de agua y es responsable de controlar tanto las funciones cognitivas como las respuestas físicas a estímulos.
“Muchas personas viven agotadas, inflamadas, ansiosas o con síntomas que nadie logra explicar. Nosotros trabajamos desde el origen biológico, neurológico y emocional de cada persona”, explica el doctor Hernán Cerna, presidente y director académico de Isora Neurociencia, quien agrega que la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas.
El experto señala que la salud cerebral no depende únicamente de la genética sino también de los hábitos cotidianos y de la capacidad del cerebro para generar nuevas conexiones. En este contexto, los avances en medicina de precisión y epigenética permiten comprender con mayor profundidad cómo los hábitos y el entorno influyen en la salud cerebral.
Herramientas como las pruebas de biomarcadores epigenéticos ofrecen información sobre la manera en que factores como la alimentación, el estrés, el sueño y el estilo de vida pueden impactar en la expresión genética de cada persona, aportando datos relevantes para diseñar estrategias preventivas y de bienestar más personalizadas.
“El cerebro cambia físicamente cuando aprendemos algo nuevo, y estas transformaciones continúan ocurriendo toda la vida”, indica.
Actualmente, diversos estudios científicos muestran que actividades como el aprendizaje continuo, la interacción social, el ejercicio físico, una nutrición adecuada y el manejo del estrés contribuyen a preservar las funciones cognitivas y a reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.
Para el doctor Cerna la neurociencia aplicada representa una oportunidad para transformar la manera en que las personas entienden su bienestar y su potencial. “La mejor profesión es ser persona”, afirma el especialista, convencido de que el desarrollo humano y la salud cerebral están profundamente conectados.
Impacto
De acuerdo con la neuróloga Minerva López Ruiz, adscrita al Servicio de Neurología del Hospital General de México Dr. Eduardo Liceaga, padecimientos como la diabetes, el sobrepeso, la obesidad y la hipertensión arterial pueden provocar infartos cerebrales y envejecimiento prematuro de las arterias, afectando de manera directa la salud cerebral.
La especialista resalta que la salud cerebral debe protegerse desde la etapa prenatal hasta la vejez, promoviendo una conciencia colectiva sobre la importancia de cuidar el cerebro a lo largo de todo el ciclo de vida.
Para prevenir este deterioro, la especialista recomienda mantener una alimentación equilibrada rica en frutas y vegetales; evitar el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias; realizar actividad física al menos 30 minutos diarios; controlar el estrés y fomentar buenos hábitos de sueño.
Datos de la Secretaría de Salud (SSA) señalan que el panorama de la Enfermedad Cerebro Vascular en México es alarmante. Además de consolidarse como una de las principales causas de mortalidad, representa la primera causa de discapacidad en adultos a nivel mundial. Hay 170 mil nuevos casos al año y se estima que en el país se registran 118 casos por cada 100 mil habitantes.
Además, 20% de los pacientes puede fallecer dentro de los primeros 30 días posteriores al evento, mientras que siete de cada diez personas que sobreviven a un evento de este tipo presentan algún tipo de discapacidad motora, del lenguaje o visual.
Especialistas de Clínica Cerebro explican que la rapidez en el diagnóstico y el inicio oportuno de la rehabilitación son factores determinantes para reducir las secuelas y mejorar la calidad de vida de los pacientes que sobreviven a un evento vascular cerebral.
“La rehabilitación integral tiene una ventana de oportunidad muy bien definida; lo más importante es que el proceso comience temprano, idealmente dentro de los primeros seis meses posteriores al infarto cerebral, para aprovechar al máximo la capacidad de adaptación del cerebro”, destaca el doctor Arturo Pichardo Egea, director Médico de Clínica Cerebro.
“Dejar a un paciente sin una recuperación física o neuromotora adecuada implica sumar factores de riesgo que comprometen de manera significativa su calidad de vida y su supervivencia”, añade.
El mensaje de los especialistas es claro: la prevención, mediante chequeos periódicos de la presión arterial y los niveles de glucosa, sigue siendo la mejor herramienta de defensa. Sin embargo, ante el primer síntoma de alarma no hay tiempo que perder: cada minuto cuenta.
Estrategia Camaleón
(para identificar un ECV)
CA (Cara colgada): rostro caído o entumecido de un lado.
MA (Mano pesada): debilidad o parálisis en un brazo o una pierna.
LE (Lengua trabada): dificultad para hablar o hacerse entender.
ÓN (Ponerse en acción): llamar a emergencias o acudir al hospital de inmediato.
Fuente: Clínica Cerebro

